Ícono - Don Alfredo Zani - il Capriccio

Alfredo Zani: Il Capriccio

Sinónimo de la auténtica cocina italiana en Monterrey.
Redacción por: Cecilia Vázquez
Fotografía por: Liliana Bazán

Il Capriccio es fruto del amor por la gastronomía y el esfuerzo de Alfredo Zani. Sin embargo, abrir un restaurante en esta ciudad no fue la idea inicial del originario de Milán. Antes de llegar aquí pasó por Estados Unidos y el negocio de la moda, y luego por Puerto Vallarta, donde fundó otro icónico lugar, La Dolce Vita. Hoy la siguiente generación está por comenzar y Zani busca seguir expandiendo su concepto de ingredientes frescos y platillos clásicos.

 

Alfredo Zani, fundador y dueño de Il Capriccio, es de madre italiana y padre suizo italiano. Nació en Milán en 1959 y estudió inicialmente arquitectura. A los 18 años decidió conocer América, por lo que viajó a Estados Unidos. Ahí trabajó en moda al mayoreo, en un taller de vestidos en Florida. Al fallecer su padre decidió no regresar a Italia. Se mudó a New York y vivió en Manhattan por cinco años.

 

Sin embargo, después de más de una década fuera, decide también dejar el país del norte, ya que las grandes ciudades comenzaron, como dice, a controlarlo. El tráfico y el estrés, aunado a una vida sin amistades duraderas, lo llevaron a buscar su siguiente experiencia en México a los 30 años.

 

“Siempre mi sueño era vivir en la playa”, platica, “yo vengo del norte de Italia, allá estamos rodeados de montañas, los Alpes Suizos, crecí con la nieve, en el frío”. Al escuchar hablar de Puerto Vallarta, una playa de pueblo pequeño, viajó para conocer. Ahí terminó por fundar, junto con otro socio italiano, su primer restaurante, La Dolce Vita. También en Puerto Vallarta conoció a su ahora esposa, quien lo convenció de abrir un establecimiento en Monterrey: Il Capriccio.

 

“Cuando yo llegué eran dos o tres italianos en Monterrey, pero no había queso parmesano italiano, el aceite de oliva italiano”, recuerda Alfredo, “los tomates, champiñones, ingredientes para la pasta, no eran frescos, y yo todo lo que usaba sí. Los proveedores de Guadalajara y México nos mandaban la pasta, el queso, el salmón ahumado, mozzarella. Ahorita en Monterrey no se consigue todo pero a comparación del 94 ya tenemos muchos productos aquí”.

 

Además de los ingredientes frescos y una auténtica cocina italiana, para él lo más importante, “el punto clave”, es su familia. “Si no tienes una familia que te ayude estás frito. No hay ningún significado para el trabajo, el esfuerzo”, recalca. Es por esto que hace tres meses invitó a su hijo de 17 años, Michele, al restaurante, con la condición de que si no le interesaba podía decirlo.

 

“Me llamaba la atención la cocina, cómo sacamos los platillos, qué ingredientes llevan, lo básico”, comenta Michele, “pero no puedo llegar y cambiar su manera de cocinar… Estoy haciendo un inventario general del menú. Todavía no se lo comento a mi papá pero voy a implementar nuevos platillos. El menú tiene más de 20 años y me he dado cuenta que llegan clientes diciendo que les gustan las fusiones, quieren algo nuevo. Vienen de diferentes partes de México. Ya hablé con los cocineros y estamos dando platillos que no están establecidos. Quiero seguir apoyando a mi papá en lo que le falte”, finaliza el joven.

 

¿Cuándo abriste tu primer restaurante y cómo fue esa experiencia?
Había muchos lugares que yo tenía curiosidad de conocer, Cancún, Acapulco. Llegando a México sí me asusté un poquito porque Vallarta no es como Miami, vi las cosas diferentes, el pueblito, la calle de piedra. Me preguntaba “¿Qué estoy haciendo aquí?”. Conocí italianos en la playa. Stefano y yo nos pusimos a platicar varios días. Él ya sabía más o menos de restaurantes porque su papá era restaurantero. Empezamos a soñar. A mí me gustaba mucho cocinar. En Estados Unidos cuando hacía convivios en el trabajo siempre ponía comida italiana, me gustaba la mesa grande, la pasta, la amistad. Pensamos en un restaurante chiquito. En pocas semanas se pudo lograr. Confiamos los dos, por eso después de tantos años – abrimos en el 90 – La Dolce Vita todavía tiene fama. Estuvo bonito. Ahí se quedaron unos socios.

 

¿Cuál era el concepto del restaurante?
Era un concepto italiano, la pizza al horno, la pasta, igual que aquí (en Il Capriccio). En Italia mi mamá cocinaba, yo nunca había soñado venir a poner algo así. Estaba en la cocina, Stefano en el horno. Era un lugar acogedor, chiquito, en la noche se llenaba. No estuvo fácil pero pienso que confiamos en que iba a funcionar. Es amor, te gusta lo que haces.

