Caldo de frijoles
12 de junio del 2017

Antojos que curan

No recuerdo qué celebramos esa noche, sólo las consecuencias.
Redacción por: Caro V.
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El día siguiente, mi cabeza parecía decidida a dividirse en dos partes, pero no lo logró.

 

Todo mi cuerpo me gritaba en protesta tras el más mínimo movimiento.

 

Sí, viví mi primera cruda.

 

No hice nada fuera de lo normal en la fiesta, entonces no entendía porqué mi cuerpo me estaba castigando de esa manera.

 

“Ya no tienes 20 años”, me dijeron mis amigos, en lugar de decirme qué hacer para sentirme mejor.

 

Estuve en agonía pura toda la mañana, hasta que me entró un antojo desde lo más profundo de mi cuerpo.

 

“Necesito caldo de frijol”, le dije a mi hermana. “¿Sabes si hay?”.

 

“Hay un bote de nieve en el refrigerador”, me contestó.

 

Recé por primera vez en mi vida que lo que hubiera debajo de esa tapa verde limón no fuera helado de vainilla.

 

Bajé a la cocina lo más rápido que pude sin alebrestar mis malestares, mientras mi gato se me quedaba viendo como si yo fuera una presa más.

 

Llegué al congelador, y abrí con esperanza el bote para encontrar exactamente lo que buscaba.

 

Frijoles cocidos.

 

Me apresuré a descongelarlos y me tomé casi todo el caldo que soltaron.

 

Entre más ingería de ese cálido líquido mejor me sentía: mis músculos se relajaban y mi cabeza se tranquilizaba.

 

Después de una hora y un par de aspirinas, ya casi me sentía como nueva.

 

Ese día mi cuerpo me dijo exactamente qué hacer para sentirme mejor, y lo agradezco muchísimo.

Y claro, después de enfrentarme a la cruda realidad, aprendí que no puedo volver a salir de fiesta sin antes hervir una gran olla de frijoles.

 

 

 

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29 de mayo del 2017

Él me mintió, el pollo no

¿Por qué me alabó con cumplidos y no evitó mejor el tema?
Redacción por: Caro V.
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No le gustó lo que cociné.

 

Lo noté en su mirada, aunque su boca decía cumplido tras cumplido.

 

“¡Wow, es lo mejor que he probado en mi vida!”, me dijo entre bocados. “Deberías ser chef”.

 

Sonreí, di las gracias, e hice mi mejor esfuerzo por evitar que mis ojos se voltearan hacia adentro de mi cabeza.

 

Me sentí obligada a seguirle el juego, a pretender no saber de su desagrado por el pollo que le había horneado.

 

Después de probarlo fue difícil continuar con la farsa: estaba tan reseco que era difícil de masticar.

 

Ya que se fue, me di cuenta del error en el que había caído al cocinar: la temperatura del horno no fue la correcta.

 

Y está bien, no pasa nada porque no concurso en Master Chef Veinteañeras.

 

Pero sí me hizo cuestionarme muchas cosas.

 

¿Por qué se le hizo más fácil alabarme con cumplidos que no merecía, a simplemente evitar el tema?

 

Le conté a mi hermana de mi tragedia sabatina, y ella dijo que era lo más dulce que había escuchado en la semana.

 

No entendía mi enojo, mucho menos mi decepción.

 

Si él se la va a pasar diciendo que le gusta lo que no le gusta para darme por mi lado, ¿cuándo voy a conocerlo de verdad?

 

Tal vez me dijo que su película favorita era una porque sabía que me gustaba mucho, y no porque fuera la verdad.

 

Después de un exceso de análisis caí en cuenta de que ese día, en la mesa había más de un mentiroso sentado.

 

Al seguirle la farsa, yo había caído en lo mismo.

 

Tal fácil que hubiera sido decirle, “Oye, ¿no te parece que está muy seco”, “Oye, ¿no te parece que si seguimos comiéndonos este pollo vamos a tener que tomarnos toda el agua de la ciudad para no ahogarnos?”. Pero no lo hice.

