
Nomás llueve tantito y ya queremos ir por pan y café. En Monterrey hace tanto calor que cualquier descenso de temperatura lo tomamos como si fuera invierno
Sucede tan seguido, que ahora es un chiste o un meme decir que es tiempo de pan y café cuando cambia el clima.
En Monterrey tenemos una relación un tanto peculiar con el frío. No hace falta que llegue el invierno, ni siquiera que baje demasiado la temperatura: basta con que el cielo se nuble, caigan unas gotas y corra un poco de aire fresco para que aparezca una idea colectiva bastante clara: hay que ir por pan y café.
Es un chiste, pero también es una costumbre. El clima cambia y, con él, parece cambiar lo que queremos comer.
Hay una explicación fisiológica para pensar que el frío podría tener algo que ver. Cuando el cuerpo se encuentra en un ambiente frío necesita producir y conservar calor, un proceso conocido como termogénesis, que puede aumentar el gasto energético. Sin embargo, esto no significa que una tarde fresca automáticamente nos haga tener hambre.
Entonces, si no estamos realmente gastando tanta energía como para justificar una pieza de pan, ¿por qué sentimos que la necesitamos? La investigación muestra que pueden activarse por señales del entorno. Un olor, una imagen, un lugar o una situación pueden convertirse en estímulos asociados con determinados alimentos; es decir cuando vemos pan y café juntos, puede aumentar nuestro deseo de comer aunque no tengamos una necesidad fisiológica específica: frío, hambre o incluso antojo.

Imagen de Buena Semila
Eso podría explicar por qué una tarde nublada funciona casi como un botón. Durante años hemos relacionado el frío y la lluvia con bebidas calientes, pan recién horneado, chocolate, canela y alimentos dulces. No necesariamente estamos respondiendo al frío: estamos respondiendo a todo lo que el frío significa para nosotros. Por eso el café y el pan cumplen una función que va más allá de alimentarnos. Son parte de una escena: lluvia afuera, algo caliente entre las manos, un lugar cómodo y la sensación de que por fin podemos bajar el ritmo.
En Monterrey vivimos acostumbrados al calor. Cuando buena parte del año el clima nos obliga a buscar sombra, aire acondicionado y bebidas frías, una tarde con unos grados menos se siente como una ruptura. No es que nuestro cuerpo sepa que bajó la temperatura y nos ordene comer azúcar, sino que nuestro cerebro lleva años aprendiendo que ciertas señales anuncian ciertos placeres. Se nubla, llueve, refresca el aire y aparece la misma asociación: hoy toca pan y café. En fin, probablemente no necesitamos una concha porque llovió durante el día minutos, pero tampoco es completamente casualidad que se nos antoje.
Imagen de portada Apothecaria

















































































































































































































































