
Recientemente, comer solo en restaurantes ha ganado terreno en Corea y EEUU, pero pareciera que en MTY todavía nos da pena hacerlo, ¿por qué no nos atrevemos?
Tras la pandemia, esta actividad de ha vuelto mucho más común. Hay quienes incluso dicen que se convertirá en tendencia.
Comer en un restaurante suele ser un plan que imaginamos en compañía: una cita, una reunión con amigos, una comida familiar o una salida de negocios. Pero ¿qué pasa cuando el único espacio disponible en la agenda es el propio? En Corea del Sur y Estados Unidos, las reservaciones para una persona han ganado terreno. En Monterrey, la pregunta es si estamos dispuestos a convertir una mesa para uno en un plan que no necesite justificación.
En 2024, OpenTable reportó un crecimiento en las reservaciones individuales en Estados Unidos, mientras que en Corea del Sur también se ha registrado un aumento reciente en las reservas para comensales que acuden sin compañía. En España, el tema lleva años presente en la conversación pública: comer solo ya no necesariamente se interpreta como una señal de aislamiento.
La diferencia está en cómo entendemos la experiencia. Una persona puede sentarse sola porque viaja, tiene un descanso entre actividades o simplemente quiere probar un restaurante. También puede hacerlo porque disfruta comer a su ritmo, sin negociar qué pedir ni adaptar la conversación a los demás. Estar sin compañía no significa, por sí mismo, sentirse solo.
En una ciudad donde salir a comer suele ser una actividad social, sentarse sin compañía puede despertar preguntas incómodas: ¿pensarán que no tengo amigos?, ¿se verá extraño que ocupe una mesa para mí?, ¿qué hago mientras espero la comida? No necesariamente son pensamientos de todos los regios, pero ayudan a plantear una pregunta: ¿cuánto de nuestra experiencia depende de lo que imaginamos que los demás piensan?
El celular puede funcionar como escudo: revisar mensajes, mirar videos o fingir que esperamos a alguien permite llenar los silencios. Sin embargo, también revela que no siempre sabemos qué hacer con nuestro tiempo cuando no tenemos que compartirlo. La experiencia también depende del establecimiento. Hay restaurantes que priorizan mesas grandes o parejas y otros donde una barra, una mesa pequeña o un servicio ágil hacen más cómoda la visita individual. Sentirse bienvenido no debería depender del número de personas que llegan juntas.
En Monterrey falta comprobar qué tan frecuente es esta práctica y si realmente existe una barrera cultural para hacerlo. Pero la reflexión va más allá de contar reservaciones: ¿necesitamos compañía para disfrutar una comida o aprendimos a pensar que salir solo es algo que debemos explicar? Quizá el verdadero cambio no sea llenar los restaurantes de comensales solitarios, sino dejar de interpretar una mesa para uno como una ausencia. A veces, salir a comer puede ser suficiente por sí mismo.












































































































































































































