 

Fue más fácil para mí tomar el lado “amable” y decir gracias.

 

No quería exponer su mentira ni incomodarlo, así como tal vez él no había querido herir mis sentimientos.

 

Una semana después, decidí decirle sobre mi dilema.

 

Él estaba muy extrañado, insistía que había sido la mejor comida que había probado en su vida.

 

“Fue excelente”, repetía.

 

En ese momento supe que ya no podía seguir saliendo con él, pues hacerlo significaría comer mucho más pollo reseco, y pretender que me gusta.

 

Y yo no estoy dispuesta a eso.

 

 

 

 

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22 de mayo del 2017

Qué sabores olvidar

No puedo olvidar el olor del café mediocre y el sabor del pan reseco de nuestra última cena.
Redacción por: Caro V.
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Ya casi no me acuerdo de él, sólo son ciertas cosas las que lo traen a mi mente.

 

Por ejemplo, cuando voy al cine, el olor me recuerda a nuestra primera cita, ahí compartimos palomitas.

 

Comer ejotes es volver a vivir una cena silenciosa en casa de mis papás.

 

En el centro, me acuerdo mucho del elote que me compró cuando fuimos a buscarle una tela a mi tía.

 

Un San Valentín me compró chocolates, los dejó en su auto y se derritieron, creo que la mancha sigue ahí, recordándole su falta de practicidad.

 

Lo que yo no puedo olvidar es el olor del café mediocre y el sabor del pan reseco en el sitio de nuestra última cena.

 

Fue un mal día, con una enorme pelea que ni pude disfrutar, aunque me devolvió la libertad que tanto anhelaba.

 

Sé que tuvimos mejores momentos, pero mi cerebro no se quiere acordar.

 

Y está bien, confío en él.

 

Por algo decidió quedarse con el olor a café medio quemado y no con el olor de la primera flor.

 

¿Para qué quiero pensar en la canción que me escribió? Era linda, cursi y probablemente plagiada.

 

¿Cuál sería el bien en que yo me acordara de su paciencia y amabilidad? Me vería obligada a comparar a cada hombre que conozco con su recuerdo, y eso no es productivo.

 

Prefiero enfocarme en probar nuevos restaurantes, en buscar otra maneras de cocinar ejotes y en dejar de comer las palomitas plasticosas y viejas del cine.

 

Ni siquiera saben tan bien.

 

 

 

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16 de mayo del 2017

¿A quién le cocinas?

Dedicamos más esfuerzo al preparar una comida para un ser amado que para nosotros mismos. 
Redacción por: Caro V.
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Armar una comida completa puede tomar desde 15 minutos, hasta cuatro horas.

 

Mucho tiene que ver con la creatividad y habilidad del cocinero, pero años de verme en la necesidad de cocinar para vivir, obteniendo resultados desde patéticos hasta bastante buenos, me ha hecho pensar que lo más importante es para quién cocinas.

 

Al preparar una comida para un ser amado es común dedicarle más esfuerzo que si estás cocinando para limitar tu dependencia a las tiendas de autoservicio.

 

¿Le gustará el pescado? ¿Será alérgico a la fresa? Sé que alguna vez me dijo que su comida favorita era el espagueti con carne, pero el que hace su mamá, y yo no soy su mamá. Debería marcarle y pedirle la receta. No. ¿Qué diría Edipo?

 

Ni qué decir de lo que significa cocinar para quien necesita y depende únicamente de ese alimento para sobrevivir.

 

Por ejemplo, en los comedores gratuitos los cocineros deben tomar muchos factores en cuenta, empezando por el qué fue donado.

 

Sin embargo, cocinar para uno es una tarea que muchos prefieren evitar, y deciden vivir de lo que otros cocinan y venden, pues es laborioso responsabilizarnos de lo que comemos, especialmente cuando el tiempo es un bien escaso.

