27 de octubre

Crónicas de un “restaurantweekero”, vol. 2

Invité a mi madre a compartir un brunch en la cafetería The Nada.
Redacción por: Daniel Walle
Fotografía por:

 

No hay nada como disfrutar de un buen desayuno acompañado de una buena taza de la bebida de tu elección. Pero definitivamente compartir esto con tu madre no tiene punto de comparación. En este volumen número 2 de Residente Restaurant Weekend invité a mi madre a compartir un brunch en la cafetería The Nada.

 

Confieso que yo ya conocía un poco el establecimiento pero solo había probado sus cafés, papas al curry y sodas hechas en casa. Ésta era la oportunidad perfecta para conocer un poco más de la oferta y pasar un buen rato familiar.

 

Llegar al lugar siempre te hace sentir curioso. Hay tantas puertas que dirigen a tantas áreas para disfrutar del momento de distintas maneras que hacen que uno recuerde ciertas partes de su niñez, pero ahora con un toque totalmente creativo y sofisticado. Las áreas se adaptan a los comensales y a su ánimo y no el comensal al local, punto que le encantó a mi madre. Después de pensarlo con detenimiento, ella escogió una mesa cerca de una ventana, la cual tenía un bonito y a la vez minimalista florero como decoración.

 

 

Pidió un té chai latte y yo un Earl Grey para comenzar. La manera que ofrecen el té me parece extraordinaria. La carta tiene muchas opciones de dicha bebida y de tisanas, tantas que satisfacerían a la persona más exigente.

 

Para desayunar nos decidimos por un omelette poblano para ella y unos chilaquiles oaxaqueños para mí (después de cambiar mi orden dos veces debido a la disponibilidad de platillos). El local hace una aclaración en su menú diciendo que cada comida se prepara al momento de la orden para garantizar la frescura. A pesar de esto, tengo que admitir que el servicio fue muy rápido.

 

Todo estaba genial. No podíamos pedir más a ese omelette bien cocinado y ese sabroso mole que bañaba mis chilaquiles, claro, acompañado de la atmósfera más relajante que pudiera haber. Rematamos con unos bisquets integrales con crema batida, coulis de fresa hecho en casa y acompañados evidentemente de un chocolate caliente. De nuevo me agradó bastante la manera de servir el chocolate. Los conocedores no me dejarán mentir: lo que hace a una taza de chocolate excelente es una buena espuma y esta sí que era una señora espuma.

 

El servicio siempre fue muy amable, amigable y eficiente pese a las pequeñas complicaciones que puede presentar las diferentes áreas del local. Cabe recalcar que a pesar de cambiar mi orden dos veces por la no disponibilidad de pre – preparaciones, nunca se me negó el platillo y siempre se me ofreció hacerlo desde cero, aunque tardara más.

 

Mi madre salió encantada y satisfecha de la cafetería mientras me decía “Gracias, hijo”, a lo que yo le respondí “The nada, mamá”. Por su expresión me alegro de ser chocolatero y no ser comediante.

 

 

Contacto

@jedan_walle

Las opiniones que aparecen en esta columna son responsabilidad del autor y no necesariamente las de este medio.
 
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