Coles de Bruselas por Anais Quintanilla
27 de Abril del 2017

VII. Coles de Bruselas

Crecí pensando que sería un vegetal inventado, pero unos deliciosos rollitos me abrieron los ojos.
Redacción por: Anais Quintanilla
Fotografía por:

Cuando era pequeña recuerdo que me gustaba leer un cuento sobre un par de conejitos que comían coles de Bruselas. Crecí con la idea de que sería algún vegetal inventado por el autor y que en ese mundo mágico todos tomaban cola de zarzaparrilla y se alimentaban de comida extraña. Honestamente la col siempre me pareció un vegetal de sabor muy extraño. Aunque cuando eres niño, la verdad, todos los vegetales parecen asquerosos y aunque tus papás te obligan, por diferentes métodos, a probar de todo, casi siempre resulta que hay cosas verdaderamente desagradables.

 

No quiero echarle la culpa a mi mamá por hacerme comer verduras raras, al contrario, estoy muy agradecida de que al día de hoy no me da miedo probar cosas que no conozco y mejor dicho me encanta encontrar nuevos sabores para replicar en casa. Para mí la vida sería demasiado aburrida sin variedad de colores, de platillos, de todo y entiendo el esfuerzo de mis padres por abrir mi panorama gastronómico desde pequeña.

 

Como les comentaba, la col siempre me había parecido, lo diré, asquerosa. Pero siempre hay un punto en la vida en el que te das cuenta que tus prejuicios personales en contra de la comida tienen fundamentos ridículos. En alguna ocasión que mis papás tenían algún evento al que no se podía llevar niños nos dejaron encargados con unos amigos. Como toda la familia era de China y nosotros no conocíamos la auténtica comida china, a la hora de la cena ordenaron un montón de platillos para que probáramos. Había muchas cosas: arroz frito, tallarines, pollo, carne, rollitos primavera, etcétera.

 

Creo que esa fue la primera vez que utilicé palillos para comer. De todo aquel festín recuerdo que me gustaron mucho los rollitos. El sabor era diferente a todo lo que había comido antes y aunque estaban fritos, el relleno se sentía ligero y de un sabor muy aromático. Decidí entonces que me encantaba la comida china, aunque no estoy segura de qué tan auténtica sería esa versión. Muchos años después descubrí que los rollitos primavera estaban rellenos de col y zanahoria y otros ingredientes misteriosos. Me sorprendió mucho que la col pudiera tener ese sabor y entonces tuve que aceptar que las verduras no eran tan desagradables como pensaba.

 

Hace algunos meses, buscando el complemento ideal para una cena, me topé con una receta para preparar coles de Bruselas. Ya las había comido en alguna ocasión y recordé que al horno adquirían un sabor muy interesante. Son una versión miniatura de la col verde, tienen un sabor muy similar, ligeramente más fuerte pero el tamaño es perfecto para acompañar carne o pollo. Las había visto en el súper, entonces no sería difícil encontrarlas y los demás ingredientes eran aceite de oliva, vinagre balsámico y miel de abeja.

 

Para preparar 350 gr. de coles de bruselas primero hay que lavarlas bien, remover las hojas exteriores y enjuagarlas con agua, para después cortarlas por la mitad y volver a enjuagar. En lo personal me gusta desinfectar los vegetales de este tipo, pero si consigues alguna versión que venga lista para servir puedes evitar este paso. Hay que precalentar el horno a 200ºC. Una vez que las coles estén desinfectadas y secas, se trasladan a un recipiente para hornear. Se bañan con aceite de oliva (de una a dos cucharadas aprox.), sal y pimienta al gusto y se revuelven hasta que todas estén bien cubiertas.

 

Se hornean alrededor de 30 a 40 minutos hasta que empiecen a adquirir un color oscuro. Esos pedazos doraditos son los que le dan el mayor sabor. Mientras están en el horno, en un bowl pequeño mezcla una cucharada de aceite de oliva, una cucharada de vinagre balsámico y media cucharada de miel de abeja. Bate los ingredientes hasta que se incorporen bien, uno o dos minutos. Retira las coles de bruselas del horno y agrega la mezcla de vinagre balsámico.

 

Puedes decorar con almendras picadas o en láminas y tu platillo está listo para servirse. Puedes también intentar cocinarlas en el asador, envueltas en papel aluminio y agregar una opción diferente para complementar tus reuniones familiares.

