06 de octubre del 2017

De visita por San Diego, parte II

Comida internacional, parques, yoga y novelas mexicanas.
Redacción por: Ana Lorena Amaya
Fotografía por:

 

Amanecimos el sábado en San Diego, ese día no hubo tanto ajetreo. Por la mañana desayunamos en casa y más tarde salimos a turistear un poco. Si algo abunda allá, son los pequeños parques y jardines que hay por toda la orilla del mar. Esta vez fuimos a Encinitas y entramos a un jardín de meditación de la tal Self Realization Fellowship. No porque seamos hipsters y le hagamos a eso de la meditada, sino para ver los paisajes y porque el nombre sonaba muy del Señor de los Anillos.

 

 

 

La ventaja es que este tipo de parques son paseos muy cortos. Así que puedes hacer muchas cosas Gringo Style, llegas en carro, te bajas, caminas 500 metros, tomas la foto disfrutas unos 20 minutos y estás listo para hacer algo más. No me puedo quejar, fue muy cómodo.

 

Como todavía teníamos pila aprovechamos para ir a caminar por el barrio. Aparentemente esta es la parte hippie fresa de San Diego: yoga por todos lados, templos de meditación, y en las calles no sólo hay agua para los perritos peregrinos sino también galletas para que no sufran de hambre durante el paseo.

 

 

Regresamos a comer un poco a un restaurante de pescado. Queríamos guardar el hambre verdadera para el barbeque al que nos invitaron de colados, organizado por los amigos de Mayra y José.

 

Muchas culturas se juntaron. Aunque la mayoría eran españoles, había por ahí algunos belgas, portugueses y un par de eslovenas. Muchas papas y camotes acapararon el asador. Algo de cuscús, pork belly, pollo y mucho pan. Todo estuvo riquísimo, cada quien preparó un poco de lo que se acostumbra en casa. Me sorprendió la cantidad de cosas diferentes que se pueden hacer en un asador y que nunca se me hubieran ocurrido. Lo que sí no cambia es que todo se hace junto a una hielera llena de cervezas. Les debo las fotos porque no había luz suficiente.

 

Al pasar la noche platicamos con una de las chicas de Eslovenia de lo mucho que sentía pena porque su país había aportado a Estados Unidos una primera dama (Melania) sin mucho qué aplaudir y de ahí pasamos a temas más relevantes como su fluidez para decir ciertas frases en español, por ejemplo: “No puedes dejarme, estoy embarazada”. Resulta ser que las novelas mexicanas son todo un éxito por allá. Al ser un país de dos millones de habitantes con un lenguaje propio, no pueden compartir mucho cine o televisión en su idioma con otras culturas. Así que las novelas fueron aceptadas sin problema, en español y con subtítulos.

 

De las más famosas, Mía Colluchi de “RBD”, pero nadie como Leticia Calderón, a.k.a. Esmeralda, que compartía escenario con el galanazo noventero, Fernando Colunga. Durante la transmisión Leticia fue invitada a visitar el país, esto fue en el 2011. La recibieron con lágrimas y flores en el aeropuerto, un gentío se juntó para conocerla. Si no me creen, pueden verlo con sus propios ojos:

 

 

La verdad es que yo no recordaba ni quién era Leticia Calderón, así que tuve que preguntarle al señor Google. Increíble fue mi sorpresa al darme cuenta que Esmeralda siempre vestía de verde, pues porque Esmeralada. Una excelente ejecución de personaje, muy a la Televisa.

 

 

 

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01 de octubre del 2017

De visita por San Diego

Cerveza, perritos y hamburguesas.
Redacción por: Ana Lorena Amaya
Fotografía por:

Fotos Ana Lorena Amaya

 

Mayra y José viven en San Diego. Como nadie es tan increíble como nosotros los regios, a Mayra y José les gusta recibirnos relativamente seguido a invadir su casa, a hacer mucho ruido, mucho mugrero, comernos su comida y tomarnos su café.

 

Hace poco sólo había vuelos directos a Tijuana de Volaris, pero ahora Vivaerobus y Aeromexico también lo tienen, así que la visita por la “Baja” se ha hecho mucho más accesible en los últimos meses. Por si fuera poco, también puedes cruzar directo desde el aeropuerto así que te ahorras también taxis y filas del cruce en la garita.

 

No podemos vernos tan seguido, entonces desde que ponemos un pie en la ciudad la urgencia por ir por unas cheves se siente álgidamente. Salimos del aeropuerto corriendo en busca de una cervercería donde ponernos al corriente de todas las que nos debíamos, al fin y al cabo estábamos en la cuna cervecera de Estados Unidos.

 

 

Fuimos a una zona donde parece haber puras naves industriales. Resulta que allá las cervecerías tienen venta al público directo en sus fábricas. La primer parada fue en Societe Brewing Company. Es prácticamente una bodega con mesas grandes donde puedes sentarte con tus amigos y uno que otro desconocido. Por todos lados encuentras juegos de mesa y lo más increíble, muchos perritos acostados bajo la mesa mientras sus dueños beben y conviven.

 

 

No hay servicio de cocina, pero afuera hay un foodtruck de comida hindú. Todavía no estábamos listos para cenar así que no la probamos. Cervezas hay de todas y en diferentes tamaños. La pinta en siete dólares, pero tenían algunos especiales a cinco. Todas bien servidas y frescas. Tienen cuatro líneas de cervezas que van desde las más lupulosas hasta las más suaves, pasando por stouts. Yo probé la Publican, APA y la Harlot una belga clara.

 

 

De ahí nos fuimos a AleSmith que era mucho más grande que la anterior. Aquí sí que la oferta es muy, muy grande, realmente había muchas cervezas que no sé ni qué tipo eran. Venta de vasos y merchandising de la marca y mucha gente conbebiendo. Perritos también, obviamente, como en todos lados en San Diego. Algunos viven mucho mejor que yo, sin duda.

 

Pedí ya no me acuerdo ni cuál y luego pedí otras que recuerdo menos. Entre esas pedimos un sampler.

 

 

Algo que me pareció terriblemente ridículo en este lugar fue que estando a 18 grados tenían calentadores afuera. La gente andaba en chanclas y shorts. Es una de las exageraciones más grandes que recuerdo haber visto en la vida, no tenía absolutamente ningún sentido. En fin.

 

Si algún error tuve esa noche, fue no revisar los grados de alcohol que tenía cada cerveza que tomaba. Ya para las 11:00 pm andaba hasta las chanclas. De ahí nos movimos a cenar a otro lado, hamburguesas obviamente.

 

Llegamos por fin a casa de Mayra y José a beber mucho agua. Nos quedamos platicando un ratote en la cocina, como cuando éramos chavos y para la una y media ya estábamos roncando, preparándonos para el siguiente día. La próxima semana les contaré que más nos encontramos por allá.

