El camote puede volverse tu nueva botana favorita.
21 de abril

VI. Camote y Canela

Un ingrediente algo pasado de moda pero que, dada la oportunidad, podría convertirse en tu favorito.
Redacción por: Anais Quintanilla
Fotografía por:

Algunos ingredientes llegan a tu vida inesperadamente, y a veces te resistes un rato antes de probarlos. Pero conforme pasa el tiempo, de una forma u otra, encuentran el camino hacia tu corazón. Para mí los camotes han tenido ese efecto de favorito inesperado y recientemente se han convertido en un elemento obligado cuando preparo alguna cena especial.

 

Creo que los camotes no siempre fueron tan poco populares. Recuerdo estar en la cocina de mi abuelita y escuchar el sonido peculiar del señor que pasaba vendiendo camotes asados y a mi mamá sintiendo un poco de nostalgia por ese postre. La verdad es que el camote asado se siente como un platillo de otra época y en lo personal nunca fue uno de mis favoritos. Las papas siempre han tenido más protagonismo, su sabor cremoso y neutro es perfecto para acompañar casi cualquier platillo y el camote, aunque tiene una textura muy similar, queda en el limbo por su sabor un poco más dulce.

 

Recuerdo haber probado, en alguna ocasión, “papas fritas” de camote y también el camote asado pero honestamente ninguna de esas versiones causó un gran impacto en mi paladar, o tal vez no estaba lista para su sabor. Mi predilección por este ingrediente es más reciente y se debe más bien a mi curiosidad por probar sabores diferentes y experimentar un poco con otras técnicas para preparar unas buenas papas.

 

Mi versión favorita para prepararlo es en rodajas aplastadas y con un poco de canela. El método tal vez suena un poco extraño pero el resultado es muy bueno, como un mini puré con una costra doradita. El primer paso es tener algunas piezas de camote. Usualmente prefiero el de cáscara café y que por dentro es naranja, el cual hay que lavarlo bien y cortarlo en rodajas de 1 cm aproximadamente, con todo y piel. Una vez que tienes las piezas cortadas hay que ponerlas a hervir unos 6-8 minutos. Hay que tener cuidado de no pasarse de tiempo porque al dejar los camotes hirviendo demasiado se vuelven muy suaves y se deshacen. El objetivo es que queden suaves pero sin que se les caiga la piel.

 

El siguiente paso es pasar las rodajas a una tabla para cortar o a un plato y una por una aplastarlas ligeramente. Lo puedes hacer con un palote o una cuchara ancha, pero ten cuidado de no hacerlo con la mano después de sacarlos del agua hirviendo porque las piezas están muy calientes. No es necesario aplastarlos demasiado, un ligero empujoncito es suficiente. En un mortero puedes moler un poco de orégano y canela en polvo. Después, en una sartén extendida, hay que calentar una cucharada de mantequilla con aceite de oliva para freír las rebanadas de camote. Se deben sazonar con el orégano y la canela y un poco de sal. Deja freír unos 2-3 min por cada lado, hasta que la cáscara del camote quede bien dorada.

 

Estas rebanadas son perfectas para acompañar casi cualquier platillo o simplemente comerlas solas como snack de media noche. Si sientes que estas un poco cansado de solo comer papas te recomiendo que le des una oportunidad a este ingrediente y probablemente se convertirá en tu nuevo favorito inesperado.

 

¡Saludos!

 

Anais

 

El camote puede volverse tu nueva botana favorita. Conoce la receta.

Las opiniones que aparecen en esta columna son responsabilidad del autor y no necesariamente las de este medio.
 
Notas Relacionadas

 

Siempre que pienso en Los Mochis, pienso en Django Reinhardt, porque El Beto está obsesionado con él. Django fue quien inventó el gypsy jazz. A pesar de haber perdido dos dedos en un incendio, es uno de los gigantes de la guitarra. No sé si Beto sea un gigante, pero todo el santo día está tocando la guitarra, así que el soundtrack de mis viajes con ellos siempre es bastante ameno.