 

Parece que cada minuto ya le pertenece a alguien más, a cierta actividad.

 

Pero si somos capaces de presupuestar tiempo para echarnos 10 capítulos de una serie, ¿por qué es tan difícil priorizar nuestro apetito y bienestar?

 

Con tantas responsabilidades, muchos nos ponemos en el último lugar de importancia, y esa es una verdadera tragedia: ser capaces de producir alimento decente para otros, pero al necesitar hacerlo para nosotros mismos, conformarnos con una lata de atún recién drenada.

 

Algo que me ayuda a tratarme mejor culinariamente es ver mi cena y pensar a quién más le daría de comer eso, y si la respuesta es “a mi peor enemigo”, me regreso a la cocina.

 

A veces es tardado, y no sabe tan bien, pero siento que es una parte del adulting que vale la pena lograr.

 

 

 

 

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08 de mayo del 2017

Efímero sabor irrepetible

Se puede hacer de mil formas (nada más falta el estilo unicornio) pero sólo uno no puedo olvidar.
Redacción por: Caro V.
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Hace unos años estaba de vacaciones en Texas y tuve la desgracia de comer el arroz más delicioso del mundo.

 

Andábamos de novedosos, y en vez de pararnos en el típico restaurante de franquicia, nos paramos en un lugar que parecía tener mucha clientela.

 

El local no tenía ni nombre, pero a nadie le importó, porque olía riquísimo.

 

Era un lugar de apariencia muy simple, y todos los comensales parecían conocerse entre sí. Definitivamente diferente a los restaurantes de hamburguesas que parecen existir en cada esquina de aquel país.

 

La comida se veía casera, y pedí uno de los guisos, aunque ya ni recuerdo qué era, y una guarnición de su mágico arroz.

 

Desde el olor que expedía se notaba que sería bueno, era algo ligeramente floral.

 

Probé el guiso y luego el arroz, cuyo sabor me tomó por sorpresa.

 

Traté de comerlo lento, de analizarlo para poder replicarlo, pero no pude llegar a reconocer ninguno de los ingredientes con claridad. Todo iba tan bien junto, había un balance, una unidad de sabor que no he podido volver a probar.

 

Puede ser que la receta me haya eludido por completo, pero su efecto me persigue cada vez que pruebo otro arroz, pues una voz en mi cabeza me dice que no le llega ni a los talones.

 

“Ese no es”, me dice como si yo no supiera.

 

Y era arroz.

 

Un alimento tan simple, básico y clásico de tantas culturas.

 

No tengo la más mínima idea de cómo lo prepararon en ese lugar para que tuviera tantas repercusiones en mi paladar.

 

Y era sólo arroz.

 

Se puede hacer de mil formas, y nada más falta que algún genio saque el del estilo unicornio, pero sólo hay uno que no puedo olvidar.

 

Restaurante a donde vaya, restaurante donde pido arroz, para ver si puede llegar a la altura de la memoria que tengo del tejano.

 

Pero se ha mantenido irrepetible, inalcanzable.

 

Maldigo la prisa que traía ese día que me impidió fijarme en dónde estaba comiendo.

 

Aunque tampoco he vuelto a ir a Texas, pero me sería muy útil saber de dónde vino ese esplendoroso sabor.

 

Y es que muchas veces se me antoja volver a comer ese bendito arroz, pero no sé si valga la pena el viajecito y la perdida que de seguro me daré.

 

IMPORTANTE: si alguien sabe de la ubicación del mítico arroz, favor de mandar la información al Twitter @carovl.

 

 

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02 de mayo del 2017

De antojo a meme

Cuando me remuerde la conciencia me ayuda saber que no soy la única que batalla con sus impulsos.
Redacción por: Caro V.
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Después de comerme mi tercer chocolate del Día del Niño, con el estómago revuelto y flamantes agruras, no pude evitar convertirme en un meme y preguntarme:

 

¿Por qué soy así?

