
Las mesas nunca se dañan
Mesas. El comensal se obliga a no dañar las instalaciones ni los insumos del restaurante, y a evitar toda interacción inapropiada con los comensales de otras mesas.
La elegancia en un restaurante se manifiesta en la capacidad de ocupar un espacio sin degradarlo y de convivir en un salón lleno sin invadir la burbuja ajena. La mesa es el centro de esta dinámica de respeto y civilidad.
La Integridad del Mobiliario y el Menaje: un comensal con etiqueta trata el mobiliario y los utensilios con el mismo cuidado que si fueran propios. Esto implica evitar conductas negligentes como:
Apoyar objetos que puedan rayar o manchar el mantel y la madera.
Manipular de forma brusca la cristalería o la cubertería.
Hacer un uso inapropiado de las servilletas de tela (no son para limpiar derrames en el suelo o calzado). El daño a las instalaciones no solo es una pérdida económica para el restaurante, sino una falta de respeto al arte de la hospitalidad.
La Invisibilidad Cortés hacia otras Mesas: el diseño de un restaurante permite la proximidad física, pero la etiqueta exige una distancia psicológica. La interacción inapropiada con comensales de otras mesas —como observar fijamente, escuchar conversaciones ajenas o intentar entablar diálogo sin una razón legítima— rompe la privacidad del prójimo. La mirada debe permanecer en el propio círculo social; invadir el espacio visual o auditivo de la mesa vecina es una de las transgresiones más incómodas del protocolo.
El Control del Espacio Sensorial: la responsabilidad del comensal incluye no expandir su presencia más allá de los límites de su mesa. Esto abarca desde el volumen de la voz hasta no permitir que objetos personales (bolsos, abrigos o teléfonos) invadan los pasillos o las zonas de tránsito de otras personas. Mantenerse "dentro" de su mesa es la clave para que el restaurante funcione como un espacio de convivencia armoniosa.















































