 

 

 

 

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22 de septiembre del 2017

#RutaMaridaje

Nos vemos en un restaurante, comemos, bebemos y luego un camioncito se encarga del traslado.
Redacción por: Ana Lorena Amaya
Fotografía por:

¿Quién no ha oído hablar de la famosa ruta del vino en Ensenada? Desgraciadamente estamos muy lejos de los paradisíacos escenarios que la “Baja” tiene para este propósito. Sin embargo alguien tuvo la grandiosa idea de hacer una adaptación de esta dinámica en nuestra ciudad.

 

La ruta de los borrachos, digo la Ruta Maridaje, es organizada por un godín/sommelier que solía trabajar para una famosa bodega vinícola en Parras. La necesidad que comparte con todos nosotros por perseguir la chuleta diaria lo ha hecho tener que dejarse caer sobre el sistema para trabajar todos los días en una oficina. Sin embargo, este paladín de la borrachera y la comida vive con la constante necesidad de sacar su espíritu libre que descansa a diario debajo de una camisa y una corbata.

 

 

Es por eso que Gil Vega una vez al mes se da a la tarea de buscar a chefs, restauranteros y bodegas vinícolas locales, para crear esta hermosa ruta donde la comida y el vino se reúnen en perfecta comunión para deleitar a sus asistentes.

 

La dinámica es la siguiente: nos vemos todos en un restaurante, comemos, bebemos, y como aquí todos somos muy responsables, un camioncito se encarga de trasladarnos de un lugar a otro para cambiar de estilos y sabores varias veces en la noche.

 

En esta ocasión nos vimos en El Agasajo de la Plaza Sienna en Fundadores. Para mí fue muy difícil tratar de comer mariscos con algo que no sea una cerveza, con clamato o en michelada, pero siempre una cerveza. Abrimos con unos montaditos de atún y tacos de pulpo en tortilla de maíz con huitlacoche, acompañado de los deliciosos vinos blancos de Viña los Vascos. Después del choque cultural que tuve, debo confesar que me gustó cómo se juntan en la lengua el sabor a minerales y la ligera efervescencia con la acidez del limón que acompañaba los platillos que sirvieron.

 

 

De ahí nos transportamos al Modenese de Plaza Lúa. Nos presentaron al chef Luca, quien nos recibió más que alegre y nos contó un poco de su historia. Modenese recibe su nombre porque el chef es de la ciudad de Módena, Italia. Llegó a México, no solo, sino con nada más y nada menos que su mamá, quien hace toda la pasta que se consume en el lugar. Así que ten por seguro que cada que comas ahí, la pasta está recién hechecita por las angelicales manos de la “abuela Modenesa”.

 

 

Empezamos bien. Primero probamos la lasaña, acompañada de un vinito Crianza de la Bodega Beronia. Lo que dijo el chef, “No es nada más que la típica lasaña de Modena. Así que si no les gusta ésta, realmente no les gusta la lasaña”. Y pues, sí me gustó. Me gustó mucho.

 

De ahí la reserva de Beronia. Es cuando te das cuenta que aunque no sepas nada de vinos, los buenos vinos sí saben más ricos. Lo acompañamos con tortelloni rellenos de queso ricota. Creo que hasta ese momento empecé a entender realmente lo que es el maridaje. El sabor fuerte del queso se mezcla divinamente con el sabor a madera y especias del vino. Es una fiesta en tu boca. Todo estuvo delicioso.

 

Pero esto todavía no acaba. Camión otra vez y nos vamos a La Escondida, donde sacaron la Gran Reserva de Beronia. Lo acompañaron con un filete con salsa de pimienta y salsa de frambuesa. No tengo nada qué decir, la salsa estaba increíble, el puré de papá estaba increíble, la mezcla con la carne fue genial y el vino nomás no tenía madre.

 

 

Finalmente, el postre. Flan de coco tostado con nieve de vainilla y Dalmore 12 años. Aunque no soy muy fan de los whiskeys y del bourbon, lo probé. Lo interesante es que explican cómo tomarlo para poder disfrutar. Primero un pequeño sorbito, lo pasas por toda tu boca, para que se vaya acostumbrando al sabor, después ahora sí el trago de verdad. Así como el tequila con limón, le das un sorbito y luego comes un poco de postre. Le batallé, pero lo logré.

 

 

Mi conclusión es que hay que agradecer a personas como Gilberto que cada día se ponen más creativas y se entregan a su pasión por crear experiencias completas y diferentes para disfrutar nuestra ciudad. Búsquenlo en Facebook como Ruta Maridaje. No es la manera más barata de pasar un martes, pero todo el aprendizaje, la experiencia de conocer nuevas personas, nuevas comidas, nuevas bebidas, realmente vale la pena.

 

 

Fotos cortesía #RutaMaridaje

 

 

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15 de septiembre del 2017

El Tío Enrique

Crónicas de un Tex-Mex, segunda parte
Redacción por: Ana Lorena Amaya
Fotografía por:

Fotos cortesía del tío Enrique y Google

 

La semana pasada empecé a contarles la historia del tío Enrique.

 

Total, nos quedamos en que el tío buscaba cómo lidiar con el crudo invierno que lo recibió en Minnesota en el ‘79. Además de usar los “efectos especiales” para ir a ver pasar los aviones sobre su cabeza recostado en el cofre del coche, él y sus amigos aprovecharon que ese año se estrenó en el cine “Apocalypse Now”. Unos cuantos toquecitos en el estacionamiento hicieron que repitieran la función unas siete u ocho veces. Sus nuevos amigos se iban haciendo cada vez más sus cómplices y hermanos.

 

Por esas fechas Eagles se presenta en la ciudad. Su buen amigo John andaba quedando bien con una muchachona que justo antes del concierto lo mandó a volar, así que el tío no tuvo más remedio que hacerle el “paro” a su homie y acompañarlo al concierto donde los vi a ocho metros de distancia.

 

– De ahí regresamos aún más en el tiempo. Parecería que la cronología en su cabeza es dispersa, pero no. Recuerda exactamente en que año sucedió cada cosa. –

 

Su primer concierto fue América en la feria de Minnesota, cuando fue a visitar a Nancy por primera vez. Como buen mexicano en tierra de nadie, se puso a juntar, uno encima de otro, todos los vasos de las cervezas que había tomado. Al final del concierto tenía una torre de 100. Dicen que uno que otro lo recogió del suelo.

 

 

A Prince lo vió a 2 metros de distancia en el ’77, en un bar del centro llamado Boyds on the River. A Bob Dylan en el 400 Bar junto a la universidad, en el enigmático barrio Dinkytown. Ninguno de los dos era famoso todavía. Fue hasta 1980 que ambos saltaron a las grandes ligas de la música.

 

 

En fin, otra vez de regreso a donde estábamos, de ser el único mesero y empleado mexicano, en 1981 el tío se convirtió en entrenador oficial de Chi-Chi’s que empezó a expandir sus horizontes abriendo franquicias por todos lados. Lo mandaron a abrir uno en Dallas, otro en Luisiana y uno más en Baton Rouge. De ahí a Indiana, donde por primera vez fue a ver las 500 millas de Indianápolis. Kansas City y Oklahoma también estuvieron en la agenda.

