19 de abril

Chocoamante joven

Unos ojos que miraban con incredulidad y curiosidad. Esa niña no debía tener más de cuatro años.
Redacción por: Daniel Walle
Fotografía por:

 

Siempre me gustaba cuando los niños llegaban a la chocolatería en la que solía trabajar y en la que empecé mi formación en este oficio. La reacción de todos hasta cierto punto es la misma: corren y pegan su cara contra la vitrina que exhibe bombonería, figuras y demás confituras, mientras gritan y ríen con asombro.

 

Creo que me gusta su reacción porque me identifico con su sentimiento de emoción al ver tanto chocolate junto en un solo lugar. Esa sensación de expectativa combinada con impaciencia por probar las diferentes combinaciones de sabores y el simple hecho de poder tocar y tener de cerca cosas que parecen sacadas de una galería de arte.

 

Pero esta niña era diferente. No sé si era por el hecho de que su padre la tenía tomada de la mano o la golosina sabor chocolate que llevaba (más en la cara que en la mano) que la privaba de seguir el orden natural de las cosas. El padre de la niña había venido a hablar con mi maestro, ya que era largo el tiempo desde la última que entablaron conversación.

 

Más pronto que tarde mi maestro notó a la hija de su amigo devorando esa imitación de chocolate y le preguntó “¿Te gusta mucho el chocolate?”. La niña asintió con la cabeza de manera enérgica, así que mi maestro los guió a ella y a su padre a la vitrina. “Te voy a dar un chocolate que te va a gustar mucho. Vas a ver”, dijo mi maestro mientras le ofrecía uno con la mano.

 

La niña emocionada lo tomó sin soltar aquella golosina saborizada e hizo una comparación rápida y un juicio aún más veloz. Le dio una mordida al chocolate, volteó a ver su otra mano y en un movimiento rápido, pero maquinalmente torpe, propio de las personas tan jóvenes, se deshizo de su golosina y comenzó a comer su nueva adquisición. Por fin observé la reacción que esperaba desde que la vi entrar. Un brillo salió de sus ojos y comenzó a ver con fascinación todo lo que había frente a ella mientras pedía otro chocolate más.

 

El punto de esta historia es que muchas veces el regiomontano vive con una concepción errónea de lo que es el chocolate. Piensa que éste empieza y acaba en esas golosinas saborizadas cargadas a más no poder de azúcar, que hacen tanto daño nutricional y de salud, y que buscan acercarse lo más que se pueda al sabor, aroma y sensaciones que sólo el chocolate real tiene. Esta joven persona, en su inocencia e inexperiencia en la vida, pudo experimentar la abismal diferencia entre dos productos y llegar a emitir una crítica contundente.

 

Había vivido situaciones similares con familiares, amigos y compañeros, en las que veía que una vez que pruebas lo de verdad ya no hay vuelta atrás. No hay comparativa de experiencia.

 

De todas esas historias ésta es a la que más le tengo cariño porque sin duda es un juicio imparcial y sin estigmas, que además confirma lo anteriormente dicho. Esa pequeña siempre buscará un chocolate real antes que una golosina sabor chocolate. Esto lo sé de primera mano porque su padre vino poco después a la chocolatería buscando el mismo producto y unos cuantos más diciendo “Ya no come los otros ‘chocolates’ que le compramos. Dice que ya no le gustan. Creo que así mantiene el negocio creciendo el chef. Les siembra el gusto a las nuevas generaciones desde temprana edad”.

 

Contacto @jedan_walle

Las opiniones que aparecen en esta columna son responsabilidad del autor y no necesariamente las de este medio.
 
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