 

Nos vemos la próxima semana,

 

Anais 🙂

 

Coles de Bruselas ingredientes

 

Ingredientes

350 gr. coles de Bruselas
3 cdas. de aceite de oliva
1 cda. de vinagre balsámico
1/2 cda. de miel de abeja
Sal y pimienta
Almendras para decorar

Las opiniones que aparecen en esta columna son responsabilidad del autor y no necesariamente las de este medio".
El camote puede volverse tu nueva botana favorita.
21 de Abril del 2017

VI. Camote y Canela

Un ingrediente algo pasado de moda pero que, dada la oportunidad, podría convertirse en tu favorito.
Redacción por: Anais Quintanilla
Fotografía por:

Algunos ingredientes llegan a tu vida inesperadamente, y a veces te resistes un rato antes de probarlos. Pero conforme pasa el tiempo, de una forma u otra, encuentran el camino hacia tu corazón. Para mí los camotes han tenido ese efecto de favorito inesperado y recientemente se han convertido en un elemento obligado cuando preparo alguna cena especial.

 

Creo que los camotes no siempre fueron tan poco populares. Recuerdo estar en la cocina de mi abuelita y escuchar el sonido peculiar del señor que pasaba vendiendo camotes asados y a mi mamá sintiendo un poco de nostalgia por ese postre. La verdad es que el camote asado se siente como un platillo de otra época y en lo personal nunca fue uno de mis favoritos. Las papas siempre han tenido más protagonismo, su sabor cremoso y neutro es perfecto para acompañar casi cualquier platillo y el camote, aunque tiene una textura muy similar, queda en el limbo por su sabor un poco más dulce.

 

Recuerdo haber probado, en alguna ocasión, “papas fritas” de camote y también el camote asado pero honestamente ninguna de esas versiones causó un gran impacto en mi paladar, o tal vez no estaba lista para su sabor. Mi predilección por este ingrediente es más reciente y se debe más bien a mi curiosidad por probar sabores diferentes y experimentar un poco con otras técnicas para preparar unas buenas papas.

 

Mi versión favorita para prepararlo es en rodajas aplastadas y con un poco de canela. El método tal vez suena un poco extraño pero el resultado es muy bueno, como un mini puré con una costra doradita. El primer paso es tener algunas piezas de camote. Usualmente prefiero el de cáscara café y que por dentro es naranja, el cual hay que lavarlo bien y cortarlo en rodajas de 1 cm aproximadamente, con todo y piel. Una vez que tienes las piezas cortadas hay que ponerlas a hervir unos 6-8 minutos. Hay que tener cuidado de no pasarse de tiempo porque al dejar los camotes hirviendo demasiado se vuelven muy suaves y se deshacen. El objetivo es que queden suaves pero sin que se les caiga la piel.

 

El siguiente paso es pasar las rodajas a una tabla para cortar o a un plato y una por una aplastarlas ligeramente. Lo puedes hacer con un palote o una cuchara ancha, pero ten cuidado de no hacerlo con la mano después de sacarlos del agua hirviendo porque las piezas están muy calientes. No es necesario aplastarlos demasiado, un ligero empujoncito es suficiente. En un mortero puedes moler un poco de orégano y canela en polvo. Después, en una sartén extendida, hay que calentar una cucharada de mantequilla con aceite de oliva para freír las rebanadas de camote. Se deben sazonar con el orégano y la canela y un poco de sal. Deja freír unos 2-3 min por cada lado, hasta que la cáscara del camote quede bien dorada.

 

Estas rebanadas son perfectas para acompañar casi cualquier platillo o simplemente comerlas solas como snack de media noche. Si sientes que estas un poco cansado de solo comer papas te recomiendo que le des una oportunidad a este ingrediente y probablemente se convertirá en tu nuevo favorito inesperado.

 

¡Saludos!

 

Anais

 

El camote puede volverse tu nueva botana favorita. Conoce la receta.

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Lax Don es un delicioso platillo japonés
14 de Abril del 2017

V. Lax Don

Cuando lo probé me di cuenta de que todo lo que sabía sobre comida japonesa estaba equivocado.
Redacción por: Anais Quintanilla
Fotografía por:

Había estado caminando todo el día viendo museos y obras de arte. No me molesta en lo absoluto caminar pero soy de esas personas que sin comida no funcionan o, más bien, se trastornan. Mis compañeras lo empezaban a notar y la verdad es que ya eran las tres o cuatro, ¿cinco? ¿Cuánto mas faltaba para la siguiente comida? Horas, días tal vez… Decidimos tomar un descanso y buscar un restaurante. Nuestro profesor conocía bien la zona ¡gracias a Dios! de lo contrario nos hubiera tomado años enteros escoger el lugar, buscar cómo llegar, transportarnos, ordenar… tiempo incalculable de espera.

