Totoaba en Choice.
22 de Abril del 2017

La elección

Para festejar optamos por Choice tras un pequeño desliz. Y resultó ser una opción perfecta.
Redacción por: Trimalquio
Fotografía por:

Cuando mi madre habló para recordarme que era su aniversario con mi padre, creí por un momento que escuchar el remix de Despacito en repeat desde el día que salió ya había afectado mi memoria. ¿No era en septiembre?

 

Con motivo de este evento me extendieron una pequeña invitación a cenar en un restaurante que aquí ya he reseñado, diciendo que lo más recomendable era hacer reservación. Me da la impresión de que ellos no leen lo que escribo, pero dejemos mi sesión de terapia para otra ocasión. El punto es que el lugar estaba lleno, de manera que prefirieron cambiar a otro, pero ¿cómo elegir de última hora cuando ya nos habíamos hecho a la idea de algo? Quizá fue por pensar en términos de opciones y elecciones que terminamos en Choice.

 

El lugar me parece de los más agradables para comer. La ambientación está bien cuidada sin recurrir al típico exceso de oscuridad o a la excentricidad; La distribución de las mesas y la barra se dan espacio para respirar; la comida es incluso mejor que todo esto.

 

Fusilli de res al chipotle en Choice.

Fusilli de res al chipotle

 

Como entrada pedimos los ostiones Rockefeller (favoritos de mi madre) y un guacamole mamucas. Los primeros estaban ejecutados a la perfección, según la receta original. Sobre el guacamole mamucas, creo que ningún platillo desde la tampiqueña me ha parecido tan voluble e indefinido. Hasta ahora he tenido oportunidad de probarlo en tres lugares distintos y, fuera de que el ingrediente principal es aguacate, poco guardan en común entre sí. La versión de Choice me parece por mucho la más original, dándole un giro al típico aguacate machucado al servirlo en cubos mezclado con los otros ingredientes presentados igualmente en forma geométrica. El resultado es una mezcla fresca y deliciosa que superó mis expectativas.

 

Ostiones Rockefeller en Choice.

Ostiones Rockefeller

 

Como platos principales, son especialmente recomendables el fusilli de res al chipotle (la versión más regia que he visto de una pasta), los cortes que, como el propio nombre del lugar dice, son calidad choice y están preparados a la perfección, y la totoaba. Lo único que quizá falló un poco fue la pechuga de pollo al piquín, que para mi gusto estaba un poco reseca y tenía una presentación bastante descuidada. Claro que las verduras en aderezo de mostaza que acompañaban lograban complementar los sabores a la perfección, haciendo que aun así valiera mucho la pena.

 

Totoaba al grill en Choice.

Totoaba al grill

 

La velada terminó sin postre porque todos estábamos implícitamente a dieta. La experiencia sin embargo resultó inmejorable para la ocasión. Mis planes de dejar de escuchar Despacito remix fueron abandonados cuando por revelación de mi madre descubrí que mi memoria no fallaba. No era su aniversario de casados, sino el de novios.

Las opiniones que aparecen en esta columna son responsabilidad del autor y no necesariamente las de este medio.
Hawaii 2.0, © Foto de Parámetro Studio
10 de Abril del 2017

Hawaii 2.0

Hula del Hawaii tiene platillos clásicos y buena mixología. ¡No se permiten comparaciones!
Redacción por: Trimalquio
Fotografía por:

Por mucho tiempo me estuve sordeando de visitar Avanta Gardens. No era que no me gustara el concepto, al contrario, y la cantidad de gente que me recomendaba restaurantes de esa plaza era apabullante. Lo cierto es que la primera vez que escuché del lugar fue de los labios de mi primo y rival en amores, Ascilto, de manera que alejarme de ahí era alejarme de él. Finalmente, bajo la presión de mis acompañantes de domingo tuve que tragarme mi orgullo o no sé qué, y así partimos a Cartago, digo, Avanta.

