Verónica Rubio de Restaurant Rubio

El puesto de madera que vendía pan, café y menudo es hoy un tradicional establecimiento.
Redacción por: Cecilia Vázquez
Fotografía por: Liliana Bazán

Hace casi 70 años inició el restaurante Rubio. El puesto de madera que vendía pan, café y menudo es hoy un tradicional establecimiento al que acuden artistas, políticos, y claro, los clientes de toda la vida. Verónica, nieta del fundador, platica la historia como la ha conocido y como se la han contado sus familiares, ya que prácticamente todos en el clan Rubio han contribuido a la formación de este lugar.

 

Cipriano Rubio, originario de Monterrey, puso un estanquillo de café, pan y otros sencillos platillos el 28 de octubre de 1949. Eran los años en que calzada Madero corría en doble sentido. En la empresa lo ayudaba su esposa Adela, sus padres, sus hermanas y, al crecer, sus 11 hijos.

 

Los jueves y sábados vendían menudo, y a diario se preparaban lonches para pasajeros que transitaban en los camiones. Sus comensales fueron pidiendo más pero la transformación del restaurante aún no ocurría. A la hermana de Cipriano, Virginia, incluso le pedían preparar desayunos, un huevo o machacado, pero temía que la regañaran.

 

“A mi abuelito lo ayudó que tenía gente de mucha lealtad”, dice Verónica Rubio, quien ahora se hace cargo del restaurante, junto con un tío y primo. “Cuando se escuchaba que empezaban a poner el drenaje pluvial, los ingenieros le decían que moviera el estanquillo para que no se lo quitaran. Todo porque mis abuelos les dieran un taco”.

 

Cipriano Rubio García, padre de Verónica, relevó a su propio padre en el negocio, al que también entraron sus hermanos, Jorge, el mayor, y Sergio, el tercero de los hijos. “Mis tías también le ayudaban mucho”, continúa Verónica, “otra persona es mi tío Armando, que en paz descanse. Cuando empezaba el restaurante, era mesero. Murió en el 87, era parte fundamental”.

 

A casi 70 años de haber iniciado, el Rubio sigue siendo protagonista esencial de la historia y la gastronomía de la ciudad. “Es algo de mucha tradición, le tenemos mucho aprecio al restaurante”, dice la nieta de don Cipriano, “algo hemos hecho bien para durar tanto tiempo.”

 

¿Quién empezó el Rubio y cómo fue?
Mi abuelito Cipriano Rubio Vega trabajaba en Fundidora en los años 40, vivían a cuatro cuadras de Colón, en la colonia Madero. Día a día de su trabajo veía que se batallaba para conseguir comida, unos tacos. Entonces empezó a preparar café con pan dulce en la rotonda Acero, abajo de un pirul. Los mismos clientes le fueron pidiendo cosas. Su papá, mi bisabuelo, Miguel Rubio, le hizo un estanquillo de madera, donde preparaba lonches, café, pan dulce. Jueves y sábados vendían menudo. Venían cargando un palo con dos tinas de acero inoxidable de 18 litros, cada uno con una olla de café y otra de menudo. Sus papás le ayudaban a preparar las cosas desde su casa para trasladarlas al estanquillo, mi bisabuela Elisa y mi bisabuelo Miguel. También junto con mi abuelita Adela.

 

¿Cómo pasó de ser un puesto a un restaurante?
Con el paso del tiempo mi abuelito renuncia a Fundidora para dedicarse cien por ciento al estanquillo. A los años le venden el terreno y se cambia en donde estaba la rotonda, a cien metros, que es donde está ahorita el negocio. Empieza como Café y Nevería Rubio. Ya tenía más empleados, le empezaban a venir a ayudar sus hermanas, Lucía, Virginia, Isabel y Josefina, a preparar las cosas, aquí mismo a atender.

 

Mi abuelita en su casa se ponía a hacer tamales, se los traían al restaurante y los vendían. Así fue creciendo poco a poquito el negocio. Sus hijos, cuando estaban en la secundaria, todos venían a ayudar. Venían más los hombres porque a mi abuelito no le gustaba que trabajaran tanto las mujeres aquí, en la cocina y todo eso, eran años anteriores. Mi papá Cipriano, Jorge, Emilio, Sergio, Raúl, todos venían a lo que fuera, a barrer, a todo. Su papá ayudaba a cosas de electricidad, carpintería, arreglar cosas que iban fallando.

 

Después tuvieron una sucursal…
Como en los años 70, creo, pone otra filial, frente a Aceros Planos. Ahí se va a atender un hijo de él, Jorge Rubio. Estaba por Churubusco. Duró siete años ahí y se cambia a Tránsito de Guadalupe, enfrente. También dura siete años. Después cierran, desconozco porqué, y se incorpora acá. Mi tío cierra como en el 85 y se integran Jorge y Emilio a ayudarle.

