
Jorge Mondragón. De un carrito en la calle a Tito’s Alitas: El éxito de quedarse pegado a la lumbre
Jorge estudió la carrera de turismo y quería dedicarse al sector hotelero, pero fue tanto su afán en el ramo, que descubrió que lo que realmente le gustaba era la parte del servicio.
Redacción Rodrigo Becerril
Fotografía Juan Rodrigo Llaguno
Esto lo llevo a abrir su negocio, y junto con un amigo empezaron Tito’s Alitas adictivas. Tiene cuatro años y medio que abrieron, nació como cualquier negocio del tipo, con un carrito en la calle que le rentaban a un vecino, lo que orilló al concepto a que fuera la alita asada, no como algo que se desarrolló y luego buscaron inversión, querían algo que fuera “fácil”, pero el gusto de estar pegados a la lumbre fue lo que los llevó a donde están.
¿Te gusta cocinar?
Sí, aunque tengo una cuestión de que no me gusta estar en mi casa, entonces me gusta cocinar pero en exteriores, no estar encerrado en la cocina, además de que no me gusta lavar platos, por lo tanto como mucho afuera, salvo la cena. ¿Te consideras foodie, tal cual? Soy muy recurrente a los lugares, frecuento los mismos y aunque no tengo los conocimientos técnicos, puedo decirte que si no soy foodie, al menos soy “gordo”.
¿Cuál es tu comida favorita?
La comida libanesa es un placer que me regalo a mi mismo semana con semana, me gusta el arroz con fideo, los envueltos de repollo, la hoja de parra, y los dedos de reina es un postre imperdible. Frecuento mucho el Yamal, para mi es indispensable, es un restaurante libanés que creo que tiene mucha tradición, un sabor casero, la esencia de la señora haciendo comida en su casa, creo que mantiene la onda de la comida libanesa aquí en México. También me gusta comer barbacoa y consomé de borrego. Después de esto, creo que hay toda una gama de cosas fritas y más sencillas, que me gustan, soy amante de la hamburguesa, me gusta mucho lo tradicional, queso con carne, por ejemplo me gusta mucho la de The Food Box, pero la normalita, la que no lleva nada.
¿Cuál es tu historia para con la comida?
Crecí en la frontera de Tamaulipas, en el Valley, por lo que mis tías son muy dadas a la enchilada con queso amarillo, yo crecí con esos sabores que a la gente no le gustan mucho acá en México, el queso amarillo, la crema batida, y eso representa algo de mi infancia. Estar sentado frente a la tele comiendo “porquería gringa”, Doritos Nachos sin chile, cada que voy para allá cruzo y en la primer gasolinería compro una bolsa gigante. Después nos fuimos a vivir a México, y batallé mucho con el contraste, sobretodo en los lácteos, el no poder encontrar algo, como el queso Kraft, había Caperucita o Volcanes, era otro tipo de queso. También la leche, siempre tomé leche gringa, llegué y todo me sabía a polvo, pero finalmente me adapté a los sabres de méxico. De ser un niño que comía puras cosas del HEB del otro lado, ya podía comer cosas del mercado, de la calle, de “La Comer”.
¿Hay algo que no te guste comer?
Poco, ese contraste y ese cambio me ayudaron a abrir mucho mi paladar, casi nada me da asco, le perdí el miedo a las texturas y ahora disfruto mucho de el ojo de cabrito y la grasita de la barbacoa de borrego, de niño no me gustaba el aguacate y ahora ya lo como. Lo único con lo que no puedo es el hígado de res, el de pollo está bien, pero de res no, ya en un caso extremo en el que llegas a una casa y te ofrecen, pues bueno, pero de ahí a que me gusten, hay otros sabores de órganos internos de la vaca que prefiero sobre el hígado de res.
¿Cuál ha sido una de tus mejores experiencias en cuanto a comida?
Una ocasión en la que nunca había probado algo, fue con las gambas, un tipo de camarón, como langostino pero de mar, en Barcelona, esa fue la primera vez que probé algo y dije, me voy a volver loco, nunca lo he vuelto a probar y nunca se me ha olvidado el sabor, de repente hay algo que más o menos me lo recuerda, pero cuando lo vuelva a probar, seguro que lo voy a identificar.




























































