 

La plaza, si bien es muy bella, tiene menos de jardín de lo que dicta el nombre. Lo que sí tiene son muchos restaurantes: dos pisos completos dedicados a ellos. En el primero de estos pisos sólo hay restaurantes de franquicia, de manera que me lo salté, no por esnob, sino porque ya todos los conocemos y quedará para otra reseña comentar sobre comida estandarizada. En el siguiente piso había propuestas mucho más interesantes y variadas que iban desde cocina nacional y europea hasta comida oriental.

 

© Parámetro Studio

© Parámetro Studio

 

Después de un abrumante proceso de selección, decidimos comer en el Hula del Hawaii, en parte por ser de la familia del Hawaii 5-0 (un clásico que ya todos en Monterrey conocemos o deberíamos conocer) y en parte porque era de los que tenían menos fila para entrar. La ambientación es mucho menos opulenta que la de su hermano (¿madre?), indicando un ambiente mucho más casual pero con un concepto similiar. A fin de cuentas, los dos establecimientos toman la misma fuente de inspiración.

 

En el área de mixología me alegró ver casi exclusivamente cocteles clásicos. No quiero decir que tenga algo en contra de las innovaciones en esta área, pero esto queda mucho mejor con la ambientación del lugar. Tuve que resistirme a pedir una piña colada porque, por mucho que me gusten, siento que siempre dejan un sabor en la boca que afecta todo lo que se consume después. La moscow mule, sin embargo, fue una excelente alternativa, elaborada con todos los ingredientes clásicos pero mucho más ligera y mucho menos empalagosa que otras versiones de la misma que me ha tocado probar.

 

© Parámetro Studio

© Parámetro Studio

 

Los platillos también eran clásicos: tanto el pulpo en pesto rojo como el salmón alcaparrado fueron divinos. En cuestión de entradas, también tuve oportunidad de volver a probar algunos viejos favoritos, de entre los cuales quiero resaltar a los edamames preparados. Pocas veces elaborar sobre un platillo de preparación sobria resulta en mejoría, pero esta fue la excepción. Los espárragos suntori también estuvieron bastante decentes, pero no superan a los de Hawaii 5-0.

 

© Foto de Parámetro Studio

© Parámetro Studio

 

El Hula de Hawaii es un lugar sumamente recomendable, si bien, compararlo con su hermano quizá sea injusto. Espero que con el tiempo logren definir mejor su identidad como ente separado porque, si bien colgarse de la fama de algo que ya está construido facilita la promoción, el gran parecido entre ambos lugares hace que las diferencias no siempre sean percibidas como algo positivo.

Las opiniones que aparecen en esta columna son responsabilidad del autor y no necesariamente las de este medio.
03 de Abril del 2017

Comensales del mundo, ¡uníos!

Chino Latino ya no me motiva por ser vecino de Sport City, pero ahora algo más me lleva a Plaza 401.
Redacción por: Trimalquio
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Había un encanto especial en comer ostentosamente a sabiendas de que a mis espaldas, separado por una pared de sabrá Dios qué grosor, había una persona sudando como puerco haciendo ejercicio para adelgazar. No sé si era la oposición binaria entre ambas acciones o un coleteo de wishful thinking  a favor de que si la otra persona hacía ejercicio tan cerca, quemaba calorías por los dos. Chino Latino perdió ese encanto cuando cambió su sucursal al lado del Sport City por el de Plaza 401.

 

El establecimiento es una usurpación de su restaurante hermano de grupo Pangea: Bardot. Tristemente, el establecimiento que se maridaba con un tercer hermano del grupo, La Felix (los dos con nombres de divas del cine) falleció algunos meses, dejando su casa y pertenencias al Chino Latino.