 

Cuando abrí cada uno de esos chocolates sabía que no me convenía, que me iba a arrepentir, y sin embargo, lo hice.

 

En el momento, se me hizo muy fácil minimizar las posibles consecuencias de mi gula, pero ya que la digestión comenzó a batallar, la culpa se acomodó en el centro del escenario de mi mente y tardó horas en cerrar telón.

 

“Si sabes que te caen mal esos chocolates, ¿para qué vas y agarras tres?”.

 

“Qué bueno que te cayeron mal, a ver si así aprendes y no lo vuelves a hacer”.

 

“Ni sabían tan bien”.

 

Eso último es una mentira especialmente perspicaz de mi mente, pues implica que por falta de neuronas y sentido del gusto, me causé una indigestión brutal.

 

Pero no es cierto, señoras y señores pues, como casi toda la comida que viene envuelta, es deliciosa y pésima para el cuerpo.

 

Y total, así siguió el monólogo de la culpa, ella siempre tan persistente.

 

Algo que me suele ayudar cuando me da remordimiento de conciencia es saber que no soy la única que batalla con el control de los impulsos.

 

Hay quienes se lo toman a la ligera, y hasta parece que disfrutan de sus deslices en la dieta. Lo ponen en Facebook con todo y fotos, y se autodenominan animales de granja.

 

Y aunque esto puede llegar a parecer muy infantil, parece que les ayuda a digerir mentalmente lo consumido.

 

Creo que la próxima vez que me falle el autocontrol intentaré su método, y si no funciona y llega “La Culpa: parte 2”, yo solamente diré que lo hice por los likes.

 

 

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24 de abril del 2017

Cuando se te antoja lo que no quieres

"Go with your gut", dicen en EUA. Se traduce a algo como sigue lo que te dicta tu panza.
Redacción por: Caro V.
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¿Te ha tocado querer algo, anhelarlo, y obtenerlo?

 

Muchas veces, nuestro corazón está terco en vivir cierta experiencia, y tenemos la fortuna de conseguirla.

 

Pero, ¿qué pasa cuando la realidad es genial, complicada, interesante; cuando es de todo excepto satisfactoria?

 

El sabor es más salado de lo que esperábamos, y las grietas en la mesa más severas.

 

Aunque para ese punto, ya estamos entre una espada y la pared: la comida ya está en la mesa, las invitaciones mandadas.

 

No nos queda más que seguir.

 

¿Por qué es tan fácil buscar lo que no nos satisface?

 

Creo que es porque estamos atiborrados de opciones para lo que sea.

 

¿Quieres un café?

 

¿Negro, con leche y azúcar o de unicornio?

 

Parece cómico el mar de opciones que amenazan con inundarnos al abrir un buscador.

 

Si buscas ‘comida en Monterrey’, Google te arroja más de medio millón de respuestas en menos de un segundo.

 

Y me parece una locura esperar que de una foto o descripción podamos tomar una decisión, pues éstas tienen efectos que muchas veces no podemos pronosticar.

 

Si hubiéramos asistido a tal clase en vez de otra, salido a un antro, en vez de ir al cine, puede que el efecto mariposa hubiese cambiado radicalmente nuestro presente.

 

“Go with your gut”, dicen en Estados Unidos, que se traduce a algo así como sigue lo que te dicta tu panza.

 

Pero, ¿cómo vamos a confiar en nuestro estómago para tomar una decisión, si éste no opina hasta después de ingerir algo?

 

Por mi parte, siento que la sabiduría de Gandalf en “El señor de los anillos” es mucho más confiable.

 

En una encrucijada, el mago Gandalf le dice al joven Frodo que cuando se vea en problemas, y no sepa por cuál camino seguir, siempre siga a su olfato.

 

Mínimo éste sí tiene la bondad de avisarnos si estamos por comer algo que ya está caduco.

