11 de junio del 2017

Tacos Los Gigantes

Tienen 48 años, son la tercera generación y todo ha sido a través de mucho esfuerzo.
Redacción por: Residente

¿Cómo empezó todo?
Mira, yo soy ahorita el que está aquí con mi hermana Angélica, somos la tercera generación. Empezaron mis abuelos, mis papás empezaron hace 35 años y ahora estamos nosotros. El negocio lo empezó mi abuelo, Julio Garza, en el 69 y empezó pues chiquito. Un primo de él le propuso la idea de poner una taquería, de tostadas y tacos. Antes nada más era lo único que ellos vendían, luego el primo se fue y se quedó mi abuelo completamente y pues antes el local era chiquitito. Iba nomás gente de San Nicolás pues era todo lo que había. Y fue creciendo y luego mi papá, Rolando Lara, empezó a trabajar ahí cuando era novio de mi mamá, se quedó y fue creciendo poco a poco. Ahora tenemos ya 48 años, somos la tercera generación y ha sido a través de mucho esfuerzo.

 

Cuando empezaron, ¿qué tipo de tacos ofrecían?
Eran tostadas y tacos tipo Siberia.

 

¿Y ha cambiado algo a través de los años?
Sí, fíjese que antes nada más eran tres platillos: tostadas, tacos y caldo. Y ahorita tenemos yo creo, híjole, unos 25 platillos. Taco suizo, tostadas, tacos, taco enmolado, flautas. Y así sigue creciendo el menú. Nos hemos ido acoplando poco a poco a la gente.

 

¿Qué le piden la gente en cuestión de tacos?
El taco tipo Siberia es el fuerte con nosotros pero un plus que ahora ofrecemos es la variedad de platillos.

 

¿Qué le comenta la gente?
A mí me toca mucho que llega gente grande y gente que dice “Nooo, a mí me traían de chiquito y siempre ha sido lo mismo y qué rico está” y pues como que les recuerda a su infancia. Somos de la idea de tener una sucursal bien atendida. Que los clientes se hagan sentir queridos, que sean parte del negocio, es algo que nos caracteriza.

 

 

 
Notas Relacionadas

 

Siempre que pienso en Los Mochis, pienso en Django Reinhardt, porque El Beto está obsesionado con él. Django fue quien inventó el gypsy jazz. A pesar de haber perdido dos dedos en un incendio, es uno de los gigantes de la guitarra. No sé si Beto sea un gigante, pero todo el santo día está tocando la guitarra, así que el soundtrack de mis viajes con ellos siempre es bastante ameno.

 

Ahora bien, nada esto no tiene nada que ver con ustedes, así que, de todos los destinos razonables para conocer en México, ¿por qué deberían de ir a Los Mochis dónde el turismo es prácticamente nulo?

 

 

Porque aquí los paisajes son hermosos, las personas son más que divertidas y la comida es deliciosa. Desde que llegas, abres una cervecita, abres la segunda y la agarras de caminera. En cuanto a comida se refiere, algo les diré: Beto y Joce nunca me han quedado mal. Su recomendación número uno, los legendarios Mariscos El Brujo. Abres otra cervecita y pides un shot de callo de hacha, que es bebida y platillo en un solo bocado. Desde aquí sabes que todo estará bien. Si algo promete El Brujo es que sus platillos no necesitan más limón, ni salsa, ni sal. Cada cosa que llega a tu mesa está preparada perfectamente para que no tengas que hacer nada más que comerlo.

 

Pedí de comer tostadas, las porciones son tan vastas como para alimentar a todo Topolobampo, intimidantes. Cada una atiborrada de pequeños animalitos de mar desnudos fuera de su concha, crudos, acompañados solamente con la impecable mezcla de salsas y limón. Estas cosas no se ven en Monterrey. El Brujo es ridículamente delicioso. Foto p’al face, o lo que es igual, el “envy generator”

 

 

¡Oh, mira esos callos de hacha gigantes, mutantes!. Abres otra cervecita. Es increíble pensar que eso es lo que se come aquí todos los días. En changarros y mesas junto a carretas. Aquí no es comida para los hipsters. No hay mariscos “orgánicos, libres de pastoreo”, no se cocinan en aceite de coco ni se acompañan con limonada endulzada con miel de agave, aquí se comen nomás así, con limón y chiltepín, el chile al que el habanero le hace los mandados.

 

De ahí nos fuimos al otro lado de Los Mochis, Topolobampo, a caminar por el malecón. Ahí puedes comer nieve, elotes, ¿y por qué no?, abres otra cervecita.

 

Al día siguiente, playa Maviri. Una caminata en la arena y estás listo para comer más. Llegamos al Beach Club y nos sentamos justo a tiempo para recibir a los buzos que llegaban de sus largas expediciones. Todo el mundo está en el Beach Club, todo el día es fiesta. Y por supuesto, otra cervecita.

 

Entre sus múltiples hobbies de hombre de campo, El Beto encontró inspiración en Maviri para comenzar a hacer su propia cerveza. Le ha ido bien, tanto que ahora la comercializa. Si andan por allá no duden en probarla, es muy buena.

 

 

 

Otro día más, no podía irme sin probar la comida de la tía. La comida del diario del mochitense es diferente a la de acá. Comimos chilpachole, una sopa de tomate con camarón, retacada de aguacate. Salpicón de marlín, que lleva marlín adobado con limón y el secreto de la familia.

 

Antes de regresar, el último desayuno: birria de res, en caldo y en tacos. Honestamente no hay dinero que valga para pagar esa delicia.

 

Tantas cosas están pasando en el país justo ahora, que es imposible conocerlas todas. Cada ciudad, cada pueblo está definiendo su propia identidad y eso es hermoso. Quien no pueda disfrutar de ello es un alma pérdida.

 

 

Pareciera que es un lugar lejano, pero la verdad es que sólo te toma una mañana llegar. Para los valientes como yo, la aerolínea del autobús te lleva a Culiacán por $1,400 pesitos el vuelo redondo, incluso durante el puente de septiembre. De ahí se van a la central y toman un camioncito de Tufesa por unos $250 pesos para Los Mochis. ¡Listo! Ahí está su viaje para el próximo puente. Si tienen más tiempo, pueden tomar el tren del Chepe desde Los Mochis y regresar desde Chihuahua.

 

Realmente no se necesita tanto tiempo ni dinero para conocer un poquito más de nuestro país.

 

Muchas gracias a Beto, Joce y Mónica por siempre recibirme en su hogar. Espero verlos muy pronto otra vez.

 

 

 

 

 

Contacto
@analorenaamaya
Hungry Hungry Lorax

 

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