07 de julio

El Gusto de Puebla

Con Rudy por la Anáhuac.
Redacción por: Ana Lorena Amaya
Fotografía por:

Buscando enriquecer los contenidos de esta columna, le pedí a mi gran amigo Rudy Martínez (@rudybeingrudy) que me presentara alguno de sus restaurantes favoritos en la ciudad.

 

Rudy es un ingeniero de audio bastante simpaticón. Después de una larga trayectoria, trabajando tanto en Nashville como en Nueva York, ahora se dedica a producir a varias bandas y artistas locales como Buffalo Blanco y Hugo Segovia a través de su casa productora The Wave Central. De pronto desaparece y aparece después de haber corrido maratones en ciudades extrañas y por supuesto es un tragón como yo.

 

Fuimos a El Gusto de Puebla que está en la colonia Anáhuac en San Nicolás, al menos desde que Rudy tiene consciencia de su existir.

 

 

Llegamos y encontré un restaurante típico de esos con sillas de abuelita y manteles blancos. Los meseros juntaban mesas para recibir familias completas con tíos, hermanos, primos y hasta los abuelos. La gente que trabaja ahí es más que amable.

 

De entrada pedimos las de cajón, quesadillas. Las hay de flor de calabaza y huitlacoche, probamos las segundas. Son de maíz y están fritas, llenas de queso del bueno. Muy recomendables.

 

Como plato fuerte yo pedí el mole de Puebla: pechuga de pollo cocido a la perfección, con arroz que sabe al de la abuela y frijolitos refritos con manteca. Evidentemente estaba muy bueno.

 

 

Rudy pidió un filete abierto a la plancha. A pesar de ser un filete delgado, mariposeado, tiene un sazón muy peculiar. Quizá como “corte de carne” no tenga la sofisticación que muchos piden. Pero es claro que la gente sigue buscando ese sabor tan particular que han comido desde su infancia y que cada cierto tiempo su cuerpo pide a gritos.

 

 

De postre, el tradicional pay de queso con manzana, de ese que tiene cositas arriba.

 

Lo interesante de este lugar es que lleva ahí desde 1960 vendiendo la misma comida, que año tras año sigue conservando el sazón de la casa. Esa es la magia. A pesar de ser un restaurante donde encontrarás lo mismo que se vendía en Monterrey en los 80’s, El Gusto de Puebla ha sabido conservar lo que hizo a esa comida prevalecer tantos años: el buen sabor de casa y calidad.

 

En la esquina hay un piano viejo, de esos de restaurante. El pianista va brincando de boleros a baladas como si nadie le prestara atención. De pronto, “Gavilán o Paloma”, por ahí del coro no se aguanta las ganas y se avienta cantando una o dos frases con bastante sentimiento.

 

Empezaron a llegar los recuerdos. Rudy iba los domingos con sus papás cuando era niño, cuando todavía les gustaba sentarse afuera a pesar del calor. Había marimbas que tocaban sin cesar y él y su hermana se dedicaban a correr sin parar dando vueltas a la fuente de la terraza.

 

De ahí el amor por el lugar. No sólo es la comida, son los recuerdos, la familia y el sentido de pertenencia que logra un plato de carne con arroz. Es el saber que cuando te vas de México por un tiempo, regresarás a invitar a la familia a comer “tu” comida, en “tu” lugar. Es lo que te arraiga al hogar.

 

Entre historias, Rudy me contó que su familia ha rondado siempre por la Anáhuac y que todos sienten un gran orgullo por su barrio. La bisabuela, Eloisa, fue una de las personas que ayudaron a juntar dinero para poder construir la iglesia de la colonia, el Templo del Espíritu Santo.

 

Rudy insistió en que no podíamos irnos sin ir a verla. Así que en pleno miércoles a las tres de la tarde fuimos a la iglesia (mi mamá estaría orgullosa).

 

Desgraciadamente, cuando llegamos estaba cerrada y abrían hasta las cuatro. Ni modo, otro día será. Pero no contaba con la astucia de Rudy, quien me jaló del brazo y me arrastró a la entrada de una cochera. Resulta que se sabe todos los recobecos de la iglesia donde se la pasó jugando de niño (#mexico). De ahí llegamos a otra puertecita, que nos llevó a otra puertecita más chiquita.

 

 

Entramos y estaba todo oscuro, se veían algunas sotanas y artefactos que claramente usan para dar misa. Ahí fue cuando me di cuenta: “Estamos allanando la iglesia”. Poco a poco empecé a sentirme más emocionada.

 

Seguimos caminando por un corredor a oscuras. De pronto empezamos a escuchar ruidos. Alguien estaba ahí. Nos habían descubierto. Así que aplicamos la de Capulina. Nos quedamos quietecitos sin movernos. Vimos pasar a un señor justo enfrente de nosotros, pero, ¡oh!, ¡milagro divino!, no nos vio (mamá ya no tan orgullosa). Salió por otra puertecita que alumbró un poco el camino y de nuevo estábamos solos en la obscuridad.

 

Seguimos avanzando y finalmente llegamos al salón principal. La iglesia fue construida por el Ing. Armando Ravizé, un reconocido arquitecto mexicano. Entre sus obras está también la iglesia de La Purísima. Ciertamente el templo es una belleza. Todos los detalles están perfectamente bien cuidados. Sus vitrales dejan pasar la luz del sol dejando todo increíblemente colorido y alegre. A pesar de su arquitectura “simple”, el atrio y pasillos laterales están llenos de murales hechos con mosaico, acomodados meticulosamente para darle vida a las imágenes de ángeles, santos y Cristos.

 

Rudy estaba frente a uno de los murales. Volteé y le dije “Sonríe para la foto”.

 

 

Dedicatoria especial de Rudy para Pi, Locha, María Luisa, y Carmela.

 

 

 

Contacto
Instagram: @analorenaamaya
Facebook: Hungry Hungry Lorax
Fotografías: Ana Lorena Amaya

 

 

 

Las opiniones que aparecen en esta columna son responsabilidad del autor y no necesariamente las de este medio.
 
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