 

El cambio es convincente, si bien algunos elementos del decorado sobrevivieron el proceso de transposición: los espejos y el color de las paredes de Bardot siguen presentes. Del Chino Latino anterior no se conservan muchas cosas, pero el decorado logra emular el mismo ambiente. Lo que sí sobrevivió fue lo que quizá sea mi elemento problemático favorito, incluso por encima de comer cerca de un atleta…

 

Contexto: Chino Latino, como su nombre indica, es una fusión de las tradiciones culinarias de Oriente y Occidente. El elemento que el decorador parece haber encontrado en común entre estas influencias es que en ambas regiones hay países con regímenes comunistas. En el establecimiento anterior había carteles de Mao y Fidel Castro como parte de la decoración. Ahora no están pero eso no hace más sutil que los meseros estén usando lo que parecen ser uniformes militares comunistas.

 

Lo cierto es que no estoy seguro si eso es problemático o sólo parece serlo, lo que sé es que me encanta. Qué bien que vivo en una ciudad donde la gente puede hacer esto y salirse con la suya. Pero bueno, a la comida que es lo que importa.

 

Las tostadas de salmón estaban muy buenas, si bien no sobresalen de entre todas las tostadas de atún que se pueden comer en la ciudad. El plato principal, que para mí fue pato y para mi acompañante gaoneras, sí merece más atención. En el caso del pato, la presentación deja en claro la fusión de oriental y latino que el establecimiento presume. Las salsas agridulces que lo acompañan combinan a la perfección tanto con el ave como con la cama de arroz sobre la que está puesta.

 

En el caso de las gaoneras, que claramente se inclinaban más hacia el lado latino del espectro, la presentación recordaba un poco a las canastas donde a veces sirven la comida japonesa, si bien, en esta ocasión, era una olla de peltre.

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24 de Marzo del 2017

Un desayuno de reyes

"Desayuna como rey, come como príncipe y cena como mendigo". Para el primer paso probé en Trust.
Redacción por: Trimalquio
Fotografía por:

La mañana en la que ponerme mis pantalones azul rey resultó en una batalla campal contra el botón, decidí que era momento de visitar al nutriólogo. Le comenté el plan a papá, gracias a Dios, pues con una sabia mirada me dijo algo que posiblemente me ahorró la vuelta: “Desayuna como rey, come como príncipe y cena como mendigo.” Era claro que este consejo debía ser útil, pues aunque su silueta no mostraba que lo hubiera seguido o le hubiera funcionado, más sabe el diablo por viejo que por diablo.

 

Así que… desayunar como rey. Aunque todos los reyes de los que sé son europeos, dudo que se haya referido a un desayuno continental (shout out a Enrique VIII porque Inglaterra no forma parte de la masa continental). Por suerte, una foto en Instagram resolvió mi problema. En ella un platillo altamente desayunable parecía entronarse sobre la mitad de sus guarniciones, mientras la otra mitad se desplegaba como una corte de aristócratas frente a él. Iría a Trust.

 

El lugar es pequeño pero bien iluminado, con un estilo sobrio que resulta apropiado considerando el espacio: consta de una pequeña barra detrás de la cuál está la cocina y de una serie de mesas de madera rubia puestas en fila y se diseminan en la terraza. A pesar de todo el movimiento (casi no se ven mesas vacías) la atención es inmediata. En menos tiempo del que esperaba ya estaba sentado y ordenando.

 

 

Debo decir que para haber elegido este lugar a partir de una foto en insta, cumple con lo que busco incluso más allá de mis expectativas. Una sección completa del menú está dedicada a cocteles mañaneros que, además de la clásica mimosa, incluye micheladas, bellinis, kombuccinis y algunos caprichos del chef. Como tomar desde que amanece el día me parece propio de la realeza, no tardo en pedir la bebida que me parece más frutal.

 

Las opciones de platillos van desde el clásico jamón con huevo hasta la más elaborada versión de huevos benedictinos. Pedí este último pues si desayunar como rey no se trata de extravagancia, entonces ¿de qué?

