
¿Por qué los regios nos empeñamos en comer en las típicas franquicias del sur de Texas cuando su propuesta gastronómica local es diversa, auténtica y vale la pena?
En 2026, la selección Michelin de Texas reunió a 149 restaurantes de los cuales 19 tienen una estrella, 54 cuentan con Bib Gourmand y 76 son recomendaciones
Cruzar la frontera para ir de compras, pasar el fin de semana o simplemente cambiar de ambiente es una costumbre bastante arraigada entre los regiomontanos. Y, aunque cada viaje representa una oportunidad para descubrir algo diferente, cuando llega la hora de comer muchos terminamos frente al mismo menú: hamburguesas de cadenas estadounidenses, restaurantes de franquicia y marcas que ya conocemos.
Whataburger, Chick-fil-A, Olive Garden o The Cheesecake Factory suelen formar parte del itinerario gastronómico de quienes visitan el sur de Texas. No necesariamente porque sean las únicas opciones disponibles, sino porque representan una apuesta segura. Sabemos qué esperar, reconocemos sus productos y, en cierta medida, asociamos esas marcas con la experiencia de viajar a Estados Unidos.

Sin embargo, el Valle de Texas tiene una identidad culinaria que va mucho más allá de las franquicias. Su ubicación fronteriza ha dado lugar a una oferta donde conviven la cocina tex-mex, las taquerías tradicionales, los restaurantes familiares y distintas influencias culturales. Hay negocios independientes, recetas que pasan de generación en generación y propuestas que difícilmente encontraríamos replicadas de la misma manera en Monterrey.
Entonces, ¿por qué nos cuesta tanto salir de lo conocido? Parte de la respuesta podría estar en nuestros propios hábitos de consumo. Cuando viajamos, no siempre buscamos experimentar; a veces queremos comodidad, familiaridad y la certeza de que vamos a disfrutar lo que pedimos. Las franquicias ofrecen precisamente eso: una experiencia predecible, incluso cuando estamos en otro país.

También existe una especie de asociación entre viajar a Estados Unidos y consumir productos que identificamos como parte de su cultura comercial. Para algunos, comer en determinadas cadenas es casi una actividad turística por sí misma.
El problema aparece cuando esa costumbre termina desplazando la curiosidad. Si cruzamos la frontera para conocer otro entorno, ¿por qué no hacemos lo mismo con su gastronomía? No se trata de dejar de visitar nuestras franquicias favoritas, sino de reconocer que la experiencia de viajar también puede comenzar en la mesa.
Quizá el sur de Texas no necesita convencernos de que tiene algo más que ofrecer; somos nosotros quienes necesitamos atrevernos a descubrirlo.









































































































































































































