 

En 1981 regresó a Monterrey por su sweetheart de la juventud, a quien a pesar de tanta locura nunca pudo olvidar. Se casaron y siguieron sembrando la semilla del imperio Chi-Chi’s por todos USA.

 

 

Por esas fechas se asoció con su cuñado y su hermana para poner un restaurante en Colorado, Don Vegas. Sí, sin “r”. No les fue tan bien, así que no le duró mucho el chistecito. Siguió por un rato siendo un godín restaurantero. Le ofrecieron trabajo en otros lugares en California y de alguna manera terminó trabajando para Red Lobster.

 

De a buenas que se salió a tiempo, porque desgraciadamente para Mcgee, el imperio de Chi-Chi’s se desmoronó en el 2004, después de que 660 personas se contagiaran de hepatitis por consumir cebollas contaminadas en un sus restaurantes. Ese mismo año cerraron 65 de sus sucursales en USA, aunque sigue operando hasta el día de hoy en China, Bélgica, Luxemburgo, Emiratos Árabes Unidos, Kuwait e Indonesia. Hasta eso no le fue tan mal.

 

 

Finalmente el tío se estableció en Dallas, donde logró consolidarse con su nuevo restaurante, Enrique’s Place. Ese le duró 20 años.

 

– Listos los frijoles, lista la carne. ¡A cenar!. Como él pidió, suena “Dark Side of the Moon”. ¡Que le subas, Luis, no seas así! Ahora sí, nadie habla hasta que se acabó casi todo. –

 

La historia de Enrique’s Place me la tendrá que contar en otra ocasión, porque entre tanta cerveza y tanta comida, ya se le acabó la plática y yo ya no le entiendo a mis apuntes.

 

-Pues como yo siempre digo, el cocinero nunca limpia.-

 

Saca un palillo de su cartera, porque si algo tiene que tener alguien en la cartera son palillos. Abre otra cheve con una cuchara y se sienta a disfrutar de la noche. Voltea y me dice “Que chingona música, ¿no?”.

 

 

 

 

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08 de septiembre del 2017

El tío Enrique, crónicas de un tex-mex

Anécdotas, carnita asada y los legendarios frijoles a la charra.
Redacción por: Ana Lorena Amaya
Fotografía por:

 

Esta semana me tocó aprovechar la visita de Enrique Ezequiel, Pilocho, el tío de mi amigo Toño y tío de todos. Vive en Dallas desde los ochentas, es regio aunque nació en Durango. Es mi chavo ruco favorito y la muestra perfecta de que, si realmente lo intentamos, nosotros vamos a rockear por siempre, forever, forever, forever.

 

Como somos regios, a pesar del tormentón del miércoles, nos aventamos una carnita asada. Mientras el tío hacía sus legendarios frijoles a la charra (abajo les dejo la receta) aproveché para que me contará la historia de cómo se convirtió en el viejillo restaurantero tex-mex que es ahora.

 

 

 

Abrió diciendo, “¡Primero una cerveza!”. La historia empieza así: resulta que un día se fue a bailar al centro y conoció a una gringa de Minnesota, Nancy Glass. Después de mover el bote por varias horas, fue a dejarla a su hotel y se fue a dormir a casa. Al día siguiente ella regresaba a EUA por tierra. Al despertar, el tío se dio cuenta que ella había dejado su bolsa en su coche, con pasaporte y todo.

 

Se arrancó de volada a Laredo hasta que la alcanzó en medio de la carretera. Nancy había dado sus documentos por perdidos así que supongo la entrega habrá sido muy feliz para ella. Ahí empezó su amistad y así fue como conoció su próximo destino para vivir.

 

 

– Mientras la historia se desarrolla, el tío empieza a dorar tocino con cebolla. “¿Dónde se prende el triturador?”. “¡Esto es México, tío! Ten el bote de basura”. –

 

Llegó a Minnesota en el 79 a “estudiar inglés”. Después de un mes decide dejar la escuela para meterse a trabajar de mesero a un nuevo restaurante mexicano, Chi-chi’s, en Richfield, un suburbio de Minneapolis. El dueño del lugar resultó ser nada más y nada menos que el ex jugador de los Green Bay Packers, Max Mcgee, conocido por sus siete recepciones de 138 yardas y dos touchdowns en el primer Super Bowl jugado en la historia, en 1967.

 

Al principio, Mcgee no sabía quién era Enrique, pero un día lo encontró en la cocina dorando puerco para hacer carnita en salsa verde. Lo probó y así es como el tío acabó cotorreándose con los ex jugadores de la NFL: Tommy Kramer (quarterback de los Vikingos), Ahmad Rashad (receptor de Cardenales y Vikingos) y Chuck Foreman (corredor de los Vikingos). Nada mal para ser su primer año de aventuras.

 

Como podrán imaginar, el tío habla hasta por los codos. No importa a dónde vayamos con él, siempre se hace amigo de los meseros, del dueño, del chef y de los comensales de la mesa de al lado. Supongo que esa cualidad fue la que lo llevó de ser mesero de dos mesas, a meserear un área completa de siete. De ahí se fue a meter a la cocina y más adelante hasta donde se le dio la gana.

 

– Ya huele a frijoles, suena Bob Dylan en el fondo. De alguna manera pasamos a que George Harrison es su Beatle favorito y pide que durante la cena le pongan “Dark side of the moon”, su disco favorito. La cerveza se empieza a mezclar con traguitos de mezcal. –

 

La música lo hace recordar. Conoció el pasto de Luzbel. Acostumbraban irse a tirar en el cofre del coche cerca del aeropuerto. Según dice, “a la ‘Wayne’s World’”. Escuchando a los Alman Brothers con su 8 track. Cuenta que era “un loquerón fantástico”.

 

 

Aprovechaban el invierno para irse a la montaña a caballo a ver la nieve. Durante la nevada el cielo se aclaraba y podían ver las estrellas resplandecientes. Me han contado que bajo los efectos psicotrópicos del THC todo se ve más lindo. Me han contado, no sabría decirles, pero me puedo imaginar. Ese fue el invierno más crudo que habría hace 80 años. Menos 40 grados le tocó sobrevivir al tío. Supongo que a esa temperatura uno siempre necesita una ayudita.

 

Continuará…

 

Por lo pronto les dejo la receta de los frijoles legendarios. Uno diría, ¿qué tan diferentes o increíbles pueden ser unos frijoles de lata?. Créanme, son increíbles.

 

 

FRIJOLES LEGENDARIOS DEL TIO ENRIQUE

 

INGREDIENTES
1         Paquete de tocino
½        Cebolla
3         Latas de medio litro de frijoles en bola
1         Litro de agua
1         Paquete chico de puré de tomate
2         Cuadritos de Knorr de tomate
½       Cerveza
2         Tomates guaje en cuadritos
1         Manojo de cilantro muy bien picado
2         Limones
2         Paquetes de arroz precocido
Harta sal

 

En una olla grande se pone a dorar el tocino con cebolla. Ya que esté bien dorado agregas las latas de frijoles y todo lo demás, excepto el arroz. El arroz se prepara en otra olla. Servir los frijoles con el arroz y agregar un poco más de limón. ¡Listo! A llorar de felicidad.

