
¿Por qué agregamos oro, brillantina y chispitas a la comida si casi no aportan sabor? Parece que continuamente buscamos transformar la cocina en un espectáculo
La comida ya no solo busca conquistar el paladar: también quiere deslumbrar a la vista.
Desde los postres cubiertos de brillantina hasta la carne con oro comestible, cada vez encontramos más preparaciones en las que la apariencia parece competir con el sabor. ¿En qué momento comer dejó de ser suficiente y empezamos a necesitar que los alimentos también fueran un espectáculo?
La tendencia no se limita a los postres monchosos ni a las creaciones virales de redes sociales. El oro comestible, presente en algunas propuestas de alta cocina, lleva esta lógica al terreno del lujo: un ingrediente que evoca riqueza y exclusividad, pero que prácticamente no aporta sabor. Su atractivo está en lo que representa y en cómo transforma visualmente un platillo.
En el otro extremo están las chispitas de colores, los glaseados brillantes y las decoraciones extravagantes que convierten pasteles, bebidas y helados en productos llamativos. Aunque pertenecen a universos gastronómicos distintos, ambos casos comparten una característica: la apariencia puede ser parte fundamental de la experiencia y de aquello que hace deseable una preparación.
La comida también se ha convertido en contenido. En una cultura donde fotografiar y compartir lo que comemos forma parte de la experiencia, un platillo no solo debe satisfacer el hambre; también puede funcionar como una imagen capaz de provocar sorpresa, curiosidad o envidia. Lo extraordinario se vuelve una ventaja y, en ocasiones, el espectáculo comienza antes del primer bocado.
Esto no significa que la presentación sea irrelevante para la gastronomía. Los colores, las texturas y el montaje pueden enriquecer la experiencia sensorial, despertar el apetito e incluso modificar nuestras expectativas sobre el sabor. El problema aparece cuando el impacto visual se convierte en el argumento principal para justificar una preparación, su precio o su prestigio.
¿Estamos pagando por una experiencia gastronómica o por la posibilidad de consumir algo que se vea extraordinario? La pregunta cobra relevancia cuando ingredientes decorativos se incorporan a propuestas que prometen exclusividad, aunque no necesariamente transformen el sabor.
Quizá el oro comestible y la brillantina no sean más que síntomas de una cultura que busca convertir lo cotidiano en algo digno de exhibirse. La comida siempre ha tenido una dimensión estética, pero hoy esa dimensión convive con la necesidad de sorprender y ser compartida.
Al final, un platillo puede ser hermoso, extravagante y fotografiable sin ser memorable al probarlo. Si la cocina busca convertirse en espectáculo, vale la pena preguntarnos qué lugar le queda al sabor cuando la apariencia se roba toda la atención.








































































































































































































