 

El tiempo pasaba, mi hambre no concedía tregua y mi cara comenzaba a reflejar todas las complejas emociones que sentía en ese momento. Al menos teníamos un destino fijo. Llegamos a un pequeño lugar que parecía un bar de sushi: una barra larga de madera  y unas cuantas mesas. Se veía como un auténtico restaurante japonés. Al entrar mi cara no podía disimular más el disgusto. Era primavera pero todavía hacía frío y la verdad yo solo tenía ganas de comer algo caliente. El sushi se veía muy bien pero no era el momento indicado para una comida fresca.

 

Pregunté en el mostrador si había algun platillo caliente, aunque no tenía muchas esperanzas. La verdad no entendía nada y en mi estado de inanición hubiera sido imposible comprender cualquier cosa. Afortunadamente el menú tenía fotos y podías ver exactamente lo que te iban a servir. La chica apuntó hacia arriba: “Lax don”, dijo animada. Salmón y arroz, pensé. Se veía bien. Un platillo sencillo y sin complejidades. “El salmón está cocinado”, agregó. Lax don, pues, y una sopa miso. Al menos la sopa estaría caliente y nos la servirían rápido.

 

Nos sentamos en una esquina. Cuatro personas en esa mesa se sentía un poco justo pero nos acomodamos como quiera. Nos servimos té (que sí estaba calientito) y esperamos la llegada del miso. Conversamos un poco, distraídamente. Mis expectativas eran inciertas, aunque David nos aseguró que el lugar era excelente, la verdad era que yo no pensaba en más que comida. “Cuatro sopas miso” dijo la chica mientras ponía cuatro tazoncitos sobre la mesa. Olía muy bien. ¡Al fin, comida! Lo que siguió fue una grata sorpresa pues la sopa estaba deliciosa. Solo tenía cebollín y unos cuantos cuadritos de tofu suave. El sabor era ligero y cálido, un preámbulo perfecto para el plato fuerte que estaba por llegar.

 

Otro chico nos trajo los platillos en tazones hondos de cerámica tradicional japonesa. La presentación era increíble. El salmón estaba cubierto con una ligera salsa oscura y debajo una cama de arroz blanco. Se veía hermoso y no sólo lucía bien, al probarlo me di cuenta de que todo lo que sabía sobre comida japonesa estaba equivocado. Es difícil describir la perfección de ese plato, el balance perfecto de los ingredientes: la salsa, el salmón, el arroz y unos pedacitos de cebollin asado. En ese momento comprendí algunas cosas sobre la comida en general y sobre la tradición del minimalismo japonés en particular. La meticulosidad de preparar algo tan sencillo de forma perfecta es una habilidad que solo los japoneses pueden convertir en una forma de arte.

 

Algunos años después, ya de regreso en la Sultana del Norte, cometí el error de comprar una salsa de ostión en lugar de salsa de soya. No me percaté hasta llegar a casa y al abrir la botella supe que me había equivocado sutilmente. La probé, sin tener muchas expectativas, honestamente no esperaba nada en particular, pero el sabor me resultó familiar, lo recordaba de algún lugar. Salmón, arroz, pensé. El lax don regresó a mi memoria inmediatamente.

 

Como de costumbre decidí experimentar y tratar de recrear la salsa. Compré unos pedazos de salmón con piel y una bolsa de arroz para sushi. Ya en casa mezclé media taza de la salsa de ostión, dos cucharadas de salsa de soya, una de aceite de ajonjolí y una cucharadita de miel de maple. Puse la salsa a calentar, a que hirviera unos minutos y retiré del fuego. En una sartén caliente puse un poco de aceite y freí las piezas de salmón sobre la piel y tapé. Dejé cocinar unos 4-5 min hasta que estuviera bien cocido. El secreto para obtener un salmón perfecto es freírlo directamente sobre la piel y tapar, dejarlo unos cuantos minutos hasta que se despegue de la sartén sin esfuerzo. De esta forma obtendrás una textura perfecta y cocción uniforme.

