Pesquería, N.L.

Con los nuevos residentes asiáticos llega también su gastronomía.
Redacción por: Cecilia Vázquez con información de Soyeon Park y Mariana Tapia Torres
Fotografía por: Matha I. Dávalos

Con los nuevos residentes asiáticos llega también su gastronomía, que no tiene mucha similitud con lo que Monterrey conocía como comida coreana.

 

Lo primero que hay que saber de los restaurantes de comida coreana en Pesquería, Nuevo León, es que nunca hay que ir los domingos, porque ninguno está abierto y, segundo, que no son restaurantes como los conocemos. En realidad son algo así como cafeterías no oficiales para los trabajadores de Kia, la nueva y enorme planta del municipio, por lo que además se les acaba la comida antes de las 2:00 de la tarde.

 

Tampoco hay menús en español porque no hay menús. En los que pudimos visitar durante la primera mitad del mes de octubre sólo se observaban cartulinas en coreano con los platillos del día, ya fuera en restaurantes donde una mesera te toma el pedido, o en los de bufets.

 

Sin embargo, aceptan cualquier tipo de clientes y en todos – de nuevo, los que alcanzamos a conocer-  hay empleados mexicanos que también hacen las veces de mediadores con los dueños extranjeros. La comida va desde los 100 pesos por plato en un bufet, hasta los casi 200 pesos en uno de pedidos. Algo caro para los estándares de Pesquería, como nos platicó doña María en su fonda de gorditas y tacos.

 

En este pequeño restaurante del centro del municipio en ocasiones hay clientes coreanos, pero lo opuesto no es cierto de los establecimientos de extranjeros, donde los únicos comensales mexicanos que vimos eran los mismos trabajadores del local al final de sus turnos.

 

La nueva Pesquería
La comida coreana no ha gozado de tanta popularidad como otras cocinas internacionales en Monterrey. Desde hace tiempo existe el restaurante Seúl, en Centrito, San Pedro, pero no fue sino hasta este año que comenzaron a abrir decenas de locales del mismo giro. Ahora están el Hangaram en la zona de Las Torres, BarO.BarO, un café y karaoke, y Hakobang, estos dos últimos en Guadalupe.

 

Sin embargo es en Apodaca, municipio cercano a Pesquería, donde han abierto más restaurantes. Hay varios en Huinalá, pero los más conocidos se hallan sobre Miguel Alemán, como Han Guk, Galbi’s y Myungga. Son una respuesta a la creciente población de Corea del Sur que ahora visita frecuentemente Monterrey, o que ha venido a trabajar por tiempo extendido.

 

En el 2015, de acuerdo al Instituto Nacional de Migración (INM) estatal, 8 mil coreanos han llegado o salido del estado, mientras que otros 900 han obtenido visas de trabajo temporales, con 300 más para esposas e hijos. Kia ha invertido, hasta el momento, más de mil millones de dólares en la construcción de su planta. El trabajo comenzó desde el año pasado y se espera que para mediados del 2016 empiece a producir hasta 300 mil vehículos anualmente.

 

Y los cambios son notables en Pesquería. El típico primer cuadro del municipio, con su iglesia de un lado y la presidencia del otro, se extiende tranquilamente a un par de calles alrededor, antes de toparse con una perene y ruidosa construcción de arterias que llevan a la planta.

 

“Ya no hay comida”.
La primera visita a Pesquería fue cuando nos enteramos que los restaurantes coreanos, todos, estaban cerrados en domingo. Por lo mismo, planeamos que la siguiente ida fuera entre semana. Sin embargo, no había manera de saberlo, ir a la hora de la comida, como la conocemos en México, tampoco era factible.

 

Según nos informó el dueño de Min Sok Chon, un restaurante al que se llega subiendo un terreno escarpado y que se encuentra en los terrenos de un rodeo, los trabajadores terminan con todo para la 1:00 de la tarde. Su salida es alrededor del mediodía, hora en que se llenan estas especies de cafeterías no afiliadas a la planta.

 

Para entrar a Min Sok Chon hay que pasar por una reja, como si quisieras ir al rodeo. Este restaurante, como los demás que visitamos, se instaló en un local que no necesariamente sirve para, o ni siquiera parece, un lugar de alimentos. Un letrero de cartulina está pegado en las puertas sobre otro señalamiento en español. Una flecha indica “restaurante”.

 

Éste tiene unas diez mesas. Es todo amarillo y te recibe una pequeña barra de buffet, con seis u ocho charolas. Aquel lunes la comida se había casi terminado. Habían restos de arroz y unos guisos. También quedaba sólo una mesa de clientes.