 

¿Por qué decidiste mudarte a Monterrey?
De repente llega a La Dolce Vita mi (ahora) esposa de Monterrey, Norma, con sus amigas. A mí me gustaba salir, recomendarte la comida, todavía lo hago. Me pidió un platillo que le recomendaron unos amigos que siempre lo pedían, una ensalada de champiñones. No lo tenía y le dije “Perdóname, vente mañana y te lo preparo”. Le preparé otras cosas y sí regresó. De ahí nos conocimos. Esa ensalada me costó tener una familia en Monterrey. Pasó el verano, me hablaba, me tardé casi un año en decidirme. Ella me platicaba de poner un restaurante en Monterrey, que no había italianos. Nada más estaba La Scala. Yo no pensaba en vivir en una ciudad grande, tenía la playa, mi lugarcito, estaba a gusto. Pero me convenció y vine a conocer. Era casi inicios del 94. Tenía 34 años.

 

¿Cuándo abriste Il Capriccio y cómo lo hiciste?
No conocía a nadie en Monterrey. Buscaba un local, fui a ver los restaurantes italianos y la verdad no era lo que yo imaginaba. Los productos italianos no se conseguían tan fácil, todo venía de exportación. Fui a ver las tiendas, no había HEB, Costco, Sams. Los únicos que habían era Mode y la Comercial Mexicana que es Soriana. Me gustaba más en San Pedro pero no pude porque era muy estricto, no era fácil por los permisos, el estacionamiento, tantas cosas. Pasaron casi seis meses y dije “Me regreso a Vallarta, no quiero estar aquí porque me siento inútil, no encontramos nada”. No había plazas comerciales como ahorita, sólo San Agustín. Me di unas vueltas por Vista Hermosa, había un banco por allá que yo iba. Veo un local en Enrique C. Livas, me gustó, investigué los propietarios. Pasó tiempo y veo el teléfono y que se renta. Hablo y me contesta que era Bancrecer, llegamos a una negociación. Me tardé como dos, tres meses. Compré la propiedad. Platicarlo ni me parece de verdad, es tan bonito. Ni pensaba en la inflación. Traía fe, sabía que iba a funcionar. Era poner una comida que aquí no existía, una pasta fresca, la gente ni sabía qué era pasta al dente, era poca la gente que iba a Italia.

 

¿Cómo fue el inicio del restaurante?
Tuvimos buena experiencia. Todos los días estaba lleno, yo estaba en la cocina, venía gente de San Pedro. Aquí en Monterrey el chisme va rápido, no necesitaba hacer mucha publicidad. Supieron de un italiano y por muchos años se llenó. Mi esposa me ayudaba de cajera, con un equipo, yo en la cocina. Estuve día y noche en Il Capriccio, de 1994 hasta el 2000.

 

¿Cómo fue la recepción de los comensales?
Al principio yo ofrecía licores italianos que ni los conocían, una pasta al dente, al momento. Me molestaba porque me pedían salsa cátchup pero me aguantaba. Yo acostumbré a los clientes por muchos años que yo tenía la cocina abierta, podían pasar y ver cómo hacía la pasta. Quería que vieran que vale la pena el esfuerzo por tener un producto fresco.

 

Abriste una sucursal en Villa de Santiago, ¿por qué cerraste?
Duró como cinco o seis años pero hubo mucha inseguridad, antialcohólicas. El negocio era más fin de semana. Decidí cerrar porque me estaba complicando con la familia. Tengo tres hijos en la casa. Era ir de Vista Hermosa a Villa de Santiago. Se complicaba la desvelada, el negocio es esclavizante. El único socio que tuve es Dios, me da fuerza para seguir adelante. Preferí dejar todo a cambio de mi familia y mi salud. Olvida la reputación, el orgullo.

 

¿Cuándo abriste en San Pedro y cómo fue?
Busqué algo más tranquilo, en el 2008, 2009. Abro y era una novedad. La gente de San Pedro no quería ir para Vista Hermosa y empezaron aquí a construir muchos centros comerciales. Ya tengo siete años aquí. Tratamos de tener el mismo concepto de comida italiana, pasta al momento, pizza a la leña, tratar de usar siempre ingredientes frescos.

 

¿Cuáles son tus platillos clásicos?
En un menú italiano siempre ponen primero la pizza Margherita, tiene una historia, es clásica. Luego la pizza cardinale, la capricciosa, la quattro stagioni, es la más típica. La pasta carbonara, la Piemontese, la arrabiata, amatriciana, al pesto. A la gente le gusta, no necesitas darle otra cosa porque en todo mundo siguen comiéndose.

 

 

 
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