 

Preparé una taza de arroz para sushi y serví un poco en un tazón hondo: una cama de arroz con una pieza de salmón encima, tres piezas de cebollín asado todo cubierto con una buena capa de la salsa oscura. Desafortunadamente no tengo ningún plato de cerámica tradicional japonesa pero por lo menos tengo un par bonito de palillos chinos. El resultado fue excelente. La salsa estaba ligeramente dulce y el sabor era perfecto, una recreación fabulosa y acertada del lax don.

 

Para esta receta mi recomendación es jugar un poco con las proporciones de la salsa. Si la quieres un poco más ácida agrega más salsa de soya, o si te gusta un poco más dulce agrega un poco más de miel de maple. Juega con los ingredientes y encuentra tu balance perfecto.

 

¡Sayonara!

 

Anais

 

Lax Don es un rico platillo japonés con una lista básica de ingredientes.

 

Ingredientes:

2 piezas de salmón con piel

3 Tallos de cebollín en pedazos

2 tazas de arroz para sushi ya preparado

 

Para la salsa:

1/2 Taza de salsa de ostión

2 Cucharadas de Salsa de Soya

1 Cda. de Aceite de ajonjolí

1 Cdita. de Miel de maple

Las opiniones que aparecen en esta columna son responsabilidad del autor y no necesariamente las de este medio".
Bolognesa en Nostalgias
06 de Abril del 2017

IV. Bolognesa

En Estocolmo la lasaña se convirtió en mi platillo favorito de los viernes por la tarde.
Redacción por: Anais Quintanilla
Fotografía por:

Una de mis recetas favoritas y que he ido perfeccionando a través de los años es la salsa boloñesa. Para la primera lasaña que preparé, hace ya bastante tiempo, utilicé alguna salsa embotellada, de esas que venden en el súper en botella de vidrio. Solía ser mi preferida (para hacer lasaña), y la verdad es que no voy a juzgar a nadie que las utilice con frecuencia, son demasiado prácticas para cuando no tienes tiempo ni de respirar y te tienes que alimentar.

 

A mí, en lo personal, me dejaron de gustar en algún punto. El sabor me parecía demasiado plástico. No sé en que momento me convertí en una esnob de la salsa de tomate, pero creo que después de probar tantas salsas enlatadas que sabían a lo mismo simplemente me hartaron. Mi salsa de tomate favorita siempre ha sido la que prepara mi abuelita para su espagueti rojo, a la cual solo le pone tomate fresco, cebolla y ajo. Las abuelitas tienen esa sabiduría de la cocina que viene de tantos años de experiencia y nunca les falla. Ingredientes básicos y frescos, ese es todo el secreto.

 

Creo que fue cuando estuve estudiando fuera que empecé a preparar mi propia salsa de tomate para pastas. No entendía nada de lo que había en el súper, las diferencias de lenguaje al principio eran muy fuertes. Entonces recordé la sencilla forma de preparar salsa de tomate de mi abuela y decidí experimentar un poco. No tenía licuadora así que solo trataba de cortar el tomate muy finamente y lo dejaba cocinar un largo rato para que se deshiciera. El sabor siempre resultaba muy agradable. Así empecé a hacer salsas de tomate un poco más naturales.

 

Tiempo después, cuando estuve trabajando de Aupair en Estocolmo, la lasaña se convirtió en el platillo favorito de los viernes por la tarde. Mi receta básica para preparar la salsa había ido evolucionando, pero de alguna forma había encontrado el balance perfecto para un excelente sabor, con base en ingredientes naturales. Lo que me gusta de preparar esta salsa es que no importa si los tomates están ligeramente verdes o perfectamente maduros, siempre funciona bien y es excelente para acompañar espagueti, caneloni, lasaña, penne, etc.

 

Para preparar la salsa boloñesa me gusta empezar organizando todos los ingredientes necesarios. Es una receta que requiere tiempo: de 20 a 30 minutos de preparación de los ingredientes, una hora de cocción, paciencia y un poquito de amor por la salsa de tomate. Para empezar necesitamos cortar unos 12 tomates guaje en tiras (primero en rodajas y después en tiras) no es necesario que esté cortado muy finamente. Pica una cebolla blanca (grande) en cuadritos, muy finos y separa. Pica finamente 5 ajos grandes y separa. Usualmente utilizo carne para la salsa bolognesa pero si prefieres puedes agregar zanahoria y apio en su lugar. Se necesita medio kilo de pulpa molida con poca grasa (o rallar dos zanahorias grandes y media taza de apio picado). También necesitamos aceite de oliva, orégano seco, tomillo, una cajita de puré de tomate (250 gr.), sal y pimienta.