 

 

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02 de septiembre del 2017

HELLO HELLOW

Monterrey.
Redacción por: Ana Lorena Amaya
Fotografía por:

Fotos Ana Lorena Amaya

 

Desde que escribo esta columna, he empezado a analizar con más detenimiento los contenidos que me gusta ver o leer. Me he dado cuenta que éstos tienen quizá un elemento clave: quienes los hacen al menos parecen sentir pasión por su tópico y eso hace que parezcan reales.

 

Sin darme cuenta me he encontrado dándole vueltas al asunto casi todos los días, planeando qué escribir esa semana y cómo hacerlo real. He llegado a la conclusión de que la única manera de que estas palabras puedan ser del interés de alguien es mostrando un lado honesto de mí y de lo que vivo día a día.

 

Quizá podría pretender que mi vida es una maravilla, que estoy de buenas todo el tiempo, bebiendo vino y comiendo como reina. La realidad está muy lejos de ser esa, empezando porque mi genética no me permite poder comer todo lo que quisiera, y porque aunque pudiera, mi economía actual no me deja gastar en comida indiscriminadamente.

 

Por tanto, trato de seleccionar esos eventos y lugares que son lo suficientemente especiales para gastar mis calorías y pesos sobrantes de la semana. Supongo que por eso mismo tengo el problema de que siempre le encuentro un “pero” a todo lo que pruebo. Es así como empecé a escribir sobre comida. Según yo podría decir “Fui a este lugar y esto me gustó, pero si esto otro hubiera sido como yo quisiera hubiera sido mejor”. Puede que haya sido sólo un reflejo de mi necedad de controlar todas las cosas a mi alrededor.

 

En fin, el tema es que mi vida dista mucho de ser perfecta, pero hay ciertos momentos que lo son. La primera vez que vi el cartel para el Hellow Festival fue uno de esos momentos, obviamente estar ahí lo fue aún más.

 

 

Creo que a esta ciudad lo que le hace falta es mucha magia, creatividad y apertura. El Hellow es una clara muestra de ello. El año pasado tuve la gran oportunidad de ver tanto a Kendrick Lamar como a LCD Soundsystem en Austin City Limits. Ambos fueron headliners de este gran festival y ambos fueron sensacionales.

 

Este año la respuesta de los regios hacia el Hellow ha sido totalmente contrastante. Como muchos seguramente ya saben, Kendrick se detuvo empezando “Humble” para permitir que el público cantara. No el coro, ni un pedacito, sino casi toda la canción. Yo lo disfruté, aunque no me la sabía. Es bonito saber que tantas personas están reunidas cantando al mismo tiempo y que obviamente dicha actividad los lleva a sentir una gran felicidad. Facebook se llenó de vídeos del suceso. Mientras los millenials cantaban con emoción, los más grandes se rasgaban las vestiduras en los comments, preguntando qué pasó con el rock, diciendo que en el hip hop no hay la disciplina de los viejos músicos y que la música ha muerto. Se me ocurrió opinar que a mi me gusta Kendrick, porque a mi me parece que su propuesta es inteligente, creativa y sumamente trascendente. Creo que a diferencia de otros raperos muy famosos, como Kanye West, Kendrick es un personaje público que es una buena influencia para el mundo y que representa un lado bueno de la sociedad actual.

 

Me llovió. Aparentemente mis viejos amigos me perciben como una persona fácilmente influenciable por lo que esta de “moda”. Quizá es cierto, ciertamente mi autoestima no es el más alto y puedo ser manipulable, les doy el beneficio de la duda. Sin embargo, me parece casi increíble y preocupante que los treintones estemos tan resentidos con la nueva generación. Existe un rechazo impresionante por todo lo que sea interesante para los millenials. Es tonto que no haya siquiera un intento por tratar de entender lo que está pasando con el mundo, lo vemos en la música, en el arte, la comida, el diseño. El cambio está en todos lados. ¿Por qué seguir rechazando algo que es inminente poniéndolo en un absoluto “No”?. Ni todo lo que viene está mal, ni todo lo que fue ha estado bien. Sospecho que como cualquier bully, nuestra generación trata de llenar sus vacíos rechazando a los que son más jóvenes. Supongo también que es normal y que estas actitudes son espasmos de rechazo hacia el cambio.

 

 

Por otro lado, durante el concierto de Kendrick, el festival estaba a reventar. No cabía ni un alfiler, el calor hizo que el sudor de todos se juntara en uno solo. Aunque Kendrick se lució, el audio fue muy malo y su voz casi no se escuchaba. A pesar de no tener músicos en el escenario podría jurar que la batería sí estaba en vivo.

 

Yo me quedé del lado de LCD Soundsystem porque quería verlos de cerca. Ni siquiera hubiera sido necesario. En cuanto terminó Kendrick la mayoría se fue del festival. A casi nadie le interesó conocer a una banda tan importante como es LCD, aún cuando su vocalista, James Murphy, es tan grande que trabajó de la mano con David Bowie en varias ocasiones. ¿Por qué si ya pagaron un boleto para un festival, no pueden siquiera investigar, leer, o escuchar algo sobre el grupo que es tan grande como para cerrar un festival después de Kendrick?

 

LCD rompió el mundo con su concierto. A pesar de ser la segunda vez que los veía, vuelve a ser uno de los mejores conciertos que he visto. Un escenario lleno de músicos, de instrumentos, de alegría, de vida. Una fiesta sin duda para los pocos que nos quedamos. El audio fue impecable.

 

Mi consuelo fue que en mi grupo iba Sofía, una amiga/compañera de trabajo de 23 años. Disfrutó a LCD igual o más que yo. A pesar de ser fan de Kendrick, al final le pregunté “¿Cuál te gustó más?”. Ella respondió que LCD. Sentí emoción por mí y por ella y porque en ese momento no importó quién era fan de quién. Yo disfruté el suyo, ella disfrutó el mío. Nos unimos en la música, porque la música tiene ese efecto. Todo lo que estaba mal desapareció por un momento. No importó el calor, las cervezas calientes, el cansancio, los problemas. Como dijo Kinki, “Los corazones rotos en la pista se vuelven a pegar”.

 

Monterrey se llenó de magia, de creatividad y de apertura por un momento y yo fui feliz. Hoy ya no tanto, de vuelta al trabajo, la vida, los problemas y demás. Esperando ese próximo momento que valga la pena.

 

Pero esta columna es de comida. La verdad es que ni comí, más que un pedazo de pizza que le robé a mi amiga Caro. Estaba meh. ¿Las Bud Light calientes cuentan como comida? También estaban meh.

 

P.S. Bud Light, “you had one job”.