 

Min Sok Chon, como nos explicó en un fluido español el dueño del restaurante, significa pueblo folclórico coreano. El hombre nos pidió que no le tomáramos fotos pero sí nos platicó que tenía unos tres meses ahí. Afuera media docena de hombres coreanos fumaban en el estacionamiento, práctica que veríamos repetirse en todos los locales.

 

Después de comprobar las palabras del hombre en otros establecimientos, nos dirigimos de vuelta al pueblo, a buscar dónde comer cerca de la plaza principal. Un señor en la calle nos indicó con la cabeza el lugar de doña Lupita, atendido en realidad por una señora llamada María. Aquí venden tacos y gorditas de guisos a diez pesos. Tienen una salsa verde algo diluida, cocas y una tele, que ese día estaba sintonizada al canal local que pasa el programa de don Rober.

 

Hay cinco mesas. Unas mujeres al fondo preparan la comida, separadas del comedor por una barra, al lado de la cual cuelga un destapador de botellas. Un niño en uniforme escolar nos trajo la salsa, el repollo y los limones, y luego finalmente las gorditas doradas.

 

Doña María explicó que el lugar se llama “Doña Lupita” porque esa mujer fue quien les enseñó la receta de la comida. Lupita dejó de trabajar desde hace un año en el restaurante porque se había enfermado, hasta que falleció hacía dos semanas. Sin embargo “nadie se ha quejado de que sepan diferentes las gorditas”, me aseguró María.

 

Entrevistamos a dicha señora y cuando apagamos la cámara confesó que los coreanos le parecían “raros”. Que había quienes decían que no dormían porque se la pasan trabajando. Le pregunté a doña María si en realidad conocía a alguno de ellos. Dijo que su hija trabaja para una compañía que pertenece a mexicanos y coreanos, una que funciona como distribuidora de Kia, y que a ella le va bien. Otro conocido de la mujer, un trabajador de limpieza, no tiene tan buena opinión de los extranjeros “porque no te pueden ver parado”.

 

La misma señora dijo que unos coreanos rentan una casa al lado de su local, pero que no los ve más que cuando van a dormir. Un joven de aquel país, hijo de los dueños de un salón de eventos que ahora funciona como restaurante, va y pide gorditas para llevar de comer, aunque no todos los días. “A uno de ellos le gusta mucho la barbacoa, siempre la pide”, dijo doña María.

 

A un costado de la plaza, al lado de una veterinaria, está la paletería Reyna, donde venden sabalitos, paletas, nieve y papas. Dos jóvenes, Judith y otra chica, atendían esa tarde. Nos vendieron paletas de hielo a 5 pesos pero no quisieron hablar para la cámara. Sólo alcanzaron a decir que no habían ido a ningún restaurante coreano y que la paletería tenía la vida entera de estar ahí, con todo y sus juegos de monedas.

 

La tercera es la vencida
El viernes de la misma semana nos dirigimos directo hacia el restaurante del salón de eventos, el único que se encuentra a la salida del pueblo y no en el libramiento. Varios letreros lo anuncian con anticipación. Se llega por un portón que da a un estacionamiento de grava. Aquí te recibe una hoja de máquina pegada con cinta en coreano y con unos teléfonos – dice que buscan empleado y da informes de una agencia de inmigraciones por si se quiere extender la visa.

 

A la derecha e izquierda se tiene acceso al salón de fiestas que ahora cuenta con decenas de mesas. Esta vez llegamos demasiado temprano, antes de las 12:00. Un hombre en la caja me dio la tarjeta del lugar pero no pude comunicarme con él en español ni en inglés. Otra mesera mexicana me explicó los platillos que tenían, uno de kimchi, unas tortas de calamares y más, todo a 100 pesos.

 

Hicimos tiempo y fuimos a conocer de lejos Kia, que resultó ser una inmensa caja gris, en medio de la carretera en plena construcción y caminos improvisados con conos naranjas. Frente a la planta, dos o tres puestos de tacos y comidas mexicanas soportaban la insistente lluvia del día sin muchos clientes. Carros, sobre todo camionetas, ya formaban algo de tráfico.

 

En esa vuelta a Kia descubrimos aún más restaurantes en locales no hechos para tal propósito. Uno parecía haber sido una escuela, otro era una construcción aledaña a una casa, tal vez rentada. Todos repetían el patrón de los primeros que conocimos: un toldo afuera, casi siempre de Tecate, con sillas de plástico ordenadas debajo. Es el área para fumar después de la comida.