 

Y, bueno, si pedimos el platillo más caro en el menú y resulta más que mediocre, siempre tenemos la opción de regresarlo.

 

 

 

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17 de abril del 2017

Cómo disfrutar del insomnio

Bien dicen que a grandes males, grandes remedios, así que me dirigí a la cocina.
Redacción por: Caro V.
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Era de noche, y podía oír lo que en el ajetreo del día casi no se puede detectar: el respirar del perro dormido, el ruido del tráfico de la avenida entrando por mi ventana.

 

Acostada en mi cama, conciliar el sueño parecía imposible.

 

Agarré un libro, intenté leerlo, pero mi estómago vacío no me dejaba concentrarme.

 

‘Ya es tarde, no te conviene comer’, decía una voz en mi cabeza, que estoy segura pertenece a mi madre.

 

Intentando distraerme, busqué a una amiga para platicar.

 

El estrés de la semana había estado pesado, y tal vez lo que necesitaba era más plática que platillo.

 

Por mensaje, mandé emojis a mis amigos nocturnos, para ver quién estaba disponible.

 

Y nada.

 

Parecía que era la única en la ciudad que no podía dormir.

 

Intenté despertar al perro, pero no funcionó, abría los ojos, le enseñaba su pelota, y los volvía a cerrar.

 

Bien dicen que a grandes males, grandes remedios, así que me dirigí a la cocina.

 

Eso del snack nocturno es un verdadero arte, porque no es una comida normal.

 

Un buen refrigerio debe quitarte el hambre, pero no dejarte empanzada; no debe ser exageradamente saludable, porque ¿quién se va a parar de la cama para comer pechuga de pollo?

 

Aunque primero que nada intenté lechuga, porque alguna vez leí que provoca el sueño.

 

Mastiqué con desgana como dos tazas de eso, hasta que me harté.

 

Todavía tenía hambre y nada de sueño.

 

Encontré fruta ya cortada en el refrigerador, la bañé de chile y limón, y con eso tuve para satisfacer mi apetito.

 

Regresé a la cama ya más tranquila, pero todavía sin sueño.

 

Volví a revisar mi celular, y encontré a una de esas nocturnas que tanto quiero, y nos pusimos a platicar.

 

Ella también había buscado un remedio en la cocina para el insomnio, y por eso no me había contestado.

 

Su antídoto eran galletas y leche.

 

Pero para ser honesta, no sé qué tan eficaces hayan sido nuestras medicinas culinarias, porque para las cuatro de la mañana seguíamos riendo, y el día siguiente para poder aguantar el sueño (que ahora sí no nos dejaba en paz) tuvimos que sacar el armamento pesado: tazas y tazas de café.

 

 

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11 de abril del 2017

Tiempo, tatuajes y platillos

“Un amigo para llevar, por favor”, le dije.
Redacción por: Caro V.
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Perseguía un olor, lo admito.

 

Tenía mucho miedo de agarrar mi celular para ubicarme en el mapa y ser multada, entonces sólo bajé las ventanas de mi auto y me puse a respirar profundamente, pero sólo detecté el smog de la ciudad.

 

Estaba desesperada y dispuesta a enfrentar una multa por llegar a mi destino gastronómico (prioridades, vaya que las tengo), cuando empecé a oler un poquito de cebolla.

 

En una esquina cerca del Tec encontré a mi amigo riéndose con una mujer.

 

Tuve un ligero ataque de celos, lo admito, pero me relajé pensando que seguramente era sólo su labor de ventas.

 

Se veía bien: alto, guapo, justo como lo recordaba.

 

Desde que había abierto su restaurante que no lo veía, hacía casi un año.

 

Esperé a que la mujer dejara de coquetear y se fuera con su pedido, y me acerqué a la ventanilla donde atiende.

 

“Un amigo para llevar, por favor”, le dije.

 

“Ya se nos acabaron”, me dijo con una sonrisa, pero igual me lo robé un ratito para platicar sobre su comida y vida, esa que antes conocía mejor que la mía, hasta que una graduación llegó, e inevitablemente nos separó.

