17 de abril

Cómo disfrutar del insomnio

Bien dicen que a grandes males, grandes remedios, así que me dirigí a la cocina.
Redacción por: Caro V.
Fotografía por:

 

Era de noche, y podía oír lo que en el ajetreo del día casi no se puede detectar: el respirar del perro dormido, el ruido del tráfico de la avenida entrando por mi ventana.

 

Acostada en mi cama, conciliar el sueño parecía imposible.

 

Agarré un libro, intenté leerlo, pero mi estómago vacío no me dejaba concentrarme.

 

‘Ya es tarde, no te conviene comer’, decía una voz en mi cabeza, que estoy segura pertenece a mi madre.

 

Intentando distraerme, busqué a una amiga para platicar.

 

El estrés de la semana había estado pesado, y tal vez lo que necesitaba era más plática que platillo.

 

Por mensaje, mandé emojis a mis amigos nocturnos, para ver quién estaba disponible.

 

Y nada.

 

Parecía que era la única en la ciudad que no podía dormir.

 

Intenté despertar al perro, pero no funcionó, abría los ojos, le enseñaba su pelota, y los volvía a cerrar.

 

Bien dicen que a grandes males, grandes remedios, así que me dirigí a la cocina.

 

Eso del snack nocturno es un verdadero arte, porque no es una comida normal.

 

Un buen refrigerio debe quitarte el hambre, pero no dejarte empanzada; no debe ser exageradamente saludable, porque ¿quién se va a parar de la cama para comer pechuga de pollo?

 

Aunque primero que nada intenté lechuga, porque alguna vez leí que provoca el sueño.

 

Mastiqué con desgana como dos tazas de eso, hasta que me harté.

 

Todavía tenía hambre y nada de sueño.

 

Encontré fruta ya cortada en el refrigerador, la bañé de chile y limón, y con eso tuve para satisfacer mi apetito.

 

Regresé a la cama ya más tranquila, pero todavía sin sueño.

 

Volví a revisar mi celular, y encontré a una de esas nocturnas que tanto quiero, y nos pusimos a platicar.

 

Ella también había buscado un remedio en la cocina para el insomnio, y por eso no me había contestado.

 

Su antídoto eran galletas y leche.

 

Pero para ser honesta, no sé qué tan eficaces hayan sido nuestras medicinas culinarias, porque para las cuatro de la mañana seguíamos riendo, y el día siguiente para poder aguantar el sueño (que ahora sí no nos dejaba en paz) tuvimos que sacar el armamento pesado: tazas y tazas de café.

 

 

Contacto

@carovl

cvaldes.loyola@gmail.com

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