 

Una vez que tengo listos los ingredientes empiezo a preparar la salsa. Esta receta alcanza, aproximadamente, para dos litros y hay que cocinarla en una cazuela suficientemente grande. Suele suceder que empiezas el proceso en un recipiente muy pequeño y terminas en problemas porque te hace falta más espacio. Para empezar hay que calentar tres cucharadas de aceite de oliva a fuego alto. Una vez que el aceite esté burbujeando, agrega 3/4 de la cebolla picada y 3/4 del ajo picado.  Cuando la cebolla está transparente agrega todo el tomate cortado, deja calentar unos tres minutos y agrega una cucharadita de sal. Revuelve bien y agrega media taza de agua. Si no piensas utilizar carne para tu salsa es momento de agregar la zanahoria y apio. Hay que tapar el recipiente y dejar que el tomate comience a deshacerse, aproximadamente de 10 a 15 minutos. Mueve frecuentemente con una cuchara.

 

Mientras el tomate está hirviendo hay que cocinar la carne. Empieza por calentar una cucharada de aceite en una sartén extendida. Agrega el resto de la cebolla y el ajo y calienta unos dos minutos o hasta que la cebolla esté transparente. Después agrega la carne molida y deshaz con una cuchara, que quede mas o menos como picadillo. Agrega un poco de sal. En lo personal me gusta que la carne quede bastante fina, pero puedes dejar los trozos al gusto. Hay que cocinar la carne para que quede dorada, aproximadamente unos cinco minutos.

 

Cuando la carne esté lista es momento de agregarla a la salsa. Incorpora directamente mezclando con una cuchara. Agrega la cajita de puré de tomate. El toque especial y más importante de esta receta son las especias. Puedes mezclar media cucharadita de orégano y media cucharadita de tomillo en un mortero y molerlo hasta que quede un polvo fino. Agrega a la salsa junto con un poco de pimienta recién molida, o una pizca de pimienta en polvo. Si la salsa está demasiado espesa o se ve pastosa puedes agregar media taza de agua. Deja hervir 10-15 minutos. Es muy importante dejar que la salsa hierva suficiente tiempo para que se concentren los sabores. Esa es la parte mas importante de todo el proceso.

 

El resultado es una salsa con un sabor concentrado tanto del tomate como de las especias. Es excelente para acompañar un espagueti, sólo agrega un poco de parmesano rallado y tienes un delicioso platillo listo. También la puedes utilizar para lasaña o penne al gratin, cualquier tipo de pasta que se te antoje. Requiere tiempo y un poco de esfuerzo pero preparar esta salsa desde cero siempre me deja una satisfacción increíble que me gusta compartir con mi familia.

 

¡Nos vemos la próxima semana!

 

Anais

 

 

Ingredientes

– 12 tomates guaje

– 1 cebolla blanca grande

– 5 ajos grandes

– 500 – 600 gr. de pulpa negra molida o dos zanahorias grandes ralladas y media taza de apio picado

– 1 cajita de puré de tomate (250 gr.)

– Aceite de oliva

– 1/2 cdita. de oregano

– 1/2 cdita. de tomillo

– Sal

– Pimienta

Las opiniones que aparecen en esta columna son responsabilidad del autor y no necesariamente las de este medio".
30 de Marzo del 2017

III. French Toast

Esta opción es perfecta para un brunch de fin de semana, y nada mejor que prepararlo uno mismo.
Redacción por: Anais Quintanilla
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Siempre que se me antoja hacer brunch inmediatamente imagino una torre enorme de hotcakes acompañados de hashbrown y rebanadas de tocino. No puedo negar que el desayuno al estilo americano es uno de mis favoritos y me gusta prepararlo de vez en cuando en casa. La verdad es que no me gustan los restaurantes de desayunos, la idea siempre es buena en principio pero la comida siempre termina decepcionándome. Las papas no están lo suficientemente crujientes o no me gusta el sabor de los hotcakes  o la mermelada está muy líquida, o cualquier otro detalle se presenta y casi siempre termino arrepintiéndome de no haberlo preparado en casa yo misma.

 

Creo que hacer brunch es mi parte favorita del fin de semana, sobre todo los domingos que se antoja levantarse tarde y hacer un buen desayuno para después pasar la tarde haciendo casi nada y distraerse con cualquier cosa o empezar a ver una serie o tal vez ver 5 películas. Intentar salir de casa en domingo siempre me cuesta trabajo, he de confesar, por eso me gusta iniciar el día con un buen brunch y después preocuparme por tomar decisiones importantes como ir al cine o no, o salir a andar en bici, o no.