 

Nos comimos unas básicas, así le puso a un platillo que de sabor no tiene nada de básico, y platicamos entre clientes.

 

Que la vida va bien, que el año pasado fue difícil, pero todo apunta a una mejoría, él cambió esto, yo aquello, y entre tanto detalle noté que poco a poco la novedad de nuestras vidas se dispersaba para dejar en claro la amistad que siempre tuvimos.

 

No sólo su apariencia era familiar, aunque casi todo lo externo se había transformado: desde hábitos hasta tatuajes.

 

Va, hasta luego me di cuenta que estábamos el mismo local que ya conocía, sólo que había cambiado de giro su negocio.

 

Y entre papas, wings y risas, todo por un momento regresó a donde estaba cuando nos conocimos.

 

Pero luego regresó la coqueta que se acababa de ir, y mi amigo se fue a atenderla.

 

“Quería más básicas”, me explicó.

 

Comencé a anhelar esos días donde teníamos tiempo de aburrirnos juntos, de inventar cualquier juego para tener qué hacer, porque hoy en día nuestros minutos están contados y ya designados para ciertas actividades y responsabilidades.

 

Antes de que empezara la hora pico, me despedí de él, y nos prometimos encontrar tiempo para vernos más seguido.

 

No sé si pasará, pero si algún día andan por el Tec, con hambre, vayan a saludar a Ernesto en Las Patronas de mi parte, por favor.

 

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03 de abril del 2017

Cuando nos pesa el querer

¿Qué tiene de malo nuestro antojo?
Redacción por: Caro V.
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Mantequilla.

 

Mantequilla sobre pan.

 

Mantequilla sobre una papa horneada.

 

Mantequilla para cocinar.

 

Mantequilla para degustar (sí existe, lo vi en Internet).

 

Gracias a todo lo divino tenemos un sentido del gusto que nos permite disfrutar de las cosas sencillas y de las no tan sencillas.

 

A veces, esta habilidad para experimentar nos incentiva a ingerir alimentos que nos pueden caer pesado en el estómago, pero celestiales en la boca.

 

Desafortunadamente, la culpa y el remordimiento de consciencia parecen estar ligados a cada bocado que damos, más allá de nuestra habilidad digerir.

 

Que si comimos mucho o muy poco o simplemente pésimo.

 

Todos estos estándares externos, de los cuales por cultura nos apropiamos, complican mucho lo que decidimos poner en nuestro plato por las noches.

 

Pero, ¿qué tiene de malo nuestro antojo?

 

Cada vez que veo en las redes sociales un comentario de “Mira lo que me comí, oink oink”, acompañado de una muy estética foto de unos tacos grasosos o algo así, bueno, se me revienta la cabeza.

 

Tal vez la que está mal soy yo, y pedir absolución a través de Facebook es lo que nos llevará al cielo, pero algo me dice que no es el caso.

 

Y aparte, ¿para qué incluir al cerdo en el drama?

 

¿Qué no todos saben que los seres humanos somos animales también, o por qué se desligan de su antojo o apetito diciendo “Ay, comí como cerdo”?

 

Oigan, comieron como decidieron racionalmente, y no tiene nada malo.

 

El sentido común de querer comer sano y “bien” (que cambia en cada colonia), tiene que coexistir con el sentido gustativo y con nuestro instinto animal, ese que aparece cada vez que dejamos pasar demasiado tiempo entre nuestras comidas.

 

Y sí, a veces no tomamos las mejores decisiones alimenticias, ni para nuestro cuerpo, ni para nuestro gusto, pero esas equivocaciones son las que nos ayudan a definir lo que nos gusta, y lo que queremos sacar de cada cena.

 

Apropiarnos de nuestros deseos, y saber por qué los queremos es libertad y la mejor manera de encontrar lo que buscamos.

