03 de abril

Cuando nos pesa el querer

¿Qué tiene de malo nuestro antojo?
Redacción por: Caro V.
Fotografía por:

 

Mantequilla.

 

Mantequilla sobre pan.

 

Mantequilla sobre una papa horneada.

 

Mantequilla para cocinar.

 

Mantequilla para degustar (sí existe, lo vi en Internet).

 

Gracias a todo lo divino tenemos un sentido del gusto que nos permite disfrutar de las cosas sencillas y de las no tan sencillas.

 

A veces, esta habilidad para experimentar nos incentiva a ingerir alimentos que nos pueden caer pesado en el estómago, pero celestiales en la boca.

 

Desafortunadamente, la culpa y el remordimiento de consciencia parecen estar ligados a cada bocado que damos, más allá de nuestra habilidad digerir.

 

Que si comimos mucho o muy poco o simplemente pésimo.

 

Todos estos estándares externos, de los cuales por cultura nos apropiamos, complican mucho lo que decidimos poner en nuestro plato por las noches.

 

Pero, ¿qué tiene de malo nuestro antojo?

 

Cada vez que veo en las redes sociales un comentario de “Mira lo que me comí, oink oink”, acompañado de una muy estética foto de unos tacos grasosos o algo así, bueno, se me revienta la cabeza.

 

Tal vez la que está mal soy yo, y pedir absolución a través de Facebook es lo que nos llevará al cielo, pero algo me dice que no es el caso.

 

Y aparte, ¿para qué incluir al cerdo en el drama?

 

¿Qué no todos saben que los seres humanos somos animales también, o por qué se desligan de su antojo o apetito diciendo “Ay, comí como cerdo”?

 

Oigan, comieron como decidieron racionalmente, y no tiene nada malo.

 

El sentido común de querer comer sano y “bien” (que cambia en cada colonia), tiene que coexistir con el sentido gustativo y con nuestro instinto animal, ese que aparece cada vez que dejamos pasar demasiado tiempo entre nuestras comidas.

 

Y sí, a veces no tomamos las mejores decisiones alimenticias, ni para nuestro cuerpo, ni para nuestro gusto, pero esas equivocaciones son las que nos ayudan a definir lo que nos gusta, y lo que queremos sacar de cada cena.

 

Apropiarnos de nuestros deseos, y saber por qué los queremos es libertad y la mejor manera de encontrar lo que buscamos.

 

Hay que comer como humanos, con nuestra imperfección, apetito y límites.

 

Dejemos al cerdo en la granja.

 

 

Contacto

@carovl

cvaldes.loyola@gmail.com

 

Las opiniones que aparecen en esta columna son responsabilidad del autor y no necesariamente las de este medio.
 
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