15 de septiembre

El Tío Enrique

Crónicas de un Tex-Mex, segunda parte
Redacción por: Ana Lorena Amaya
Fotografía por:

Fotos cortesía del tío Enrique y Google

 

La semana pasada empecé a contarles la historia del tío Enrique.

 

Total, nos quedamos en que el tío buscaba cómo lidiar con el crudo invierno que lo recibió en Minnesota en el ‘79. Además de usar los “efectos especiales” para ir a ver pasar los aviones sobre su cabeza recostado en el cofre del coche, él y sus amigos aprovecharon que ese año se estrenó en el cine “Apocalypse Now”. Unos cuantos toquecitos en el estacionamiento hicieron que repitieran la función unas siete u ocho veces. Sus nuevos amigos se iban haciendo cada vez más sus cómplices y hermanos.

 

Por esas fechas Eagles se presenta en la ciudad. Su buen amigo John andaba quedando bien con una muchachona que justo antes del concierto lo mandó a volar, así que el tío no tuvo más remedio que hacerle el “paro” a su homie y acompañarlo al concierto donde los vi a ocho metros de distancia.

 

– De ahí regresamos aún más en el tiempo. Parecería que la cronología en su cabeza es dispersa, pero no. Recuerda exactamente en que año sucedió cada cosa. –

 

Su primer concierto fue América en la feria de Minnesota, cuando fue a visitar a Nancy por primera vez. Como buen mexicano en tierra de nadie, se puso a juntar, uno encima de otro, todos los vasos de las cervezas que había tomado. Al final del concierto tenía una torre de 100. Dicen que uno que otro lo recogió del suelo.

 

 

A Prince lo vió a 2 metros de distancia en el ’77, en un bar del centro llamado Boyds on the River. A Bob Dylan en el 400 Bar junto a la universidad, en el enigmático barrio Dinkytown. Ninguno de los dos era famoso todavía. Fue hasta 1980 que ambos saltaron a las grandes ligas de la música.

 

 

En fin, otra vez de regreso a donde estábamos, de ser el único mesero y empleado mexicano, en 1981 el tío se convirtió en entrenador oficial de Chi-Chi’s que empezó a expandir sus horizontes abriendo franquicias por todos lados. Lo mandaron a abrir uno en Dallas, otro en Luisiana y uno más en Baton Rouge. De ahí a Indiana, donde por primera vez fue a ver las 500 millas de Indianápolis. Kansas City y Oklahoma también estuvieron en la agenda.

 

En 1981 regresó a Monterrey por su sweetheart de la juventud, a quien a pesar de tanta locura nunca pudo olvidar. Se casaron y siguieron sembrando la semilla del imperio Chi-Chi’s por todos USA.

 

 

Por esas fechas se asoció con su cuñado y su hermana para poner un restaurante en Colorado, Don Vegas. Sí, sin “r”. No les fue tan bien, así que no le duró mucho el chistecito. Siguió por un rato siendo un godín restaurantero. Le ofrecieron trabajo en otros lugares en California y de alguna manera terminó trabajando para Red Lobster.

 

De a buenas que se salió a tiempo, porque desgraciadamente para Mcgee, el imperio de Chi-Chi’s se desmoronó en el 2004, después de que 660 personas se contagiaran de hepatitis por consumir cebollas contaminadas en un sus restaurantes. Ese mismo año cerraron 65 de sus sucursales en USA, aunque sigue operando hasta el día de hoy en China, Bélgica, Luxemburgo, Emiratos Árabes Unidos, Kuwait e Indonesia. Hasta eso no le fue tan mal.

 

 

Finalmente el tío se estableció en Dallas, donde logró consolidarse con su nuevo restaurante, Enrique’s Place. Ese le duró 20 años.

 

– Listos los frijoles, lista la carne. ¡A cenar!. Como él pidió, suena “Dark Side of the Moon”. ¡Que le subas, Luis, no seas así! Ahora sí, nadie habla hasta que se acabó casi todo. –

 

La historia de Enrique’s Place me la tendrá que contar en otra ocasión, porque entre tanta cerveza y tanta comida, ya se le acabó la plática y yo ya no le entiendo a mis apuntes.