 

 

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25 de agosto del 2017

ENVY GENERATOR 2.0

Los Mochis, Sinaloa.
Redacción por: Ana Lorena Amaya
Fotografía por:

Fotos Ana Lorena Amaya

 

Nunca he tenido mucho dinero, sin embargo, lo que cae normalmente lo despilfarro en dos cosas: conciertos y viajes. Es así como de poco en poco, de hostal en hostal, he podido ir conociendo varios lugares en el mundo. Si bien me he enamorado de varios, nunca me puedo olvidar de mi hermoso México.

 

Quienes me conocen bien, saben que tengo el cometido de conocerlo todo en un futuro cercano. Aunque muchas cosas malas suceden aquí, también tenemos la gran fortuna de vivir en un país que, por sí mismo, es una joya repleta de la mejor comida, gente y de experiencias maravillosas.

 

 

El Pacífico mexicano es un ejemplo perfecto. En cada visita me he dado cuenta que es un mundo diferente. Si esto no fuera suficiente razón para querer conocer más de él, hace unos cinco años me topé con un tal Beto Amaya, amigo de un buen amigo de Los Mochis. Resultó ser que, rascándole un poco, acabamos por ser primos. Poco tiempo pasó para que él, su esposa La Joce, su hermana Mónica y yo nos hiciéramos grandes amigos.

 

Hace poco tiempo se mudaron de regreso a Los Mochis, ciudad natal de El Beto, a.k.a. El Shack. Supongo que gran parte de nuestra amistad ha estado basada por nuestro gran gusto por la música y el buen comer.

 

Según recuerdo, la primera vez que fui a Los Mochis llegué con una actitud un poco burlona hacia mis amigos que habían dejado “la gran ciudad” por irse a vivir a la verdadera provincia. Enorme fue mi sorpresa al tener que comerme todas mis palabras, porque es un lugar increíble rodeado de muchos lugares igual de increíbles.

 

Por incierto que parezca, Los Mochis es una ciudad llena de música. Aunque sí abunda, no todo es banda. Aparentemente la vida en el campo que muchos llevan, permite a muchos mochitenses tener tardes libres que llenan con actividades de entretenimiento. El tocar un instrumento se ha convertido en una muy popular.

 

 

Siempre que pienso en Los Mochis, pienso en Django Reinhardt, porque El Beto está obsesionado con él. Django fue quien inventó el gypsy jazz. A pesar de haber perdido dos dedos en un incendio, es uno de los gigantes de la guitarra. No sé si Beto sea un gigante, pero todo el santo día está tocando la guitarra, así que el soundtrack de mis viajes con ellos siempre es bastante ameno.

 

Ahora bien, nada esto no tiene nada que ver con ustedes, así que, de todos los destinos razonables para conocer en México, ¿por qué deberían de ir a Los Mochis dónde el turismo es prácticamente nulo?

 

 

Porque aquí los paisajes son hermosos, las personas son más que divertidas y la comida es deliciosa. Desde que llegas, abres una cervecita, abres la segunda y la agarras de caminera. En cuanto a comida se refiere, algo les diré: Beto y Joce nunca me han quedado mal. Su recomendación número uno, los legendarios Mariscos El Brujo. Abres otra cervecita y pides un shot de callo de hacha, que es bebida y platillo en un solo bocado. Desde aquí sabes que todo estará bien. Si algo promete El Brujo es que sus platillos no necesitan más limón, ni salsa, ni sal. Cada cosa que llega a tu mesa está preparada perfectamente para que no tengas que hacer nada más que comerlo.

 

Pedí de comer tostadas, las porciones son tan vastas como para alimentar a todo Topolobampo, intimidantes. Cada una atiborrada de pequeños animalitos de mar desnudos fuera de su concha, crudos, acompañados solamente con la impecable mezcla de salsas y limón. Estas cosas no se ven en Monterrey. El Brujo es ridículamente delicioso. Foto p’al face, o lo que es igual, el “envy generator”

 

 

¡Oh, mira esos callos de hacha gigantes, mutantes!. Abres otra cervecita. Es increíble pensar que eso es lo que se come aquí todos los días. En changarros y mesas junto a carretas. Aquí no es comida para los hipsters. No hay mariscos “orgánicos, libres de pastoreo”, no se cocinan en aceite de coco ni se acompañan con limonada endulzada con miel de agave, aquí se comen nomás así, con limón y chiltepín, el chile al que el habanero le hace los mandados.

 

De ahí nos fuimos al otro lado de Los Mochis, Topolobampo, a caminar por el malecón. Ahí puedes comer nieve, elotes, ¿y por qué no?, abres otra cervecita.

 

Al día siguiente, playa Maviri. Una caminata en la arena y estás listo para comer más. Llegamos al Beach Club y nos sentamos justo a tiempo para recibir a los buzos que llegaban de sus largas expediciones. Todo el mundo está en el Beach Club, todo el día es fiesta. Y por supuesto, otra cervecita.

 

Entre sus múltiples hobbies de hombre de campo, El Beto encontró inspiración en Maviri para comenzar a hacer su propia cerveza. Le ha ido bien, tanto que ahora la comercializa. Si andan por allá no duden en probarla, es muy buena.

 

 

 

Otro día más, no podía irme sin probar la comida de la tía. La comida del diario del mochitense es diferente a la de acá. Comimos chilpachole, una sopa de tomate con camarón, retacada de aguacate. Salpicón de marlín, que lleva marlín adobado con limón y el secreto de la familia.

 

Antes de regresar, el último desayuno: birria de res, en caldo y en tacos. Honestamente no hay dinero que valga para pagar esa delicia.

 

Tantas cosas están pasando en el país justo ahora, que es imposible conocerlas todas. Cada ciudad, cada pueblo está definiendo su propia identidad y eso es hermoso. Quien no pueda disfrutar de ello es un alma pérdida.

 

 

Pareciera que es un lugar lejano, pero la verdad es que sólo te toma una mañana llegar. Para los valientes como yo, la aerolínea del autobús te lleva a Culiacán por $1,400 pesitos el vuelo redondo, incluso durante el puente de septiembre. De ahí se van a la central y toman un camioncito de Tufesa por unos $250 pesos para Los Mochis. ¡Listo! Ahí está su viaje para el próximo puente. Si tienen más tiempo, pueden tomar el tren del Chepe desde Los Mochis y regresar desde Chihuahua.

 

Realmente no se necesita tanto tiempo ni dinero para conocer un poquito más de nuestro país.

 

Muchas gracias a Beto, Joce y Mónica por siempre recibirme en su hogar. Espero verlos muy pronto otra vez.

 

 

 

 

 

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Las opiniones que aparecen en esta columna son responsabilidad del autor y no necesariamente las de este medio".
18 de agosto del 2017

Yamasan

Universos paralelos
Redacción por: Ana Lorena Amaya
Fotografía por:

Fotos Luis de Hoyos

 

 

Pasta, carne, condimentos y verduras. Suena como algo que comerías todos los días. Aún así, una vez más, los japoneses han encontrado la manera de mezclar estos elementos para formar un plato que no se parece a ninguno otro: el ramen.