 

Los pochados norteños. Dos huevos cuya presentación el nombre del platillo ya especifica, se entronan en una cama de chilaquiles y atropellado. Para descansar los pies, unas rebanadas de aguacate. El respaldo de su trono, un abanico de frijoles negros que sigue la novedosa forma del plato. Sobre su real cabeza se alza una corona de salsa holandesa y tres rodajas de cebolla morada. Una visión de fantasía, si debe describirse de algún modo. Siendo sincero, al momento de ordenar tuve mis dudas. Los ingredientes parecían tan difíciles de conciliar que de no ser por el cuadro mental que tenía en el momento, lo más seguro es que no lo hubiera ordenado. Contrario a mis miedos, todos los elementos se integraban a la perfección, creando una experiencia completamente novedosa en el aparentemente gastado imaginario de la cocina de desayunos.

 

 

En la emoción de hablar del protagonista de esta historia casi olvido mencionar al pequeño amuse bouche que, a pesar de ser mucho menos pirotécnico, sirvió para dar una idea de lo que nos esperaba. Se trataba de una quesadilla con frijoles negros y las salsas ya puestas como parte de la composición y estilo visual. A diferencia de lo común en este tipo de platos, la parte principal no fue el relleno sino la tortilla en sí, hecha artesanalmente y con un sabor tan especial que el queso y demás sólo le sirven de complemento.

 

Desayuno en Trust

 

Trust es una opción perfecta para la primera comida del día, aunque quizá la vastedad de los platillos lo haga más apropiado para un brunch que para un desayuno tal cual. Cabe mencionar que sirven comida para todas las horas del día pero, por lo pronto, mi real veredicto se reduce a los desayunos que espero repetir pronto.

 

+ Información
Trust – Organic Restaurant
Río Colorado 226, Col. Del Valle, San Pedro.
Lunes a jueves de 7:30 a 22:00 hrs.
Viernes de 7:30 a 23:00 hrs.
Sábados de 9:00 a 23:00 hrs.
Domingos de 9:00 a 18:00 hrs.
Fb/Página del restaurante
Tel. 8335 0820

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17 de Marzo del 2017

Cuaresma en Maremonti

El ambiente folclórico costeño ya es fatigoso, así que regresé a uno de mis favoritos italianos.
Redacción por: Trimalquio
Fotografía por:

No me considero religioso, pero hay cierto encanto en seguir los ritos católicos que me impusieron desde niño, aunque sea sólo como una forma de expresión cultural. No llego a tanto como ir a misa todos los domingos o confesarme rutinariamente. Eso exigiría un compromiso mayor que mi nivel de devoción. Sin embargo, cuestiones como ponerse la ceniza o no comer carne los viernes de cuaresma, sólo es necesario cumplirlas una vez al año y brindan oportunidad de explorar áreas de los menús de las que inconscientemente me aparto.

 

Lo primero que vendría a la cabeza, considerando mi ya expresada preocupación por cumplir con el calendario católico, sería buscar marisquerías o lugares especializados en comida que no contenga carne roja. Sin embargo, no soy de los que se van por la opción obvia, además que el ambiente folclóricamente costeño que estos establecimientos por lo general intentan emular me parece fatigoso a estas alturas. De manera que decidí regresar a uno de mis restaurantes favoritos de comida italiana: Maremonti.

 

El establecimiento es pequeño y elegante aunque sin la más mínima pretensión de opulencia. La iluminación tenue es perfecta para ambientar reuniones íntimas  y la decoración (a excepción de algunos pequeños murales de sitios célebres de Italia que no llegan a ser por completo de mi agrado) es minimalista, con lámparas modernas y algunas columnas tapizadas con los corchos de las botellas de vino que se han destapado en el lugar desde que abrió. Es divertido ver las secciones de ellas que siguen desnudas esperando brindis futuros.

