
“En SPG hay un restaurante con una propuesta de cocina japonesa a cargo de un chef venezolano: platillos para compartir y un concepto de open kitchen” Gerardo Garza
Una de las cosas que me gustan de Monterrey es que te puedes encontrar cosas como esta: un chef venezolano, viviendo en Monterrey, haciendo cocina japonesa.
Juan Núñez es el chef detrás de Chisō y, aunque todavía les debo bien la historia de cómo terminó pasando todo esto, el resultado es bastante bueno.
El lugar también ayuda. Chisō se siente cálido y acogedor. Puedes sentarte en el comedor, en la terraza o en la barra.
Para mí, la barra sería la mejor opción. No porque la atención en las mesas se quede corta —todo lo contrario—, sino porque desde ahí puedes ver cómo preparan cada cosa y platicar directamente con los chefs mientras te explican qué te están sirviendo.
Es otra manera de vivir la comida. Aunque algo que sí se mantiene sin importar dónde te sientes es la hospitalidad. Los meseros conocen muy bien el menú, los chefs también se acercan a las mesas y, en general, la atención fue espectacular.
Ahora sí, la comida. Éramos seis, así que no hubo precisamente un orden. Pedimos en una especie de caos organizado. Algunas cosas al centro para compartir, otras individuales, y simplemente dejamos que la comida llegara como iba saliendo.
Empezaron a aparecer los edamames, los jilotes asados y el kushiyaki de pulpo, mientras se cruzaban los primeros nigiris y hand rolls.
Y ahí pasó algo que para mí siempre es buena señal: empezamos a repetir.
El maguro fue uno de ellos. El hamachi trufado también. De esos que pruebas y prácticamente volteas con el de al lado para decirle: “tienes que probar esto”.
Entre todo ese pequeño caos, el kushiyaki de pulpo también destacó. Una brocheta de pulpo asado con adobo de panca y mayo tatemada, con muy buen punto de cocción y bastante sabor.
Y después llegó el hotate. Callo de hacha, tobiko, mayo ají, pepino persa y cebollín. Podría describir cada elemento por separado, pero creo que hay una manera mucho más sencilla: era como darle una mordida al mar.
También probé nigiris de toro y chutoro. Y cuando estás comiendo algo tan sencillo, no hay demasiados lugares donde esconder un mal producto. Aquí no hacía falta esconder nada. El pescado estaba fresco, limpio y con muy buena calidad.
Después llegaron unos bao buns de soft shell crab que fueron otra de esas cosas que volvería a pedir sin pensarlo. Crujiente por dentro, suave por fuera y suficiente salsa para unirlo todo sin convertirlo en un desastre.
Y cuando para este punto ya deberíamos haber parado… obviamente pedimos postre: un cheesecake vasco de matcha y un affogato con helado Dubai. El affogato fue probablemente el más divertido: pistache, chocolate blanco, helado y café caliente.
Pero lo bueno sucede con las temperaturas: el café empieza a derretir el helado mientras el chocolate, al tocar las partes frías, se endurece y forma una costra. Entonces tienes café, cremosidad, pistache y ese crack del chocolate en la misma cucharada.
Sí, está tan bueno como suena.
Y después de haber pedido bastante más comida de la que probablemente necesitábamos, llegué a una conclusión bastante sencilla: nada decepcionó. Buen producto, una cocina con personalidad, un lugar muy agradable y una hospitalidad que se siente desde que llegas.
Y todo vuelve a esa primera cosa que me llamó la atención de Chisō: un venezolano que terminó en Monterrey cocinando japonés. Ahora solamente me falta que Juan me cuente cómo demonios pasó eso.































































































































































































