 

Ahora bien, nada esto no tiene nada que ver con ustedes, así que, de todos los destinos razonables para conocer en México, ¿por qué deberían de ir a Los Mochis dónde el turismo es prácticamente nulo?

 

 

Porque aquí los paisajes son hermosos, las personas son más que divertidas y la comida es deliciosa. Desde que llegas, abres una cervecita, abres la segunda y la agarras de caminera. En cuanto a comida se refiere, algo les diré: Beto y Joce nunca me han quedado mal. Su recomendación número uno, los legendarios Mariscos El Brujo. Abres otra cervecita y pides un shot de callo de hacha, que es bebida y platillo en un solo bocado. Desde aquí sabes que todo estará bien. Si algo promete El Brujo es que sus platillos no necesitan más limón, ni salsa, ni sal. Cada cosa que llega a tu mesa está preparada perfectamente para que no tengas que hacer nada más que comerlo.

 

Pedí de comer tostadas, las porciones son tan vastas como para alimentar a todo Topolobampo, intimidantes. Cada una atiborrada de pequeños animalitos de mar desnudos fuera de su concha, crudos, acompañados solamente con la impecable mezcla de salsas y limón. Estas cosas no se ven en Monterrey. El Brujo es ridículamente delicioso. Foto p’al face, o lo que es igual, el “envy generator”

 

 

¡Oh, mira esos callos de hacha gigantes, mutantes!. Abres otra cervecita. Es increíble pensar que eso es lo que se come aquí todos los días. En changarros y mesas junto a carretas. Aquí no es comida para los hipsters. No hay mariscos “orgánicos, libres de pastoreo”, no se cocinan en aceite de coco ni se acompañan con limonada endulzada con miel de agave, aquí se comen nomás así, con limón y chiltepín, el chile al que el habanero le hace los mandados.

 

De ahí nos fuimos al otro lado de Los Mochis, Topolobampo, a caminar por el malecón. Ahí puedes comer nieve, elotes, ¿y por qué no?, abres otra cervecita.

 

Al día siguiente, playa Maviri. Una caminata en la arena y estás listo para comer más. Llegamos al Beach Club y nos sentamos justo a tiempo para recibir a los buzos que llegaban de sus largas expediciones. Todo el mundo está en el Beach Club, todo el día es fiesta. Y por supuesto, otra cervecita.

 

Entre sus múltiples hobbies de hombre de campo, El Beto encontró inspiración en Maviri para comenzar a hacer su propia cerveza. Le ha ido bien, tanto que ahora la comercializa. Si andan por allá no duden en probarla, es muy buena.

 

 

 

Otro día más, no podía irme sin probar la comida de la tía. La comida del diario del mochitense es diferente a la de acá. Comimos chilpachole, una sopa de tomate con camarón, retacada de aguacate. Salpicón de marlín, que lleva marlín adobado con limón y el secreto de la familia.

 

Antes de regresar, el último desayuno: birria de res, en caldo y en tacos. Honestamente no hay dinero que valga para pagar esa delicia.

 

Tantas cosas están pasando en el país justo ahora, que es imposible conocerlas todas. Cada ciudad, cada pueblo está definiendo su propia identidad y eso es hermoso. Quien no pueda disfrutar de ello es un alma pérdida.

 

 

Pareciera que es un lugar lejano, pero la verdad es que sólo te toma una mañana llegar. Para los valientes como yo, la aerolínea del autobús te lleva a Culiacán por $1,400 pesitos el vuelo redondo, incluso durante el puente de septiembre. De ahí se van a la central y toman un camioncito de Tufesa por unos $250 pesos para Los Mochis. ¡Listo! Ahí está su viaje para el próximo puente. Si tienen más tiempo, pueden tomar el tren del Chepe desde Los Mochis y regresar desde Chihuahua.

 

Realmente no se necesita tanto tiempo ni dinero para conocer un poquito más de nuestro país.

 

Muchas gracias a Beto, Joce y Mónica por siempre recibirme en su hogar. Espero verlos muy pronto otra vez.

 

 

 

 

 

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