 

Llegamos a comer a uno de estos restaurantes. En el lugar nos recibió un pequeño niño coreano, cuya madre atendía el lugar. La mujer nos vio y le habló a Cinthia, una de las dos jóvenes mexicanas que ayudaban a la mujer ese día. Caminaban rápido con sus charolas de enormes y profundos platos. Se comunicaban con los comensales en algo entre señas y palabras cortadas. La dueña también se dirigía a ellas con dos o tres órdenes, mientras cargaba a su bebé en la espalda y tomaba pedidos en una libreta escolar.

 

Nuestra mesera nos llevó a una de las mesas de plástico, nos dejó dos pequeñas botellas de agua y nos explicó los platillos sin poder decirnos los nombres. Había una sopa roja de mariscos, una masa negra con arroz y un huevo encima y otro que llamaban pasta pero que ellas conocían como espagueti. Nos aseguró que “cocina muy rico el chavo” e hicimos nuestro pedido: dos arroces acompañados de una pequeña porción de caldo.

 

Todos deben moverse rápido ya que entre 12:00 y 12:30 se llena de trabajadores. Vimos entrar sólo dos mujeres, los demás eran hombres en ropa de construcción azul y negra, chalecos y botas. Una mesa fue ocupada por tres coreanos en diferente vestuario, tal vez de puestos ejecutivos. Pero, al igual que los demás, comieron en menos de 20 minutos y se fueron. Para la 1:00 de la tarde el lugar se había vuelto a vaciar casi por completo.

 

En cada mesa, además del servilletero y la caja con palillos de madera en bolsitas de papel, hay un condimento rojo dentro de un salero como los que se usan para el chile en polvo de las pizzerías, y una pequeña botellita transparente de plástico. La dueña me vio agarrar una de éstas y se acercó para decirme “vinagre” y para señalarme que se le agregaba al plato de entrada.

 

Éste, después me explicó Soyeon Park, una chica de Corea, es rábano blanco con saborizante y color artificial amarillo, llamado danmuji. Se acompaña con cebolla, y si se prefiere, el mencionado vinagre. Un segundo plato contiene choonjang, una salsa espesa negra.

 

Nuestra comida llegó después de unos cinco minutos. Nos sirvieron una porción del caldo, jjamppong, que traía pulpo, camarón, mejillón, pimiento rojo, cebolla, espinacas y zanahoria. El plato fuerte, jajangmyeon, era arroz frito con pequeños pedazos de zanahoria y un huevo frito estrellado encima, junto a la masa de cebolla en salsa casi negra.

 

Según Soyeon, estos platillos no son totalmente coreanos, sino que les llaman comida china, aunque realmente no se encuentran en dicho país. “En Corea siempre puedes pedir esa comida a tu casa”, platica Soyeon, “y será entregada muy rápido. Usualmente cuesta entre $3,500 won ($3 dólares) y $5,000 won ($4.5 dólares) por jajangmyeon o jjamppong.

 

“Los coreanos usualmente piden ésta comida cuando se cambian de departamento o durante el fin de semana, ya que es fácil de ordenar y llega rápido. (Además) es muy difícil cocinarlos en casa. La salsa negra es especialmente difícil de conseguir en Corea, así que la piden sobre todo a domicilio”, explica Soyeon.

 

Intentamos hablar con la dueña al final de la comida, por la que pagamos 150 pesos cada una, pero no fue posible. Cinthia quiso traducirle nuestras preguntas. “¿Cuánto tiempo tiene el restaurante?” se convirtió en “¿cuánto aquí?” mientras señalaba el piso. No obtuvo respuesta. La mesera nos indicó que tenían aproximadamente un mes y luego volvió a su trabajo.

 

Lo que falta
Pesquería seguirá creciendo a pasos agigantados durante los próximos años. Toyota y Hyundai, se indica en El Economista, también pudieran interesarse en el área. La misma Kia incluso aumentaría su producción de 300 mil hasta 900 mil vehículos por año si recibe más presupuesto.

 

Pero, para que esto suceda, el gobierno neolonés debe completar, entre otras cosas, carreteras, infraestructura de servicios y demás, lo que implica dinero que ya rebasa la deuda que dejó la antigua administración. Mientras tanto se siguen anunciando nuevos hoteles, colonias y hasta centros comerciales para la ahora creciente población del municipio. Y entre estos establecimientos, con seguridad habrá aún más restaurantes. Tal vez, incluso, algunos que abran los domingos.

 

 

 

 
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