 

En esta ocasión no podría pedir la recurrente lasaña, con su presentación sofisticada en forma de medallón que, a pesar de apartarse mucho de la rústica cocina de mi nonna, tiene el auténtico sabor italiano de la receta chef Molano (a quien no le he preguntado, pero por el nombre supongo que es compatriota); pero por el plato principal me preocuparía después, finalmente, la oferta de pastas es tan variada que no habría problema en encontrar una que cumpla con mis religiosos requisitos.

 

De entrada, como de costumbre, probé el carpaccio de salmón que, a mi juicio, podría ser el mejor de la ciudad. En ningún otro lugar las lajas son tan delgadas y frescas, además que un ligero sabor a cítricos distingue este platillo que es, por así decirlo, un estándar en los restaurantes de este giro, de las versiones que ofrecen otros establecimientos. Asimismo, el portobello asado (opción que ya no aparece en el menú pero todavía sirven) es un lujo imperdible.

 

En lo que respecta al plato principal, puedo recomendar, a partir de experiencias pasadas, casi todas las pastas del menú: desde las de la sección de clásicos hasta las invenciones del chef (aunque debo decir que el fetuccine alfredo no es el punto fuerte. No es malo, pero no sobresale de entre las innumerables versiones de este platillo que también es un estándar, de hecho parece estar en el menú por protocolo). En esta ocasión, sin embargo, decidí darle oportunidad a los pescados; de otra forma no se sentiría como cuaresma.

 

Mi mayor recomendación es el salmón mandorle. Debo admitir que fue una gran sorpresa, considerando la frecuencia con la que voy, no haber dado con este platillo antes: consiste en una lonja de salmón cubierta en costra de almendras y bañada en una salsa cremosa. Viene acompañado de verduras que en la sencillez de su elaboración resultan el complemento perfecto para un platillo cuya complejidad de elaboración demanda un balance para no abrumar el paladar. No exagero al decir que puede que en delante sustituya a la lasaña, mi plato recurrente del lugar, y Dios sabe cuánto amo esa lasaña.

 

En esta ocasión no ordené postre (finalmente, hacerlo iría contra el espíritu de la cuaresma, ¿qué no?), pero no puedo recomendar lo suficiente el obsesión: un pastelillo de chocolate blando y derretido en el centro que tarda, cumpliendo con la advertencia del mesero, unos engañosos veinte minutos en llegar a la mesa después de que se pide. Asimismo, el crème brûlée, con su acrobática disposición de caramelo sólido que desafía la convención de simplemente usarlo para cubrir la superficie de su cuerpo cremoso, es un triunfo.

 

+ Información
Maremonti
Av. Revolución 3985 / L-l 4 / Col. Torremolinos, Monterrey
Tel. 8103 0096

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09 de Marzo del 2017

El mero gallo

Desde la decoración hasta la comida, todo embona perfectamente para crear una experiencia única.
Redacción por: Trimalquio
Fotografía por:

Cuando uno escucha un número en el nombre de un restaurante, pasan dos cosas. La primera es que automáticamente sabes que es el número de domicilio (óptimo si piensas mandar una carta con tus felicitaciones). La segunda es que seguro va a tener un concepto que, por su extravagancia, la gente denominará hípster, pero en realidad es producto de la escuela de diseño de Ilse Crawford, que eleva lo cotidiano al lujo.

 

Al entrar al Gallo 71 llegas a un lobby que es una habitación pequeña con un piso de azulejos de barro pintado, que quizás te recuerden a la casa de cierta tía abuela que vivía en la zona más antigua del centro de Monterrey. Sobre estos se erigen un contador de madera rústica, una banca de tablas y una cubeta con cervezas para tomar mientras esperas tu turno para ser sentado – por suerte hiciste reservación y no vas a tener que abusar de la cortesía, ¿verdad?. 