 

Con éste no hay medias tintas. Lo amas o lo odias. Quizá las primeras veces hay que terquearle un poco. Pero de algo estoy segura, una vez que tu boca entiende esa explosión de sabores, es completamente adictivo. Como cualquier droga, cuando caes en sus manos, habrá días en que despertarás y no podrás dejar de pensar en él. El antojo no cesará hasta su caldo caliente toque tu lengua y por fin permita a tu cuerpo descansar.

 

 

El ramen es precisamente como imagino Japón, lleno de luces, sonidos, movimiento. Algo lejano y desconocido. Un lugar donde la diferencia de horarios logra hacer una brecha en el tiempo, creando un universo paralelo, en el que la vida y la comida suceden igual pero con ligeros cambios que hacen que todo sea completamente diferente.

 

Voy empezando a escribir pero desde ahora sé que este será un artículo muy largo, les prometo que trataré de hacerlo interesante. Japón es tan diferente a México que es imposible hablar de él y de su cultura sin seguir por horas.

 

 

La curiosidad comienza a tomar posesión de mí desde que nos presentamos con el chef Shinichiro Nagata del Yamasan. Quiero saberlo todo, el ramen me intriga.

 

Esta vez estoy en compañía de Luis de Hoyos, a.k.a. Tuko (@83_mx), quien estuvo en Japón en octubre del año pasado. A pesar de nuestro hermoso clima, Luis me ha hecho soñar con caldos ardientes y callejones llenos de restaurantes de ramen. En sus historias los hay cafés, amarillos, con fideos fríos y calientes, platillos secos y con caldo, grandes, chicos y demás variaciones.

 

 

Yamasan es precisamente un pedacito de todo eso en nuestra ciudad. De ahí la magia del lugar.

 

El chef Nagata es de Tokio. Llegó a México para trabajar en el Meiji hace 25 años. Antes de aquí también pasó por Los Ángeles. Nos hizo inflarnos el pecho como gallinas cuando nos dijo que prefiere vivir aquí, porque “aquí a la gente le importas”. Estaba nerviosa de conocer al chef, los japoneses siempre me han parecido muy serios. Pero los nervios se fueron de manera casi instantánea. Nagata es un hombre extraordinariamente simpático y carismático. Rápidamente empezamos a platicar de todo y nada.

 

 

Primero hablamos de México, de cuánto disfruta empaparse de nuestra cultura, igual que nosotros nos sentimos atraídos por la suya. Platicamos de tacos, de las similitudes que hay entre platillos. Ambos se popularizaron por ser una comida económica y deliciosa. Resulta que en Japón puedes comer ramen con lo equivalente a una hora de trabajo, mientras que el sushi cuesta lo que un día completo. Tanto los tacos como el ramen viven una dramática transformación de una zona del país a otra. A pesar de que consiste solamente en una tortilla con un guiso y salsa, los tacos son completamente diferentes aquí y en Oaxaca. Lo mismo pasa con el caldo japonés.

 

Una vez un Suizo me dijo que no entendía porqué se enaltecía tanto la comida mexicana si todo lo que comíamos era carne con frijoles, tortilla y queso. Supongo que el mismo golpe en el corazón sienten los japoneses cuando creemos que todo el ramen es lo mismo. Así que, para no parecer igual de ignorantes que el güerito, hay que conocer un poco más.

 

Tuvimos que pasar por la pregunta obligada. ¿Es acaso el sushi que nosotros comemos igual a comer Taco Bell diciendo que es comida mexicana? La respuesta es sí. ¿Y el ramen? Ese no. “Para eso estoy yo aquí”, dijo Nagata.

 

 

Pueden probar el “Showa Tokio Ramen”, que es precisamente el “sabor de rancho” para él.

 

A pesar de algunas variaciones que se han hecho para adaptarse a nuestros paladares (principalmente agregar más picante) es muy probable encontrar buen ramen en México.

 

Según Nagata, se dice que el ramen nació en Corea, sin embargo los coreanos no hacen su propio fideo, los usan pre cocidos. También se dice que nació en China, pero la teoría más popular es que en realidad nació en Japón.

 

 

En 1870 se abre el primer restaurante de ramen, aunque durante esos años los productos chinos eran más populares en Japón. Así que sus creadores le jugaron una broma al destino y empezaron a venderlo diciendo que era un producto chino. De ahí la gran confusión. La guerra también tuvo que ver, ya que Japón comenzó a recibir harina como apoyo humanitario, la cuál terminó transformándose en deliciosos fideos.

 

Tal vez pueda parecer otra cosa, pero el ramen es una comida perfectamente balanceada. Gracias a mi querido amigo “el gluten”, los fideos del ramen están llenos de proteínas, no sólo carbohidratos. Al sumar una porción de carne y/o huevo, más la gran cantidad de verduras a la mezcla, digamos que podríamos vivir de ramen por un buen rato.

 

Un factor imprescindible en este plato y la cocina japonesa en general, es el gran reto de los chefs en lograr el “umami”. No, no es un piropo de albañil nipón. Es el quinto sabor identificado por los japoneses, que se agrega a la lista de salado, dulce, amargo y ácido. No se si haya una fácil explicación del umami, su significado oficial es que es el sabor “sabroso” que induce la salivación y da una sensación aterciopelada en la lengua, que estimula la garganta y el paladar. Realmente nunca lo he terminado de entender, creo que es como todos los sabores juntos balanceados de manera perfecta. Sé que los tomates secos y la cebolla dorada logran ese delicioso sabor y acabo de aprender que el “glutamato” me encanta, ya que todos los alimentos con este sabor son ricos en este aminoácido.

 

 

Después de mucho hablar, finalmente llegamos a la cocina. Me sorprendió ver que el chef cocina con palillos. Los sonidos de la cocina son inquietantes. Todo se mueve rápido y en poco espacio. Él y sus asistentes andan de un lado a otro, saludan con un grito a los que van llegando y sirven caldos deliciosos sin parar, a pesar de ser las seis de la tarde.

 

Yo probé su ramen de rancho, delicioso, sencillo, no muy grasoso, fue una comida deliciosa que mi cuerpo agradeció. Por otro lado, Luis se aventó el Aburo Soba, completamente lo opuesto. El chef avienta un puñado de ramen al sartén y lo fríe hasta crear una galleta. Este platillo es seco, así que lleva muy poco caldo, pero esto no hace que tenga menos sabor. El caldo es muy concentrado, casi como una salsa. Mucho ajo frito, sus deliciosos fideos hervidos, con verduras y la galleta frita se mezclan de manera exquisita.

 

He ido tantas veces que creo que he probado todos. Mi favorito el clásico Yamasán, una mezcla de caldo de puerco y pollo con un sabor extraordinario. A veces lo pido con extra de kakuni, que es prácticamente pork belly sazonado impecablemente con Katsobushi. Láminas de pescado previamente seco, fermentado y ahumado. No importa cómo suene eso, sabe delicioso.

