10 de abril

Siéntese donde pueda ver su plato

La iluminación en interior no sólo nos permite ver, también nos dicta cómo hacerlo.

 

Texto Juan Hinojosa

 

Cuando entramos a un lugar, o en este caso, a un restaurante, lo que de entrada podemos percibir es aquello que hay —que existe— en la recepción, o lobby, o en el espacio justo después de la puerta principal. Todas las características físicas en los objetos que podamos encontrar, y hasta el rostro de la persona que nos da la bienvenida, cobrarán vida y adquirirán definición por la luz.

 

En estas áreas en específico conviven, normalmente, la luz natural, proveniente del exterior a través de cristales o la misma puerta, y, la artificial, con lámparas o focos. Elementos tan sencillos y cotidianos, que no nos sorprende ya nuestra capacidad para aprovecharlos y poder tener la sensación de que sigue siendo de día aun en espacios cerrados. Sucede como cuando abrimos una llave y vemos el chorro de agua. Es tan normal que ésta salga en cuanto la necesitamos, que nos olvidamos de su origen: un río, enorme, caudaloso; un río que ya no vemos, en el que no nos detenemos. Lo mismo sucede con las luces.

 

Cuando estamos comiendo, sentados en nuestra mesa, ¿cuántas veces nos ponemos a pensar en lo que está ocurriendo con la luminosidad del lugar? Porque, tanto la disposición de las luminarias como el color que emiten, y hasta la temperatura que éstas pudieran irradiar, influyen en nosotros. Desconozco si todas las personas tienen la misma sensibilidad ante esto, pero decidí hacer estos breves comentarios al respecto pues considero que, en mi caso, sí es una situación que capta mi atención de gran manera cuando salgo a comer o a cenar.

 

Sería equivocado declarar que dos restaurantes de la misma franquicia son iguales en sus interiores siendo que cada uno utiliza la luz, ya sea artificial o natural, de diversas maneras. Me sucedió con un restaurante de comida japonesa, de sushi. En una misma semana pude visitar una sucursal suya, diminuta, y otra, enorme, con amplios espacios y decorado a gran detalle; misma marca, diferente manejo de los recursos lumínicos. En la primera, el espacio se limitaba a un corredor estrecho, un espacio rectangular alargado, sólo con una barra donde se te servía la comida. La luz era generada por tres lámparas de luz blanca, muy próximas a quien se sentaba en la barra. La combinación de un espacio reducido y de la luz fría le provocaban a uno un cierto apuro por salir, ya. Sumándole la barra, que suele ser un elemento que nos recuerda constantemente que sólo estaremos ahí un momento, era difícil llegar a tener la necesidad de quedarse. En cambio, la segunda sucursal era un universo alterno, pero con el mismo menú y sabor de los alimentos. El espacio interior era amplio, con un gran manejo de luces y sombras. El recibidor se bañaba con la luz desde el cristal de la puerta. Avanzando un poco más se veían las mesas, cada una con su propia lámpara de color rojo y anaranjado, una luz suave y cálida. El mobiliario era cómodo, incluso había mesas rodeadas de sillones largos. Se estaba bien ahí, pues la iluminación artificial no era homogénea (como lo sería, por ejemplo, en un supermercado) sino que era puntual, era utilizada para destacar cada lugar donde uno podía tomar sus alimentos y para resaltar detalles en los acabados y la decoración. Como si se hubiese logrado el efecto de estar en un templo: ni en penumbras, ni quemado por el Sol.

 

Son tan sólo comentarios, bocetos, sobre algo a lo que pudiéramos dedicarle mayor atención. Ese foco de ahí, con su tonalidad e intensidad, ¿cómo me hace sentir?, ¿superará, tal vez, al rojo de una puesta de sol?

 

© Lightart / Foto: Caryn Leigh. © Lightart / Foto: Karin Kohlberg Photography

 

 

 

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