 

Hay que comer como humanos, con nuestra imperfección, apetito y límites.

 

Dejemos al cerdo en la granja.

 

 

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28 de marzo del 2017

Mal tercio

Era feliz mientras duraban sus platillos. Imposible llegar a él, a menos que le ofreciera mi comida.
Redacción por: Caro V.
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Hace tiempo tenía un amigo que era un poco territorial con su comida. No sé si era herencia de haber crecido como el menor de cuatro, pero el punto era que todo lo que estuviera en su plato acabaría en su boca.

 

Llegamos a compartir mesa varias veces, y apenas ponían el plato frente a él, y comenzaba el baile.

 

Su respiración se volvía más profunda y una sonrisa casi imperceptible se dibujaba en su rostro. Hasta su mejillas se tornaban un poco rojas, sobre todo si era un platillo especialmente estético.

 

El primer bocado siempre era celebrado con una interjección un tanto inapropiada en volumen y contexto. Mientras yo, aunque hiciera señas o intentos de plática, dejaba de existir para él.

 

“Contigo pero sola”, cantaba Yuri en los años 90, y creo que a esto se refería.

 

Me volvía solamente un testigo de su relación con la comida, lo veía posicionar sus brazos de modo protector alrededor de su plato, su cabeza lo más decentemente cercana al alimento.

 

Se veía un hombre totalmente feliz en esos 20 minutos que le duraban los platillos, entraba en una especie de trance, y era imposible llegar a él, a menos que le ofreciera probar un poco de mi comida, claro.

 

“¿Segura?”, me preguntaba con los ojos muy abiertos, como si le acabara de ofrecer uno de mis riñones.

 

“Sí, quiero saber qué te parece”.

 

Y para él todo era delicioso. ¿La ensalada que lleva dos días en el refrigerador sin ser cubierta? ¡Deliciosa! ¿El pastel de la piñata de no sé quien? ¡Delicioso!

 

Llegué a celar lo fácil que era para él encontrar algo que le gustara, pero luego me acuerdo de aquella vez que unos tacos lo mandaron al hospital, y se me pasa.

 

A veces, ser un poco más exigente es necesario.

 

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23 de marzo del 2017

Hagamos la paz

Comida: ordinaria, necesaria y política; es el pecado original y la gloria cotidiana.
Redacción por: Caro V.
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Infantes la rechazan por poder, adolescentes para caer bien. Dicen que hasta un corazón roto puede curar, pero hay quienes la limitan cuando buscan conquistar.

 

Lo que es manjar para algunos es veneno para otros. Declarar saber la verdad absoluta sobre la carne, azúcar o pan en compañía variada es una sobremesa peligrosa que puede acabar hasta con las mejores amistades.

 

Todos la necesitamos diariamente, pero en gustos se rompen géneros.

 

¿A qué sabe una mañana de domingo? Café, hotcakes y miel, o tal vez a una hostia en la Iglesia y al antojo del pastel de casa de la abuela. ¿Qué puede aliviar los estragos del ajetreo diario? Una cena ligera y un descanso amplio. ¿Y si prefieres una copa de tinto con tu mejor amigo?

 

Se dice mucho de la alquimia que sucede en una buena cocina, pues hay recetas pero nunca fórmulas para los buenos platillos.

 

Y entre tanto anuncio ensalzando las bondades sensuales de nuestra fiel amiga, es fácil olvidar una importante cualidad.

 

Comida: ordinaria, necesaria, política y mágica. 

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  • Charly's Taquitos

    Una barbacoa de pozo fuera de lo común y gran variedad de tacos día y noche.
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    martes 21 de noviembre 2017
    Brunch
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    Rufino Bistro
    Todos los días tienen un menú de working lunch distinto. Por las mañanas escoge un café y algo de panadería.
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    Urbana
    Bobby Good Burgers
    Hamburguesas de barrio, puedes escoger los toppings que llevará, y el tipo de carne.
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