 

 

 

Por fin, después de algunos minutos y varias Heineken casi tibias, una hostess dice nuestros nombres y abre la cortina de terciopelo que nos separaba del área principal del lugar. Así se revela un cuarto amplio en tonos grises lleno de mesas aparentemente desordenadas entre las que se erizan repisas de metal negro llenas de ¿abarrotes? Pronto me entero que la familia del dueño del lugar viene de una tradición de tiendas de abarrotes, de manera que la peculiar decisión decorativa sirve como una especie de homenaje a su ancestría. Aun así, al igual que los muebles de la entrada, las repisas y los propios abarrotes eran inequívocamente decorativos. No artificiales, pero sí decorativos: botellas de refresco en presentaciones descontinuadas, bolsas de harina en edición de mediados del siglo pasado, etcétera.

 

Pero ya me he extendido demasiado con las introducciones y es menester que empiece a hablar de comida. La oferta de bebidas es amplia e interesante, al ofrecer desde aguas de frutas naturales hasta cocteles de lo más selectos. Mi acompañante pidió una sangría que se pavoneaba con la novedad de tener fresas, las cuales le daban un color que le hacía más justicia a su nombre que la presentación tradicional.

 

 

 

Por mi parte pedí, tanto un agua de guayaba, como un coctel que, quizás como resultado de tomármelo después de las varias cervezas en la recepción, me es imposible nombrar: recuerdo que llevaba mezcal y piña y que venía servido en un frasco de cristal en el que una rodaja de la fruta se asomaba a medias como un sol naciente. Ambas bebidas superaron mis ya de por sí altas expectativas.

 

Sobra decir que el menú le es fiel al espíritu del lugar o ¿es el lugar el que le es fiel al espíritu de la comida que sirven en él? Lo más llamativo es que toda una sección de él está dedicada a tacos, ya sean de filete wagyu o al pastor o de mariscos. Todos compartían la cualidad de dejar en claro que la calidad de los ingredientes los separa de cualquier taquería en la que de verdad te sentarías en un banco de tablas o una silla de plástico de Coca Cola.

 

 

La oferta no se reduce a esto, claro está. Hay cortes de carne variados, vegetales asados, mariscos, pescados y un largo etcétera. Para empezar, Encolpio y yo pedimos los tacos al pastor, aunque era claro que el chef no tenía la intención de que fueran botana. A pesar de la simplicidad aparente del plato, la carne estaba preparada con tal cuidado que los adobos, incluso al estar claramente presentes, no se volvían los protagonistas. También la alcachofa es altamente recomendable, aunque recientemente se ha vuelto un estándar gastado en restaurantes de este estilo. Como plato principal tuvimos la espinita de rib eye y los ostiones Kumamoto. Tristemente, mi compañero no soporta la sangre, de manera que tuvimos que pedir la carne un poco más cocida de lo que me gusta. Aún así, lograron darle un término que creo que nos satisfizo a ambos.

 

En lo que respecta a postres, debo admitir que la situación fue levemente decepcionante. La especialidad era el cheesecake de moras que yo ya saboreaba desde que vi al primer mesero pasar con uno de ellos hacia otra mesa. Cuando por fin pedimos y llegó el nuestro, grande fue la sorpresa al descubrir que estaba congelado. Le mencioné esto al mesero, que sólo respondió que así era como lo servían. No quiero pasar por un purista del pastel de queso, pero para mí uno de los atractivos principales de este postre es la textura cremosa que se pierde por completo al ser congelado. De querer ofrecer pastel de nieve, mejor deberían hacer pastel de nieve en lugar de arruinar otro.

 

 

 

Fuera de este detalle (que si bien fue mínimo, al ser el broche con que se cierra el ritual alimenticio parece resonar con más fuerza), todo fue excelente: desde las bebidas y los platos principales, hasta las guarniciones. Lo más impactante es que todo, desde la decoración hasta la comida, embona perfectamente para crear una experiencia que nadie debería perderse.

 

+info
Fb/Gallo71
Tel. 8335 6200

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