Edna Alanís, por Rafa Ibáñez

La chef nos habla sobre su pasado, su amor por la historia y otras pasiones.
Redacción por: Residente
Fotografía por: Rafa Ibáñez

 

¿Qué haces con tu tiempo libre además de cocinar?
Tengo varios grupos de amigos. Normalmente nos juntamos a cocinar, porque a ellos les encanta comer bien. Pero mi rol con ellos no es de chef o de cocinera, sino de amiga. Entonces, aunque yo participo, soy una más del grupo. También soy una apasionada de la historia. He tomado cursos, tengo libros y mi laptop con la historia de la gastronomía en el noreste de México. De hecho ahorita estoy leyendo varios libros sobre Criptojudaísmo. Me fascina el comportamiento humano en momentos de crisis, tengo una obsesión con la Segunda Guerra Mundial, sobre cómo reaccionaban los seres humanos ante el dolor, los vencedores y los vencidos.

 

En tu experiencia con la cocina del norte, ¿qué es lo que más te gusta?
Sabes que soy súper tradicional. Me encanta nuestra cocina norestense. El cabrito es uno de mis platillos favoritos, el cortadillo ranchero y el asado de puerco. Mi platillo favorito desde niña son las tortillas de harina con frijoles refritos con un toquecito de comino. Yo me puedo alimentar de eso, la verdad. Era lo normal antes, y todas las tardes se hacían como merienda.

 

¿Qué tan importante es viajar para un chef?
Por ahí dice una frase célebre que los viajes ilustran. A mí me gusta viajar. Sin embargo, cuando viajo me gusta meterme en el pueblo, no en las partes turísticas. Voy al mercado, al supermercado, y otras zonas porque me encanta percibir cómo vive la gente, qué come, su cultura, pero no desde la óptica del turista, sino la óptica del viajero.

 

¿Cómo surgió esa pasión por la cocina?
A pesar de que mi mamá fue hija única, en esa casa siempre había diez o doce personas, entre otros familiares o personal que trabajaba en la casa. Entonces mi abuela todo el tiempo estaba cocinando. En Navidad ella no compraba ni un solo regalo, ella regalaba tamales a todo el mundo. Una docena de pollo, una de frijol, otra de carne de cerdo y una de dulce. Entonces imagínate la cantidad de tamales que se hacían.Lo primero que se me viene a la mente es un volcán enorme de masa para tamales. Tan enorme que recuerdo a la cocinera de mi abuela, que le decían la Güera, subiéndose sobre un banquito, y el chile de color lo tenía en una tina del tamaño de las tinas de los trapeadores. Entonces se subía en el banquillo con la tina, hacían como un hueco en la parte de arriba y tiraban ahí el chile de color. Todas las personas que trabajaban en la casa se ponían a amasar ese volcán de masa y luego untaban los tamales. Yo me despertaba en la madrugada, iba a la cocina a escondidillas, me sentaban en un banquillo y me ponían a untar tamalitos de dulce. Puedo cerrar los ojos y percibir el olor de estar haciendo tamales toda la noche.

 

¿A qué restaurantes te gusta ir en Monterrey?
Híjole, me gustan muchos. Se abren tantos en la ciudad… igual uno de mis favoritos es el Gallo71, el Cru es otro de mis grandes favoritos. Pero también te puedo ir a comer cabrito en el centro de la ciudad, como el que está atrás del periódico El Norte que se llama Los Asadores. Disfruto mucho tanto una cosa como otra.

 

 

 
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