 

Uno de mis desayunos favoritos, cuando me siento elegante pero sin muchas ganas de trabajar, es el french toast. Es una receta muy sencilla pero siempre que lo preparo me hace sentir que estoy comiendo hotcakes, sin la necesidad de preparar la masa, ensuciar un millón de trastes ni sacar la batidora o la plancha de acero. El french toast es más sencillo, es un “pan tostado” con una ligera capa de huevo que va muy bien con miel o mermeladas.

 

Para preparar un buen french toast es importante tener un buen pan, en rebanadas gruesas. Puedes utilizar una barra artesanal o pan francés. El pan de caja normal también funciona bien. La verdad es que esta receta es muy versátil y la puedes adaptar a lo que tengas en casa o elevarla un poco y utilizar mejores ingredientes, tú decides.

 

Para preparar el capeado hay que batir un huevo con 3/4 de taza de leche, media cucharadita de canela en polvo, y un chorrito de vainilla. Puedes utilizar un recipiente extendido, no muy hondo donde puedas vaciar los ingredientes y tengas suficiente espacio para remojar el pan. Hay que batir la mezcla bien para que la canela se incorpore con el huevo, lo puedes hacer con un tenedor o unos palillos chinos.

 

Corta cuatro rebanadas gruesas de pan y sumerge una por una en la mezcla líquida. Asegúrate de sumergir bien ambos lados de la rebanada. En una sartén derrite un poco de mantequilla. No dejes las rebanadas remojando mucho tiempo, solo asegúrate de que hayan absorbido bien el huevo, por ambos lados, e inmediatamente colócalas en la sartén caliente. Déjalas que doren por ambos lados y ta dá, brunch casi listo.

 

Para tener un brunch ideal puedes acompañar con jugo de naranja y café, frutas como plátano, fresas, frambuesas o moras azules, yogurt griego con amaranto y mermelada, y por último el french toast. Disfruta preparando tu desayuno, saca tu taza más bonita y tu vajilla de cerámica fina, coloca algunas flores en un jarroncito y ¡disfruta del día más tranquilo de la semana!

 

😉

 

Anais

 

¡Ingredientes para un french toast y un brunch perfecto!

 

Ingredientes

1 recipiente hondo y extendido
1 huevo
3/4 de taza de leche
1/2 cdita. canela en polvo
1 cdita. vainilla
4 o 5 rebanadas de pan
Fruta al gusto para decorar
Mermelada al gusto

 

Ilustraciones: Anais Quintanilla

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23 de Marzo del 2017

II. Merengues

Este platillo es especial para mí. Fui niñera más de un año, y les encantaba el pavlova con fresas.
Redacción por: Anais Quintanilla
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El fin de semana anduve paseando por La Condesa. Para los que conocen la Ciudad de México sabrán que es el mejor lugar para encontrar cualquier tipo de comida nacional e internacional y satisfacer todo tipo de antojo. No andaba buscando nada en particular, acababa de comer unos buenos tacos y mis amigos se habían quedado con ganas de un postrecito. ¿Quién puede quedar satisfecho después de comer sin la parte esencial?

 

Caminamos un rato, disfrutando del día cálido bajo la sombra de los árboles altísimos. Un montón de jacarandas empezaban a dejar caer sus florecitas moradas y todas las calles estaban rociadas de pétalos. Se sentía como un buen día de primavera. Al llegar a una esquina nos topamos con una panadería, que me comentaron era excelente y me sugirieron probar las conchas. Todo se veía muy rico y estuve tentada a llevarme todos los panes del mostrador pero había que elegir. Me decidí por tres conchitas, un pastelito de manjar y un peine de hojaldre relleno de zarzamora y nueces. Todo estaba muy bueno.

 

Me gustó en particular el peine de zarzamora, el hojaldre estaba crujiente y la mermelada no demasiado dulce. Las conchitas también me gustaron, son mi pan favorito así que no había forma de equivocarse. Tenían un ligero sabor a pan del sur y me recordaron el de Veracruz, pan de horno de leña. El pastelito de manjar parecía un merengue, cubierto de azúcar glass. Los merengues son especiales para mí por que me recuerdan a Lukas y Linnea. Fui su niñera más de un año y les encantaba que les hiciera pavlova con fresas, tal vez por esa razón escogí ese pastelito.

