09 de marzo

El mero gallo

Desde la decoración hasta la comida, todo embona perfectamente para crear una experiencia única.
Redacción por: Trimalquio
Fotografía por:

Cuando uno escucha un número en el nombre de un restaurante, pasan dos cosas. La primera es que automáticamente sabes que es el número de domicilio (óptimo si piensas mandar una carta con tus felicitaciones). La segunda es que seguro va a tener un concepto que, por su extravagancia, la gente denominará hípster, pero en realidad es producto de la escuela de diseño de Ilse Crawford, que eleva lo cotidiano al lujo.

 

Al entrar al Gallo 71 llegas a un lobby que es una habitación pequeña con un piso de azulejos de barro pintado, que quizás te recuerden a la casa de cierta tía abuela que vivía en la zona más antigua del centro de Monterrey. Sobre estos se erigen un contador de madera rústica, una banca de tablas y una cubeta con cervezas para tomar mientras esperas tu turno para ser sentado – por suerte hiciste reservación y no vas a tener que abusar de la cortesía, ¿verdad?. 

 

 

 

Por fin, después de algunos minutos y varias Heineken casi tibias, una hostess dice nuestros nombres y abre la cortina de terciopelo que nos separaba del área principal del lugar. Así se revela un cuarto amplio en tonos grises lleno de mesas aparentemente desordenadas entre las que se erizan repisas de metal negro llenas de ¿abarrotes? Pronto me entero que la familia del dueño del lugar viene de una tradición de tiendas de abarrotes, de manera que la peculiar decisión decorativa sirve como una especie de homenaje a su ancestría. Aun así, al igual que los muebles de la entrada, las repisas y los propios abarrotes eran inequívocamente decorativos. No artificiales, pero sí decorativos: botellas de refresco en presentaciones descontinuadas, bolsas de harina en edición de mediados del siglo pasado, etcétera.

 

Pero ya me he extendido demasiado con las introducciones y es menester que empiece a hablar de comida. La oferta de bebidas es amplia e interesante, al ofrecer desde aguas de frutas naturales hasta cocteles de lo más selectos. Mi acompañante pidió una sangría que se pavoneaba con la novedad de tener fresas, las cuales le daban un color que le hacía más justicia a su nombre que la presentación tradicional.

 

 

 

Por mi parte pedí, tanto un agua de guayaba, como un coctel que, quizás como resultado de tomármelo después de las varias cervezas en la recepción, me es imposible nombrar: recuerdo que llevaba mezcal y piña y que venía servido en un frasco de cristal en el que una rodaja de la fruta se asomaba a medias como un sol naciente. Ambas bebidas superaron mis ya de por sí altas expectativas.

 

Sobra decir que el menú le es fiel al espíritu del lugar o ¿es el lugar el que le es fiel al espíritu de la comida que sirven en él? Lo más llamativo es que toda una sección de él está dedicada a tacos, ya sean de filete wagyu o al pastor o de mariscos. Todos compartían la cualidad de dejar en claro que la calidad de los ingredientes los separa de cualquier taquería en la que de verdad te sentarías en un banco de tablas o una silla de plástico de Coca Cola.

 

 

La oferta no se reduce a esto, claro está. Hay cortes de carne variados, vegetales asados, mariscos, pescados y un largo etcétera. Para empezar, Encolpio y yo pedimos los tacos al pastor, aunque era claro que el chef no tenía la intención de que fueran botana. A pesar de la simplicidad aparente del plato, la carne estaba preparada con tal cuidado que los adobos, incluso al estar claramente presentes, no se volvían los protagonistas. También la alcachofa es altamente recomendable, aunque recientemente se ha vuelto un estándar gastado en restaurantes de este estilo. Como plato principal tuvimos la espinita de rib eye y los ostiones Kumamoto. Tristemente, mi compañero no soporta la sangre, de manera que tuvimos que pedir la carne un poco más cocida de lo que me gusta. Aún así, lograron darle un término que creo que nos satisfizo a ambos.

 

En lo que respecta a postres, debo admitir que la situación fue levemente decepcionante. La especialidad era el cheesecake de moras que yo ya saboreaba desde que vi al primer mesero pasar con uno de ellos hacia otra mesa. Cuando por fin pedimos y llegó el nuestro, grande fue la sorpresa al descubrir que estaba congelado. Le mencioné esto al mesero, que sólo respondió que así era como lo servían. No quiero pasar por un purista del pastel de queso, pero para mí uno de los atractivos principales de este postre es la textura cremosa que se pierde por completo al ser congelado. De querer ofrecer pastel de nieve, mejor deberían hacer pastel de nieve en lugar de arruinar otro.

 

 

 

Fuera de este detalle (que si bien fue mínimo, al ser el broche con que se cierra el ritual alimenticio parece resonar con más fuerza), todo fue excelente: desde las bebidas y los platos principales, hasta las guarniciones. Lo más impactante es que todo, desde la decoración hasta la comida, embona perfectamente para crear una experiencia que nadie debería perderse.

 

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Fb/Gallo71
Tel. 8335 6200

Las opiniones que aparecen en esta columna son responsabilidad del autor y no necesariamente las de este medio.
 
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