 

-Pues como yo siempre digo, el cocinero nunca limpia.-

 

Saca un palillo de su cartera, porque si algo tiene que tener alguien en la cartera son palillos. Abre otra cheve con una cuchara y se sienta a disfrutar de la noche. Voltea y me dice “Que chingona música, ¿no?”.

 

 

 

 

Contacto
@analorenaamaya
Hungry Hungry Lorax

 

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No sólo sushi, por favor

La popularidad de la cultura japonesa a nivel mundial ha traído a nuestra bella y pintoresca ciudad, desde ya hace varios años, una proliferación de ofertas en rollos de sushi. Hay una gran diversidad de lugares dónde conseguirlos: los que parecen puestos de tacos, los dilapidados y decadentes (que por alguna razón la gente ve como más auténticos incluso cuando no hay nadie proveniente de Japón en su personal), los de franquicia que ofrecen combos y los venden al dos por uno, incluso hay supermercados que dedican islas entre sus pasillos a la elaboración de este plato emblemático de la cultura oriental. En una categoría que quizás es la que tiene menos ejemplares, están aquellos restaurantes que tienen la intención de no más que “restaurante de sushi” sino un lugar para la alta comida japonesa. Entre estos pocos y contados está el Hanaichi de la plaza Avanta Gardens.

Ya anteriormente he descrito la plaza en cuestión, de manera que no me detendré mucho en ello, aunque debo decir que el último de los dos pisos que tiene enteramente dedicado a restaurantes tiene algunas de las propuestas más interesantes de la zona (en el primero sólo hay restaurantes de franquicia, que si bien no son ninguneables per se, se pueden encontrar en otras plazas y la diferencia es inexistente). Como la mayoría de los otros establecimientos del lugar, Hanaichi es más terraza que interior, y aunque normalmente el movimiento se concentraría afuera, la crueldad del clima regio empujó a los comensales, un servidor incluido, hacía el área con aire acondicionado. La ambientación es sobria y minimalista en colores neutros, estética que ya parece inseparable de la idea colectiva de lo Japón, y aunque si bien algunos podrían considerar esta decisión estética como predecible, en mi opinión es atinada y sofisticada, pues marca una diferencia con las opciones más comerciales de este tipo de comida.

En lo que se refiere al menú, Hanaichi tiene a bien ofrecer únicamente creaciones originales en la sección de rollos; este no es un lugar para comer el ya gastado rollo california, si bien, nombres como “rainbow roll”, “spicy tuna” y “tempura roll” ya se han visto en otros lugares. Todas la opciones en esta área parecían interesantes, pero en esta ocasión fue turno de brillar del cenote roll porque tanto el pulpo como el elemento “spicy” me llamaron a él. Lo recomiendo altamente y volvería a pedirlo sino fuera porque hay muchas más opciones interesantes que me gustaría probar antes de elegirlo como rollo de cabecera. Los sashimis y los sushis también son excelente, creados con la perfección técnica e impecabilidad estética que exige este tipo de cocina, recomiendo especialmente el tako (supongo que significa pulpo en japonés), el maguro (atún) y el cono shake (salmón).

Yendo en contrasentido, hablaré de las entradas después de haber hablado del plato principal: la ensalada de atún y aguacate es deliciosa así como los infalibles edamames y, aunque sé que no es formalmente una entrada, el yakimeshi que pedí como tal es destacable incluso cuando es uno de los platillos más recurrentes en los restaurantes de este estilo.

En general la experiencia fue muy grata, aunque cabe mencionar que hubo un tanto de lentitud y confusión en el servicio, sin embargo, no culparía tanto a la logística ni al personal del lugar como a que era un día de gran confluencia. Aun así, no fueron detalles que merezcan gran importancia, aunque a mí parecer deberían prepararse porque da la impresión de que su popularidad sólo va a crecer.

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