 

¿Qué ocurrió luego de la huelga?
En los años 70, cuando cambia mi abuelito de razón social, se empezaron a sindicalizar los trabajadores, le quisieron hacer una huelga. Muchos se fueron y unos se quedaron. Trabajaron 40, 45 años, se fueron realmente pensionados, como el señor Cayetano Treviño, quien duró muchos años haciendo el menudo, de pensionado todavía venía. Mario Trujillo, Juana Rodríguez, Aurelia Durón. Juanito Iglesias era nuestro cajero del turno de la noche, trabajó hasta hace unos años, siempre al pie del cañón. Gente con mucha lealtad hacia mi abuelito, como ahora José Luis Torres, Guillermo, Alejandro, Tereso, el panadero don Saturnino, Ramón Martínez, traen la camiseta bien puesta.

 

¿Quiénes se quedaron después de que falleciera don Cipriano?
Él muere el 13 de abril 1990, quedándose al frente del negocio mi papá, Cipriano Rubio chico, como cabeza principal, y Jorge y Emilio. Tres de sus hijas, Gloria, Ernestina y María Elisa Rubio, le ayudaban en la oficina en aquel entonces a llevar todo lo administrativo. El restaurante estuvo trabajando así por mucho tiempo. Hasta 1998 muere mi tío Jorge y ya trabajaban dos de sus hijos, José e Iván. Mi papá muere en el 2002, yo también ya le empezaba a ayudar. Ahorita quedamos al frente Iván, mi tío Emilio Rubio, y yo.

 

¿Cómo entraste tú al negocio?
Empecé a ayudarle a mi papá de 15 años y seguí estudiando. Cuando termino me dice “Ven a ayudarme”, ya que nosotras somos puras mujeres. Empecé desde abajo, cuando se hacían los bultos de jugo de naranja, partíamos el limón, muchas cosas que ahorita con la modernidad van cambiando. Ahora una hermana viene y me da apoyo, Brenda, cuando me voy de vacaciones, se queda en lo administrativo.

 

¿Ha cambiado el menú?
Le hemos aumentado algo pero seguimos con las mismas recetas. Es algo que nos caracteriza, un sabor muy hogareño. El menudo lo buscan mucho, el machacado con huevo, que no es huevo con machacado, hay mucha gente que lo prepara y se ve más el huevo, aquí se ve más la carne seca; bistec a la mexicana, la sopa de ajos, que no es algo muy tradicional. Es un caldito y al momento de hervir se ponen dos huevos crudos, se cocen adentro. La receta viene de mi bisabuela. Los tacos de lengua, la lengua a la mexicana. El pan dulce lo hacemos aquí mismo, la panadería está atrás. Hay gente que viene en los autobuses, compran aquí antes de irse, un pan que nosotros vendemos mucho, la chorreada, relleno de nuez y piloncillo. Me dicen “Voy a Houston, a Kansas” y las congelan allá. Cada que se les antojan las sacan y las calientan, saben como recién hechas.

 

¿Siempre fue 24 horas?
Cuando empezó el estanquillo se abría de 7:00 de la mañana a 10:00, 11:00 de la noche. Cuando se cambian aquí decide que abra las 24 horas porque llegaban muchos de los camiones La Exposición. Ahora abrimos las 24 horas, los 365 días. Sólo se ha cerrado por la muerte de mi abuelito, de mi abuelita Adela, el 13 de diciembre del 2005, de mi papá y de mi tío Jorge.

 

¿Qué han transformado del lugar?
Hace tres años remodelamos con ayuda de muchas personas. Mi hermana, Angélica Rubio, es diseñadora gráfica, me ayudó a hacer el logotipo, a cambiar la fachada de afuera, a diseñar los menús.

 

¿Tienen clientes frecuentes?
Tenemos varias mesas, por ejemplo la 14, donde se sientan todos los cafeteros que vienen en las mañanas, al mediodía y en la tarde. Es un grupo que va llegando de uno a uno, se ponen a platicar, a desayunar, a merendar, y duran hora, hora y media. Hay otro grupito que se sientan en la mesa 10, son clientes que nos visitan todos los días.

 

¿Por qué el Rubio ha permanecido en el gusto de la gente?
Algo que nos caracteriza es que siempre hemos puesto la sazón hogareña. Monterrey va creciendo, los jóvenes buscan otro tipo de restaurantes, más modernos, pero muchas veces te cansas. Al momento de llegar aquí encuentras sazón casera. El día a día, la atención a nuestros clientes es lo primordial para que sigan viniendo, la calidad de la comida, el servicio.

 

¿Cómo te sientes de pertenecer a esta tradición?
Me siento muy orgullosa, como todos los que trabajamos aquí, por ser parte de esto. Sé que es algo que fundó mi abuelito con mucho sacrificio, aquí dejó su vida, le tenía mucho cariño. En muchas partes lo conocen. De aquí he sacado adelante a mis hijos.

 

 

 
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