 

La primera vez que Lisa, su mamá, me pidió hacer un pastel me sugirió esa receta: pavlova con fruta. Era justamente para la primera cena de pascua que celebraríamos juntos. Nunca lo había preparado antes pero sí había visto a mi mamá hacer betún con claras de huevo y pensé que no sería muy difícil hacer la base de merengue. Busqué una receta y encontré una que llevaba fruta de la pasión (maracuyá), se veía muy bien en la foto.

 

El día de la cena me levanté temprano para hacer el pastel. Hacer merengue no es complicado pero sí hay que seguir los pasos y batir bien para que la mezcla quede esponjosa. Comencé por batir las claras y agregar el azúcar pero por alguna razón el merengue quedó un poco aguado. Empecé a entrar en pánico, pero no había tiempo para componer mi error, tenía exactamente cuatro horas para terminar pues al medio día había que salir para llegar a la reunión con amigos. Continué batiendo y agregando azúcar hasta que alcancé una textura más o menos decente. Tenía recuerdos de mi mamá volteando el recipiente con el merengue para ver si estaba listo. Mi merengue se deslizaba despacio pero no hubiera sido posible voltearlo de cabeza por completo.

 

Decidí proseguir. Puse papel encerado en una charola y vacié la mezcla, se mantenía mas o menos en forma de montañita. Lo metí al horno mientras limpiaba la cocina y batía la crema. Después de media hora el merengue comenzó a esponjarse, sentí un poco de tranquilidad y alivio. Empezaba a parecerse al de la foto. Lo dejé una hora a 200ºC y después lo saqué para que se enfriara. Se veía hermoso, como un merengue gigante, crujiente por fuera y con pequeñas grietas alrededor. Lo dejé un rato enfriando y después vacié la crema batida encima, lo decoré con fruta de la pasión. Guardé el pastel en el refrigerador y fui a prepararme para la salida. Cuando los niños lo vieron se les iluminó la cara, pero habría que esperar varias horas para comerlo pues la cena empezaría hasta más tarde.

 

Finalmente llegó el ansiado momento del postre y se repartió el pastel. Yo estaba un poco nerviosa porque no sabía qué esperar pero tomé el pedazo que me sirvieron. Al probarlo me sorprendí, el merengue estaba crujiente por fuera y suave por dentro, como un bombón. La crema agregaba un poco de textura y la acidez de la fruta era perfecta. Los niños se lo comieron rapidísimo y pidieron una segunda porción y luego una tercera. Desafortunadamente el pastel no es infinito, y se terminó muy rápido. Todos los invitados lo disfrutaron y acordaron que había estado muy bueno, y yo más que nadie estaba feliz pues había resultado mejor de lo esperado. A partir de esa ocasión se convirtió en mi especialidad y en el pastel oficial para fiestas de cumpleaños y reuniones.

 

La pavlova se puede acompañar de cualquier fruta: fresas, moras azules, frambuesas, mango, granada o kiwi. Es el postre perfecto para la primavera pues es ligero y fresco, además prepararlo no es tan complicado y el resultado siempre es mejor de lo que esperas. Lo recomiendo ampliamente para los días cálidos de primavera y verano.

 

¡Feliz inicio de primavera!

 

Anais Quintanilla

 


 

· 4 claras de huevo
· 1 y 1/4 tazas de azúcar
· 1 cdta. vinagre blanco
· 2 cdtas. fécula de maíz

 

Decoración
250 ml. crema para batir
300 gr. fresas partidas a la mitad (fruta)

 

Instrucciones

· Agregar claras, y vinagre y batir hasta que esponjen. Agregar la fécula de maíz y el azúcar por partes y seguir batiendo hasta que se formen picos.
· Vaciar sobre una charola con papel para hornear formando un círculo. Hornear durante una hora a 200ºC.
· Sacar y dejar enfriar.
· Decorar la base de merengue con la crema batida y fruta.


Ilustraciones: Anais Quintanilla

Las opiniones que aparecen en esta columna son responsabilidad del autor y no necesariamente las de este medio".
15 de Marzo del 2017

Del corazón al plato

En este nuevo espacio, Anais enlaza recetas y anécdotas para recuperar los sabores del pasado.
Redacción por: Anais Quintanilla
Fotografía por:

I. Introducción

 

La primera impresión de un platillo empieza con la vista y se queda en la memoria. Después vienen los sabores a llenar el paladar y entonces la experiencia se convierte en algo memorable o en un desastre/tortura que solo termina hasta que decides ya no comer más.