 

 

Finalmente nos fuimos con una promesa: hacer ramen de menudo. Usaremos la receta de mi madre, así como lo oyen. Entre Luis y yo le sacamos la sopa y nos contó que ha hecho ramen hasta con cabrito. Ya les contaré en qué termina la historia. Por lo pronto, el umami me hace los mandados, porque ahora mismo me encuentro salivando, con la lengua aterciopelada y el paladar atarantado.

 

Les comparto unas fotos que tomó Luis durante esta entrevista y durante su viaje a Japón. Pueden ver más de sus fotos increíbles en su Instagram @83_mx.

 

 

Agradezco mucho al chef Jaime Fábregas y a Yoshihito Oshima por ayudarnos a lograr esta reunión y por contarnos historias cada vez que los visitamos. No se diga al chef Nagata por recibirnos y por hacer con mucha pasión este espacio, que nos regala un pedacito de quién es en cada cucharada.

 

 

 

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21 de julio del 2017

Allende y Montemorelos

SÁQUENME DE AQUÍ.
Redacción por: Ana Lorena Amaya
Fotografía por:

 

Esta semana fue una de esas en las que tuve suficiente de la ciudad y sólo esperé a que llegara el fin de semana para salir corriendo. Sin mucha preparación, el sábado por la mañana abrimos Airbnb y decidimos ir a cualquier lugar que estuviera disponible y que tuviera una alberca.

 

Esta vez me fui de rol con mi noviesito, “el Siniestro”. El apodo no implica que sea un hombre malvado, lleno de tatuajes sino que es una persona muy zurda. Ha tenido algunas deformaciones a “Tinieblo”, “Sini”, “Tini” o “Teni” – les comparto el apodo por si tienen en su vida, como yo, a alguna persona zurda. Es su deber dejarles saber que no está bien ser zurdo. Además porque siempre me siento muy badass cuando le cuento a la gente que mi novio es el tal “Siniestro”.

 

En fin, más bien fue él quien encontró el lugar donde nos quedamos. Nativa, Hotel Boutique. Está ubicado en Allende a unos 40 minutos de Monterrey. Aunque a veces parece difícil salir de la ciudad, la verdad es que lugares como este son muy accesibles en tiempo y costos ($1,100 la noche para dos personas).

 

Obviamente, comimos y comimos y volvimos a comer. La primer parada fue en Allende, en el restaurante Las Kazuelas, con “K”. Pensé que sabía todo sobre comida norestense hasta que aparecieron con el caldillo de carne seca. Y pues, es eso tal cual. Lleva tomate y mucho cilantro. Creo que es una excelente opción para quien no ama el menudo tanto como yo y puede ser una buena ayuda para lidiar con una cruda. En lo particular me quedo con la carne con pelitos del menudo, pero si está bueno.

 

 

Yo pedí asado de puerco. Cuando llegó el plato me decepcionó un poco la cantidad, pero la verdad es que no me pude terminar el plato ni con ayuda. Está engañoso. Estaba: A-P-O-T-E-Ó-S-I-C-O. De los mejores que he probado, igual que las tortillas de harina y las gorditas de maíz con guacamole.

 

 

 

Dato curioso, venden jabones:

 

 

Como los tres cochinitos, pero siendo sólo dos, seguimos nuestro camino hacia Nativa. El camino no tiene mayor complicación y puedes llegar en cualquier coche. Hay varios hotelitos en la zona.

 

Fue increíble ver el cielo color azul, para variar. Las nubes color blanco, como algodón. A pesar del verano, los cerros se levantan verdes e imponentes regodeándose de su belleza. Pronto me sentí de vacaciones. ¿Cómo no ponerle pausa a todo con este paisaje? (tengo que comprarme una cámara).

 

 

Llevamos una bocina y nos dedicamos a chapotear y disfrutar de la tarde con unas cervezas escuchando una lista que hizo nuestro amigo “El Palomo” en una tarde similar en Cuernavaca y que se ha convertido en una de mis favoritas.

 

La dejo en el siguiente link para los melómanos como yo (no se fijen en el nombre):

 

 

Mis canciones favoritas de la lista para este mood: “Maggot Brain” de Funkadelic, “Harverst Moon” de Neil Young y el cover de “Everything is in the Right Place” (Radiohead) de Brad Meldhau Trio.

 

¿Qué nos faltó?

 

Una hielera gigante llena de cervezas. En el hotel habían pocas y no estaban tan frías.

Repelente para mosquitos. A mi me picotearon hasta que se cansaron. Por si les pasa, les recomiendo la pomada Eurax, resuelve el problema de comezón el mismo día.

La alberca no era la mejor. Era más bien un chapoteadero hippie. Pero igual la pasamos muy bien.

 

En la noche, cenamos milanesas empanizadas en la terraza. No estaban para foto. De ahí, nos tiramos por horas en la hamaca a escuchar música.

 

Al día siguiente decidimos ir a desayunar a Montemorelos. Siempre he sido del equipo Gran Principal, pero la verdad es que nunca había ido al Pariente, así que decidí ponerlo a prueba.

 

Veredicto: Ni vale la pena la comparación. El Gran Principal se lo lleva de calle. Igual les paso lo que comimos. La ventaja supongo es que es más barato. Pero honestamente para mí sería un pecado regresar, sabiendo que está tan cerca de mi gran amor, El Gran Principal.

 

Ahí les va:

 

La gordita de chicharrón con frijoles fue la estrella de ese día, junto con el queso flameado con chorizo.

 

 

 

El guacamole estaba licuado y con leche. No es mi favorito.

El machacado estaba bueno.

 

 

Con la panza llena regresamos a casa, a seguir en nuestra vida de siempre, pero un poco más felices que antes de partir.

 

 

 

 

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07 de julio del 2017

El Gusto de Puebla

Con Rudy por la Anáhuac.
Redacción por: Ana Lorena Amaya
Fotografía por:

Buscando enriquecer los contenidos de esta columna, le pedí a mi gran amigo Rudy Martínez (@rudybeingrudy) que me presentara alguno de sus restaurantes favoritos en la ciudad.

 

Rudy es un ingeniero de audio bastante simpaticón. Después de una larga trayectoria, trabajando tanto en Nashville como en Nueva York, ahora se dedica a producir a varias bandas y artistas locales como Buffalo Blanco y Hugo Segovia a través de su casa productora The Wave Central. De pronto desaparece y aparece después de haber corrido maratones en ciudades extrañas y por supuesto es un tragón como yo.

 

Fuimos a El Gusto de Puebla que está en la colonia Anáhuac en San Nicolás, al menos desde que Rudy tiene consciencia de su existir.

 

 

Llegamos y encontré un restaurante típico de esos con sillas de abuelita y manteles blancos. Los meseros juntaban mesas para recibir familias completas con tíos, hermanos, primos y hasta los abuelos. La gente que trabaja ahí es más que amable.

 

De entrada pedimos las de cajón, quesadillas. Las hay de flor de calabaza y huitlacoche, probamos las segundas. Son de maíz y están fritas, llenas de queso del bueno. Muy recomendables.

