

El café fresco
“Tomar cualquier café para levantarte es lo mismo que tomar cualquier vino para emborracharte”, dice Adrián Leal
Seguramente se estarán preguntando cómo la palabra “fresco” podría ser un adjetivo para una bebida que normalmente se sirve caliente. Bueno, el decir si un café es o no fresco no es por la sensación que causa al beberlo, como una cerveza bien helada o un mojito, sino por dos factores muy importantes: el tiempo que ha pasado desde el tueste hasta que se toma, y que la bebida que se consuma esté recién hecha.
Nosotros creemos en que cada bebida de café se tiene que hacer y consumir al momento, independientemente de qué técnica de preparación se use. Es elemental cuidar el tiempo del café después de haberse tostado, moler el grano justo antes de la extracción y, por supuesto, consumir la bebida en ese instante.
Los métodos “manuales” son aquellos en los que el barista puede controlar todas las variables del proceso, como el tipo de molido del grano, la temperatura del agua y el tipo de filtro que se utilice. Así, el cliente lo puede observar y entender cómo se está preparando su bebida, con el propósito de que pueda experimentar entre los diferentes métodos y entienda por qué de un mismo tipo de grano, con el mismo perfil de tostado, pueden salir perfiles de sabores y aromas variados.
Yo siempre digo que el tomar cualquier café para levantarte es lo mismo que tomar cualquier vino para emborracharte. El café fresco no causa gastritis ni malestares, contiene más cafeína y propiedades que el quemado o viejo. Como cualquier material vivo, se oxida, se echa a perder y llega a ser agua pintada con sabor amargo y ácido. Al consumirlo fresco, tu experiencia es completamente diferente: cambia de tomarlo para “despertarte o levantarte” a saborear una buena taza, disfrutando el sabor, el aroma y todos sus beneficios.















































































