03 de enero

La necesidad del regreso

Percibir como familiar un lugar en el que nunca se ha estado.

Texto Juan Hinojosa

 

Percibir como familiar un lugar en el que nunca se ha estado. Donde es posible disfrutar la sensación de estar perdido. Repetir la experiencia en cada visita.

 

Sin mucho aviso ni explicaciones, aparecemos en la habitación más profunda y aislada de una casa. Miramos el papel tapiz y sentimos el desconcierto que tiene todo primer encuentro. Nos quedamos quietos y movemos los ojos para ver qué hay o quién está. Damos con un sillón y una televisión. No logramos ubicar dónde estamos ni cómo es que llegamos. Tardamos en comprender que este inicio ha ocurrido al fondo, en el último rincón: empezó por donde debimos haber terminado. ¿Qué hacer?

 

De alguna manera, a pesar de la confusión, nos sentimos seguros. Es un lugar del que no tenemos memoria, pero algo, no sabemos qué, nos conforta. Aun así, debemos desplazarnos para eliminar la extrañeza. Llega entonces, de la nada, nuestro guía. Se acerca por detrás y nos pregunta qué nos pareció el hospedaje (hablando en tiempo pasado) y responderemos desorientados (en presente) que nos parece bien. El guía, con toda gentileza por supuesto, nos pide que lo sigamos. No podemos verlo, pues nos queda siempre fuera del campo de visión.

 

Comenzamos, con él, a andar de espaldas. Salimos del cuarto y nos invade la sensación de que tendremos que olvidar esa pequeña pieza que, en medio de las dudas, nos resguardó. Sólo oímos al guía abrir la puerta. Del lado izquierdo aparecen la hoja de madera y la perilla, que se van haciendo cada vez más pequeñas. Seguimos retrocediendo. Pequeño también se va volviendo el recuerdo de hace unos momentos. Este corredor nos llevará al salón de eventos. “¿Lo recuerda?”, nos pregunta. “Disculpe, pero nunca he estado ahí”, contestamos.

 

El corredor es largo y tiene ventanas de un lado; al fondo del mismo, es decir, frente a nosotros, hay un cuadro que no comprendemos. Pasamos junto a la puerta del salón, abierta, y en un único intento por retenerlo nos fijamos en los detalles más mínimos para forzar la memoria. Quebramos hacia la derecha y lo observamos quedándose atrás. “Avance, avance, cuidado en la escalera”, nos advierte, invisible. Con lentitud, posamos los talones en cada escalón.

 

Llegamos a un pasillo más. A nuestra izquierda se aprecia un descanso, después de una breve escalinata, que va a dar a un codo que seguramente lleva a una nueva habitación. “Allá está la estancia, debió parecerle muy agradable, pero venga por acá, sigamos”, el guía insiste. Voces: lo único que obtenemos de ella, ya que tampoco pudimos acceder. ¿Quién está ahí? Vamos viendo aparecer y alejarse, dispersos, muebles, baúles, lámparas. No, no queremos irnos. El guía no para de hablar y lo seguimos obedeciendo sin poder girar y decirle que queremos quedarnos.

 

“Oh, seguro que le encantó la biblioteca”. ¿Biblioteca? Queremos gritarle que nos deje, que aún no es tiempo. Nuestros pies no frenan su marcha inversa. El comedor también se pasa de largo; de la cocina sólo nos llegan aromas. Al final, el recibidor nos despide. Se escucha la señal definitiva de las bisagras de la puerta principal. De afuera nos llegan el ruido y la luz con intensidad. Fue inevitable abandonar nuestro resguardo. Terminamos inmóviles y expuestos en la banqueta. El guía ha desaparecido, cumplió su misión: provocarnos el deseo de entrar para recorrer nuevamente la casa. Damos un paso, ahora de frente, hacia el Nook.

 

 

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