 

Como plato fuerte yo pedí el mole de Puebla: pechuga de pollo cocido a la perfección, con arroz que sabe al de la abuela y frijolitos refritos con manteca. Evidentemente estaba muy bueno.

 

 

Rudy pidió un filete abierto a la plancha. A pesar de ser un filete delgado, mariposeado, tiene un sazón muy peculiar. Quizá como “corte de carne” no tenga la sofisticación que muchos piden. Pero es claro que la gente sigue buscando ese sabor tan particular que han comido desde su infancia y que cada cierto tiempo su cuerpo pide a gritos.

 

 

De postre, el tradicional pay de queso con manzana, de ese que tiene cositas arriba.

 

Lo interesante de este lugar es que lleva ahí desde 1960 vendiendo la misma comida, que año tras año sigue conservando el sazón de la casa. Esa es la magia. A pesar de ser un restaurante donde encontrarás lo mismo que se vendía en Monterrey en los 80’s, El Gusto de Puebla ha sabido conservar lo que hizo a esa comida prevalecer tantos años: el buen sabor de casa y calidad.

 

En la esquina hay un piano viejo, de esos de restaurante. El pianista va brincando de boleros a baladas como si nadie le prestara atención. De pronto, “Gavilán o Paloma”, por ahí del coro no se aguanta las ganas y se avienta cantando una o dos frases con bastante sentimiento.

 

Empezaron a llegar los recuerdos. Rudy iba los domingos con sus papás cuando era niño, cuando todavía les gustaba sentarse afuera a pesar del calor. Había marimbas que tocaban sin cesar y él y su hermana se dedicaban a correr sin parar dando vueltas a la fuente de la terraza.

 

De ahí el amor por el lugar. No sólo es la comida, son los recuerdos, la familia y el sentido de pertenencia que logra un plato de carne con arroz. Es el saber que cuando te vas de México por un tiempo, regresarás a invitar a la familia a comer “tu” comida, en “tu” lugar. Es lo que te arraiga al hogar.

 

Entre historias, Rudy me contó que su familia ha rondado siempre por la Anáhuac y que todos sienten un gran orgullo por su barrio. La bisabuela, Eloisa, fue una de las personas que ayudaron a juntar dinero para poder construir la iglesia de la colonia, el Templo del Espíritu Santo.

 

Rudy insistió en que no podíamos irnos sin ir a verla. Así que en pleno miércoles a las tres de la tarde fuimos a la iglesia (mi mamá estaría orgullosa).

 

Desgraciadamente, cuando llegamos estaba cerrada y abrían hasta las cuatro. Ni modo, otro día será. Pero no contaba con la astucia de Rudy, quien me jaló del brazo y me arrastró a la entrada de una cochera. Resulta que se sabe todos los recobecos de la iglesia donde se la pasó jugando de niño (#mexico). De ahí llegamos a otra puertecita, que nos llevó a otra puertecita más chiquita.

 

 

Entramos y estaba todo oscuro, se veían algunas sotanas y artefactos que claramente usan para dar misa. Ahí fue cuando me di cuenta: “Estamos allanando la iglesia”. Poco a poco empecé a sentirme más emocionada.

 

Seguimos caminando por un corredor a oscuras. De pronto empezamos a escuchar ruidos. Alguien estaba ahí. Nos habían descubierto. Así que aplicamos la de Capulina. Nos quedamos quietecitos sin movernos. Vimos pasar a un señor justo enfrente de nosotros, pero, ¡oh!, ¡milagro divino!, no nos vio (mamá ya no tan orgullosa). Salió por otra puertecita que alumbró un poco el camino y de nuevo estábamos solos en la obscuridad.

 

Seguimos avanzando y finalmente llegamos al salón principal. La iglesia fue construida por el Ing. Armando Ravizé, un reconocido arquitecto mexicano. Entre sus obras está también la iglesia de La Purísima. Ciertamente el templo es una belleza. Todos los detalles están perfectamente bien cuidados. Sus vitrales dejan pasar la luz del sol dejando todo increíblemente colorido y alegre. A pesar de su arquitectura “simple”, el atrio y pasillos laterales están llenos de murales hechos con mosaico, acomodados meticulosamente para darle vida a las imágenes de ángeles, santos y Cristos.

 

Rudy estaba frente a uno de los murales. Volteé y le dije “Sonríe para la foto”.

 

 

Dedicatoria especial de Rudy para Pi, Locha, María Luisa, y Carmela.

 

 

 

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14 de junio del 2017

El origen

Monclova y Cuatrociénegas. El mejor queso, chorizo, carne y las mejores tortillas que probarán.
Redacción por: Ana Lorena Amaya
Fotografía por:

Fotos Ana Lorena Amaya

 

Creo que no hay otra manera de empezar esta columna sin hablar del lugar de donde vengo. Quizá esta no sea la mejor época del año para visitar el caluroso centro de Coahuila, pero buscando el lado amable del verano, Cuatrociénegas, Las Dunas de Yeso y la Posa Azul pueden ser una buena opción para remojar al menos los pies.

 

Además de los impresionantes paisajes que reúnen la desolación del desierto con agua muy, muy azul, esta parte de Coahuila es un lugar que gastronómicamente hablando se quedó en el pasado.

 

 

 

La parada en Monclova es de cajón. Está 40 minutos antes de Cuatrociénegas, y a menos de dos horas de aquí. Ésta es una ciudad donde las tortillas (de harina, obviamente) aún se compran en la tortillería, la carne en la carnicería, el pollo en la pollería, el queso recién hecho en la cremería y el chorizo en el Súper Alán – “Donde más barato dan”.

 

¿Y qué tiene esto de especial? Que, como podrán imaginar, estos serán el mejor queso, chorizo, carne y las mejores tortillas que probarán, al menos en un buen rato.

 

La calidad de estos “ingredientes” de manera automática se puede ver reflejada en sus restaurantes, que también son de mucha tradición. Entonces, no hay que encontrar el hilo negro, ni hay que ser el mejor chef del universo. Restaurantes con grandes asadores, tortillas y quesos flameados. Lo que ya conocemos, pero con ese sabor de rancho, que la ciudad difícilmente puede lograr.

 

 

 

No hay mucho más que decir, excepto por los precios, todo es mucho más barato. Así que ya no suena tan mal sufrir un poco el calor para vivir esta experiencia.

 

La realidad es que hace un rato no voy a Monclova, pero mis padres aún viven allá, así que aprovecho cada vuelta para que llenen mi congelador de provisiones pueblerinas hasta la próxima vez.

 

Traten de no ir en puente, porque se pone imposible. Excelente tour de escapada para un fin de semana. Que les vaya bien… la vestimenta recomendada siempre será shorts, chanclas y tenis.

 

Columna - Lorax - Origen

 

 

Links
Cremería el Pueblo

Tortillería Mi Fondita

Restaurante Hacienda El Campanario

 

 

 

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  • Avenida 9

    Recomendamos definitivamente su increíblemente sabroso "Taco Gera".
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    martes 24 de octubre 2017
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