 

No sé cuando nació mi amor por los sabores, creo que puedo rescatar algunas imágenes en la cocina de mi abuela o tal vez en la cocina de mi casa. No estoy muy segura, pues no fue a una corta edad. Tal vez todo comenzó cuando empecé a vivir sola en el extranjero y la comida se convirtió en compañía y convivencia. La verdad es que mi memoria siempre ha sido un desastre, por eso cuando algo permanece a lo largo de los años es porque fue realmente significativo y siempre que pruebo algo que me gusta trato de disfrutarlo y memorizarlo para después poder recrearlo en mi cocina y compartirlo con mi familia y amigos.

 

Recrear un platillo de la memoria puede ser difícil y frustrante. A veces la tarea es imposible porque no encuentras los ingredientes y te tienes que conformar con una recreación a medias, que mi lado perfeccionista siempre me termina reclamando. Entonces vuelvo a intentar cambiando una cosa por otra hasta que encuentro un sabor que me gusta. La verdad es que no tengo ninguna educación culinaria formal, solo he andado por la vida comiendo por aquí y por allá guardando en el recetario de mi cabeza detalles y combinaciones que me gustan.

 

Un día, hace uno o dos años, paseando por los pasillos de un supermercado en Monterrey me topé con la sección de productos internacionales. Inspeccionando meticulosamente el anaquel me di cuenta que tenían una buena variedad de tallarines secos, arroz para sushi, salsas y algunos currys. Me llamó en particular la atención un paquete de tallarines udon de estilo japonés e inmediatamente me acordé de la primera vez que los probé.

 

Xiaotian me había invitado a pasar un fin de semana en su departamento, era un día helado de primavera escandinava y las dos nos moríamos de frío. Decidimos ir a comprar provisiones a la tienda de productos orientales y me prometió prepararme una sopa sencilla pero que me iba a encantar, conoce a la perfección mi debilidad por la comida asiática. Preparó los tallarines hervidos y los sirvió en un tazón, agregó semillas de ajonjolí, dos cucharadas de salsa de soya y una cucharada de aceite de ajonjolí. Tal vez fue el frío de ese día, tal vez tenía demasiada hambre pero la combinación de esos pocos ingredientes me fascinaron. Decidí darle una oportunidad a estos tallarines que me encontré en el súper y me los llevé a casa, tenía el resto de los ingredientes en mi alacena así que decidí hacer una prueba.

 

Preparé los tallarines como sugería el empaque y agregué espinaca baby cortada en juliana, hirviendo por tres minutos. Vacié los tallarines en un tazón, agregué semillas de ajonjolí negro, dos cucharadas de salsa de soya y una de ajonjolí. Olía muy bien y me recordó a un pequeño restaurante japonés, iba por buen camino. Al probar la sopa el sabor fue bastante bueno, suficiente para repetir la experiencia. Desde entonces y cuando se me antoja ese sabor en particular preparo esta sopa, es muy sencilla y rápida y los ingredientes se consiguen fácilmente en algunos supermercados de la ciudad. Si tienes interés por la comida asiática y en particular la japonesa te recomiendo preparar esta sencilla sopa con tallarines udon, es sorprendentemente llenadora y satisfactoria para días fríos.

 

Por el momento me despido, pero les doy la bienvenida a este espacio que estará lleno de sugerencias para la cocina y anécdotas nostálgicas. Espero disfruten de este viaje a través de mi memoria.

 

✌️️

 

Anais Quintanilla

 

 

Ingredientes

Un paquete de tallarines udon sabor oriental

100 gr de espinaca baby cortada en juliana

2 cdas de salsa de soya

1 cda de aceite de ajonjolí

Semillas de ajonjolí negro al gusto

Las opiniones que aparecen en esta columna son responsabilidad del autor y no necesariamente las de este medio".
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    Cena
    Urbano
    Taquería Orinoco
    La salsa blanca, la salsa animal y las costras del lugar no se encuentran en cualquier taquería.
    Cena
    Casual
    La Félix
    Botanas, postres y platillos de calidad. Prueba el guacamole, la lasaña mexicana y el postre de tres leches.
    Comida
    Casual
    Los Falafels
    Comidas árabes y vegetarianas, cocina lenta pero saludable. Recomendamos el falafel pita con papas.